jueves, 30 de junio de 2011

Ganadores y perdedores.


  En nuestro sistema educativo se ha impuesto desde hace tiempo la promoción automática, y el “esfuerzo” ha llegado a ser algo tan importante como los resultados, o más. Es relativamente normal oír en las sesiones de evaluación: “Ha sacado un 3, pero se ha esforzado. Apruébalo”. Esto, por supuesto, no tiene nada que ver con la vida real, donde se recompensa las cosas bien hechas y se ve mal el fracaso. De hecho, ¿qué pensaríamos cualquiera de nosotros si el fontanero que viene a nuestra casa a arreglar el grifo lo deja peor que antes? ¿Le pagaríamos porque “se ha esforzado mucho” o “lo ha hecho lo mejor que sabía"? Pues los alumnos de hoy son los profesionales de mañana, y no es eso lo que están aprendiendo en la escuela. Yo, desde luego, no quisiera que me operara un médico que aprobó su carrera, en vez de por saber medicina, por “esforzarse mucho”...

       A pesar de la palabrería que usamos muchas veces los profesores, los psicólogos, los psicopedagogos, etc. sobre que lo importante “no es ganar, sino participar”, en la vida hay competencia, con ganadores y perdedores. Algunos consiguen trabajo. Otros no. Algunos consiguen un ascenso en su empleo. Otros no. Nuestra educación, en cambio, está llena de lo que algún autor ha llamado “principio de Alicia en el País de las Maravillas”. ¡Premios para todos! Sólo por participar.  Para aumentar su autoestima (¡!!!!!) Que nadie se sienta mal por no hacer las cosas bien. Promoción automática.  Al contrario de lo que sucede en la vida real, en nuestro sistema educativo los resultados no cuentan. Dice la ley, por ejemplo, respecto a la titulación de ESO:

          Los alumnos que superen todas las materias de la etapa obtendrán el título de Graduado en Educación Secundaria  Obligatoria. Asimismo podrán obtener dicho título aquellos alumnos que hayan finalizado el curso con evaluación negativa en una o dos materias, y excepcionalmente en tres, siempre que el equipo docente considere que la naturaleza y el peso de las mismas en el conjunto de la etapa no les ha impedido alcanzar las competencias básicas y los objetivos de la etapa.

     Eso quiere decir que, de 10 asignaturas, se puede suspender 3 y no pasa nada. Yo no conozco ninguna fábrica en la que, de cada 10 sofás, un trabajador haga 7 (y algunos a medio hacer, como los aprobados con  un 5 son sólo la mitad de una asignatura bien hecha) y le sigan pagando el sueldo. Sacar todo con cincos menos tres suspensas supone una productividad del 40 %. Ninguna empresa que yo conozca aceptaría eso. (Y si lo aceptase, se hundiría en dos días). Pero los alumnos acostumbrados a esa falta de exigencia son los que van a salir luego al mercado laboral.

 Este sistema en realidad produce justo lo contrario de lo que pretende, y se convierte en  un ataque a la verdadera autoestima. A los estudiantes no se les enseña a afrontar y superar el fracaso, a levantarse y continuar luchando; simplemente, se les evita cualquier apariencia de fracaso. Pero, en algún momento, los jóvenes tendrán que aprender a perder. Porque si no han aprendido a fracasar, la vida va a ser para ellos una sorpresa muy, muy desagradable.

miércoles, 29 de junio de 2011

Adolescentes e injusticia


El adolescente medio usa la frase “No es justo” o similares unas 8,6 veces al día. Sin embargo, reconocer que la vida no es justa no es más que reconocer la realidad. El terremoto de Haití, el tsunami, las plagas, las hambrunas... no son justas. La genética no es justa. Los buenos no siempre ganan. No es justo que Fernando Alonso gane en un año lo mismo que 700 profesores juntos, o que Belén Esteban gane más que el presidente del gobierno.
     No podemos controlar la “injusticia” del mundo. Lo que podemos controlar es el modo en que reaccionamos y lo que hacemos para luchar contra ella. Cómo respondamos determinará qué clase de persona seremos.
     Normalmente, las quejas de nuestros hijos sobre la injusticia no tienen nada que ver con la propia justicia, sino que son muchas veces una reacción ante el hecho de que tienen que asumir responsabilidades en su vida; que sus acciones y sus elecciones tienen consecuencias; que para tener dinero en el bolsillo hay que trabajar; que tienes que arreglar lo que has roto; que tienes que pedir perdón cuando haces daño a alguien, que no tienes las recompensas que otros ganaron mientras tú estabas tumbado en la cama jugando con la Play. Nada de esto es injusto.
      Hemos querido que a nuestros hijos no les falte de nada, y han terminado pensando que cuando no tienen todo lo que quieren... no es justo.
       Pero no conseguir lo que quieres no es injusto. La decepción es un síntoma de la vida, no una señal de que el mundo te está tratando mal. El hambre en el mundo es injusta. El cáncer es injusto. No poder hablar en clase cuando a ti te apetece NO es injusto. Que la empresa de tu padre cierre y él se quede en el paro es injusto. Que tengas que bajar el volumen del tocadiscos para que tus hermanos puedan estudiar NO es injusto. Que en el mundo haya 77 millones de niños sin escolarizar es injusto. Que tus amigos tengan un móvil con más megapíxels que el tuyo NO es injusto. Por eso los jóvenes tienen una elección: o eligen sumarse al coro de eternos quejicas o reconocen que tiene que asumir la responsabilidad de su vida y aprender a vivir con ella. Y el papel de los padres en la educación para ejercer la responsabilidad es completamente insustituible.

martes, 28 de junio de 2011

Crepúsculo



Quedará el latido de las palabras, cuando nos hayamos ido.
Quedarán el sentido, el ritmo y la tristeza. Quedará el poema.
Sólo habrá desaparecido el espejismo.

Más sobre William Jonas Barkley

    Para todos aquellos seguidores del blog a los que os gusta el estilo irónico y sentencioso de William Jonas Barkley, aquí he recogido un grupo de las últimas citas que he publicado en mi muro de Facebook. Como su albacea virtual, es mi obligación que se den a conocer, aunque sea en esta humilde página de Internet. Espero que las disfrutéis.

"Las noches son los cambios de página de la vida"

‎"Cuando pago al adquirir un libro, siento la misma emoción que podría albergar el esclavo que está comprando su libertad."

‎"Que el sufrimiento nos pille llorados; el amor, desengañados; y la muerte, leídos".

‎"Desconfío de un escritor cuyas obras completas son más voluminosas que el conjunto de sus lecturas".

‎"Existen dos tipos de buenos novelistas: los que te hacen creíble su ficción, y los que te hacen increíble la realidad".

‎"De alguna manera, publicar una novela es traicionar a sus personajes: los amas durante los meses que dedicas a reconstruir sus vidas, pero terminas vendiéndolos".

"En gran parte, somos lo que leemos, lo que otros han escrito: somos espectadores de otras vidas, sufridores de sentimientos ajenos, discípulos de maestros ya muertos. Nada más. Y nada menos".

"A pesar de ser escritor, existe un grupo de personas que dicen honrarse con mi amistad. Allá ellos".

‎"Escribir es bueno para la neurosis. Los escritores felices rara vez cuentan cosas interesantes".

"No puedo negar que envidio la particular mezcla de negocio y placer que encierra el oficio de librero".

‎"Como autor, la máxima gloria que espero alcanzar entre los que compran mis libros es el homenaje de la relectura".

‎"Cuando veo las bibliotecas vacías, comprendo por qué nos gobiernan estos políticos..."

‎"En vez de a tanto general a caballo, deberíamos llenar nuestras ciudades de monumentos a los humildes maestros que nos enseñaron a leer".

‎"Mi biblioteca es demasiado grande para el tiempo que me queda de vida. Ya noto cierta tristeza en los lomos de los libros que nunca leeré."

Para ir al post anterior sobre William Jonas Barkley, pulsar aquí.

lunes, 27 de junio de 2011

Cinco modos de reconocer a un escritor


¿Ha hecho usted alguna amistad nueva recientemente y tiene la sospecha de que es escritor? ¿Quiere estar seguro antes de prestarle dinero o invitarlo a una celebración familiar? Estos cinco sencillos síntomas le indicarán si sus miedos estaban justificados o no.
  1. Es el sistema más vulgar. Antes de treinta segundos de haberlo conocido, ya le ha hablado de su libro. Método infalible en el 95 % de los casos. ¿Si nos presentan, por ejemplo, a un arquitecto, se dedica inmediatamente a hablarnos del último edificio que ha construido? ¿O nos da un electricista los detalles de la instalación que acaba de hacer? Evidentemente que no, pero un escritor es diferente. La excusa puede ser cualquiera: usted lleva unas gafas de culo de vaso, un suponer, y el escritor le comentará: “¿Sabías que el protagonista de mi última novela lleva unas gafas igualitas a ésas?”
  2. Si ese método no da resultado (hay escritores a los que les gusta que sean los demás los que descubran lo que son), el segundo sistema consiste en enseñarle nuestra biblioteca. Si va directamente a algún best-seller, lo coge y mirándolo como con desprecio va y dice: “Hoy en día publican cualquier cosa. Esto lo podría escribir hasta un niño de cinco años…”, existen muchas posibilidades de que sea escritor. Eso significa además que él, aun siendo un artista del lenguaje, todavía no tiene libros publicados. Y si los tiene, no los compra ni su familia más cercana.
  3. Pero pudiera ser que nos encontremos ante un escritor más bien pudoroso y que vende unas cantidades decentes de libros. Entonces habría que poner en marcha el tercer método. Usted se acerca y le comenta que está escribiendo un libro. Si es escritor, no podrá resistirse a darle consejos sobre los agentes, el mundillo editorial, las dificultades de publicar, los derechos de autor, etc. etc. El problema de este método es que le pedirá el manuscrito para darle su opinión franca y sincera. En ese caso, no se le ocurra decirle que está bloqueado y no logra avanzar con la escritura: eso disparará otra retahíla de consejos para conseguir que las musas fluyan y la creatividad alcance sus cotas máximas.
  4. Si ninguno de los tres métodos funcionara (nos encontraríamos entonces ante un escritor superventas al que usted no ha logrado reconocer), lo más seguro es pedirle su opinión sobre un libro para leer en el verano, tumbados en la playa. Entonces, como el que no quiere la cosa, le hablará de su obra más reciente. Usted no pasará por el sofoco de no haberlo reconocido, y él aprovechará para vender un libro más.
  5. En el raro caso de que hubiese usted topado con algún escritor resistente a los métodos anteriores, deberá acudir a un sistema completamente infalible. Dígale que ha recibido una herencia y que tiene pensado invertir el dinero en algo, como por ejemplo, poner una editorial, pero que entiende poco de libros. Antes de terminar de hablar, ya le habrá expuesto detalladamente las ventajas de publicar su libro, y de la suerte que el destino le ha deparado a usted poniéndolo en su camino.
   No nos dé las gracias por los consejos. Hoy por ti, mañana por mí.

Momentos para la nostalgia


 Para los seguidores de la historia de la televisión de este blog,  en lugar de un DVD de regalo, aquí van unos cuantos vídeos que nos vuelvan durante unos minutos a nuestra infancia más televisiva.
    Mi bella genio:


Embrujada:


Viaje al fondo del mar:

 

Un, dos, tres:


Flipper:


La familia Munster:


Bonanza:


Estos fueron algunos de los ejemplares del virus que se quedó a vivir con nosotros para siempre...

domingo, 26 de junio de 2011

Historia de la televisión (y VII). Dominio total.

A comienzos del siglo XXI, la televisión parecía haberse apoderado por completo de la humanidad. Era el aparato que todos tenían, ricos y pobres, y que solía hipnotizar a la familia entera en la sala de estar, dejando para más tarde conversaciones, paseos, hobbies… “Poner la tele” era un acto tan reflejo e inconsciente como respirar, y daba la impresión de que el dominio televisivo era ya total. Pero sólo en apariencia.
   Cuando todos los hogares tenían su televisor, generalmente en el salón, las discusiones sobre qué programa ver se saldaron en última instancia con la compra de nuevos aparatos, uno para cada habitación o cada miembro de la familia. La televisión ya no congregaba a la unidad familiar, sino que la disgregaba, sumiéndola en un autismo total.
 Por si esto fuera poco, dos nuevas mutaciones del virus volvieron a renovar por completo el parque de televisores en nuestro país: la llegada de la TDT (con el consiguiente apagón digital) y los nuevos aparatos de pantalla plana. Con los televisores planos (plasma, LCD, LED..) el virus cogió nuevo impulso: los televisores de rayos catódicos pasaron a mejor vida, y el televisor salió de los hogares para ocupar toda parcela imaginable de la actividad humana: salas de espera, tiendas, ascensores, estaciones de metro, hasta en los teléfonos móviles… La televisión se hace gigante (con pantallas de hasta 50 pulgadas) y enana (con la TV en el móvil o en el reloj). Las nuevas cadenas, por su parte, competían por los minutos de atención de los usuarios (el conocido “share”) y lo asaltaban con contenidos cada vez más desquiciados y estrambóticos: desde Gran Hermano, el concepto de “telebasura” ha ido asentándose imparable en nuestra sociedad.
Desde entonces, se suceden mutaciones menores: la alta definición, las tres dimensiones… La televisión nos ha invadido totalmente, y se ha apoderado de nuestras vidas. Lo que comenzó siendo una curiosidad para gente adinerada, ha terminado ocupando el lugar de honor en nuestro quehacer cotidiano. De tal manera que, muy posiblemente, lo último que veamos antes de abandonar este mundo, en la habitación de un hospital, sea esto:


Historia de la televisión (VI). La epidemia.

   A pesar del color y del vídeo, las alternativas en cuanto a programación seguían siendo las mismas que hacía 20 años: dos canales nacionales, con programación vespertina.  La televisión vuelve a mutar y sufre una serie de cambios que renuevan el parque de aparatos y el interés del público por la pequeña pantalla: en los 80 aparecen, poco a poco, las  TV autonómicas, la televisión por satélite y la televisión por cable (Teleyecla, la televisión local de mi pueblo, por ejemplo, aparece en 1988) y a principios de los 90 llegan las televisiones privadas. En 1986 dan comienzo las emisiones matinales, y después se amplía a toda la noche. Nace la televisión 24 horas. A los que llevábamos dos décadas acostumbrados a elegir entre la primera cadena y el UHF, pasar a disponer de 5 ó 6 opciones, o varias decenas, en el caso del cable,  ya nos parecía un exceso. Con el satélite, las opciones pueden llegar a varios centenares. Ahora SIEMPRE ponían algo en la tele. Llega además el complemento perfecto para pilotar semejante oferta televisiva: el mando a distancia, que atornilla definitivamente al espectador al sofá. Ya no hay que levantarse para cambiar de canal. Nace un nuevo deporte: el zapping, consistente en estar pegado a la tele pasando de canal en canal sin ver ninguno. Y para aquel que sienta la tentación de abandonar la pequeña pantalla con el fin de leer el periódico, informarse de la programación o del tiempo, etc. llega el teletexto: la tele que se lee.
A mediados de los años 90, la oferta televisiva abarca ya todas las necesidades imaginables del espectador:
- horarias: emisiones las 24 horas del día, con posibilidad de grabar y verlo después.
- temas: televisiones generalistas, locales, temáticas (canales de cocina, de historia, de deportes, de documentales, musicales…, e incluso ¡de televenta!).
- de servicios: estéreo, teletexto…
   Podría parecer que con un aparato en cada casa y una oferta tan completa, la televisión había alcanzado sus máximas cotas de invasión en nuestro cuerpo (social y familiar).  Pero nada más lejos de la realidad. La televisión había dejado de ser un entretenimiento dentro de la vida social para pasar cada vez más a ser "la vida social", y a ser protagonista en todos los momentos de nuestra vida.   (Continuará).

sábado, 25 de junio de 2011

Historia de la televisión (V). Primera mutación: el color.

           La televisión, y esto no lo sabía la gente al principio, como virus que era tenía una increíble capacidad de mutar, de reinventarse y de sobrevivir. A mediados de los años 70, el tirón de este medio parecía estancado: el programa más valorado por los españoles en el año 1976 era (no es broma) la serie de dibujos animados “Heidi”; la “Casa de la pradera” ocupaba el cuarto puesto, y el Circo de TVE el octavo. Pero tres acontecimientos vinieron a cambiar el panorama: de un lado, la llegada del color. Por aquel entonces la mayoría de los hogares ya poseía un televisor que, de alguna manera, había encontrado su sitio en el hogar (un sitio modesto, hay que decirlo: buscábamos en el TP el programa que nos interesaba en cualquiera de las dos cadenas, y si no había nada –cosa bastante normal- el aparato permanecía mudo y apagado. De hecho decíamos: “hoy no ponen nada en la tele”...) La programación se dividía en infantil y adulta; los adolescentes volvíamos a salir a la calle por las tardes, pero a muchos no nos dejaban ver la tele por las noches, para que los hermanos pequeños no se sintieran discriminados, y además porque los rombos todavía imponían un poco...
     El color vino a cambiar todo eso. Volvimos a frecuentar – con envidia- los cuartos de estar de los vecinos que tenían tele en colores, entonces un lujo que no estaba al alcance de todos: costaba cada aparato unas 80.000 pesetas, cuando el salario mínimo era de 11.500 pesetas. En aquella época, además, los programas que se emitían en color eran bastante escasos, y tenías que buscarlos en la guía. Con eso se consiguió que la gente viera programas sólo porque estaban en color: el contenido había dejado de ser importante. 


   El otro acontecimiento fue la muerte de Franco. Los funerales, retransmitidos en directo y en color, empujaron a muchos hogares a tirar la casa por la ventana y pasarse a la nueva etapa, política y televisiva, que a partir de entonces iba a ser multicolor.
    Una tercera novedad que modificó los hábitos de consumo televisivo en nuestro país fue la llegada al mercado del magnetoscopio (del vídeo, vamos). Al principio, también un lujo carísimo que los poseedores exhibían orgullosos a las amistades. Luego, se convirtió en la garantía de que no te ibas a perder ningún programa: lo grababas y lo veías cuando tenías tiempo. Con el vídeo, la televisión logró estar contigo incluso cuando tú no estabas con ella: la veías también cuando no estabas allí para verla, y por tanto podías disponer de ella las 24 horas del día. Ello requería de los conocimientos técnicos necesarios para programar las grabaciones, rebobinar, etc. En muchos hogares, esa sabiduría especializada  pertenecía a los hijos, porque los padres tenían cosas más importantes en qué pensar que aprender a usar un aparato tan complicado. El uso del vídeo pasó a estar en poder de la generación joven; los adultos debían pedirles a ellos que grabaran los programas que no podían ver.  
   (Continuará)




Historia de la televisión (IV). Objetivo: los niños.

    En mi caso concreto, un buen día, al volver de un paseo por el campo, nos encontramos con el televisor, presidiendo la sala de estar. Nuestros primeros sentimientos fueron, curiosamente, de orgullo: ya no tendríamos que molestar a la vecina cada vez que ponían “Bonanza”. Por esa época, el número de hogares con televisor no llegaba al 40 por ciento (frente al casi 100 % actual) y la experiencia televisiva era poco gratificante: para poder ver dos canales en blanco y negro tenías que apretar un interruptor que tardaba varios minutos en encender y que además se calentaba con el tiempo. La excusa perfecta, además, para que nuestros padres nos enviaran a la cama: “hay que apagar la tele, que se calienta y puede llegar a explotar”, nos decían.  Y nosotros, que lo último que queríamos era que nos explotara un aparato así en la cara, no rechistábamos y la apagábamos inmediatamente. 

    La televisión, como todos los virus, contagió primero –y de qué manera- a los niños. Y lo hizo por medio de los animales: el delfín Flipper, el oso Ben, el león bizco de Daktari, el canguro Skippy, el caballo Furia, los perros Rin-Tin-Tin o Lassie... Cuando fuimos a darnos cuenta, no podíamos despegar los ojos de la pantalla. De obligarnos a ello se encargaba la familia Telerín, con su “vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”. Lo que venía después era tabú: los programas venían marcados por rombos en una esquina de la pantalla, un figura geométrica que ya siempre asociaríamos a lo prohibido: un rombo, mayores de 14 años; dos rombos, mayores de 18. Generalmente, películas. Pero verlas en la pequeña pantalla, en blanco y negro, y con interrupciones para publicidad, no era todavía un serio competidor para la pantalla grande.  
    A pesar de lo escaso de la programación (dos cadenas, emitiendo sólo por las tardes), todas las semanas los hermanos mayores comprábamos religiosamente el TelePrograma para elegir los programas que queríamos que nuestros padres nos dejaran ver. Eso sí, el tiempo que estábamos delante del televisor era tan escaso y controlado, que no se desaprovechaba nada: pusieran el programa que pusieran, los anuncios e incluso la carta de ajuste, nosotros no desviábamos la mirada de la pantalla. Y nuestros padres, tan contentos: la televisión era la niñera perfecta para mantenernos callados, el premio ideal para la buena conducta, el juguete que nunca fallaba, especialmente en familias numerosas como la mía… La invasión había echado definitivamente sus raíces en nuestro país.
    (Continuará)

Quinta parte.
Sexta parte.
Séptima parte.

Anteriores:
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte.


viernes, 24 de junio de 2011

Historia de la televisión (III). Comienza la invasión.


Poco a poco, sin hacer mucho ruido, el nuevo medio iba ganando terreno. En 1961, se suprimió el impuesto de lujo y al año siguiente se permitió venderlos a plazos. Existía un importante mercado de alquiler y los teleclubs se extendían por todo el país (gestionados en su mayoría, curiosamente, por los párrocos.)  Para los que no son tan mayores, explico brevemente lo que era un “teleclub”. A mediados de los 60, el Ministerio de Educación (¡vaya!), dirigido entonces por D. Manuel Fraga (¡caramba!), creó una Red Nacional de Teleclubs. A tal efecto, cualquier pueblo que lo solicitara, tras crear una asociación responsable de su funcionamiento, recibía un televisor gratuitamente; los vecinos ponían una casa o local donde instalarlo, (en muchas ocasiones, en salones parroquiales (¡cáspita!), los únicos locales sociales que existían) y de este modo la televisión –muchos pensaban que con ella también la civilización- había llegado al pueblo. Es verdad que en muchas aldeas de la España profunda, la televisión se convirtió en una ventana abierta al mundo, y el teleclub fue el lugar donde miles de personas vieron por primera vez un partido de fútbol, o una obra de teatro. Generalmente, en el local del teleclub se ubicaba también una pequeña biblioteca, imagino que para hacer buena la frase de Groucho Marx, que decía: “Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro.”  En gran cantidad de estos pequeños pueblos, además, no se llegaba por carretera, por lo que los televisores llegaban a menudo en carros o a lomos de un caballo o de un burro (¡repámpanos!).
      En esos años 60, el televisor era todavía un armatoste y la programación, en blanco y negro, se vería ampliada con un nuevo canal, el “UHF”, que empezaba la emisión a las 8 de la tarde y se prolongaba hasta la media noche. Por aquel entonces, todavía la televisión estaba lejos de convertirse en una prioridad: en 1966 (o sea, 10 años después de su puesta en marcha oficial), ocupaba el séptimo lugar entre los deseos de posesión de bienes de consumo de los españoles, por detrás de la radio, el agua caliente, la nevera eléctrica, la máquina de coser o la lavadora, y por delante del coche o la moto.  En mi familia, el televisor apareció en el hogar en 1969, y creo recordar que las seis cosas anteriores ya las teníamos. Mis padres no llegaron a tener coche, artículo que en nuestro caso sólo estuvo al alcance de la siguiente generación.

Historia de la televisión (II) Así empezó todo.


  Como invento, la prehistoria de la televisión abarca desde finales del siglo XIX a 1935. Diversos artilugios desembocan en los años 20 en la aparición de dos sistemas de televisión, uno llamado “mecánico”, que empezó sus emisiones de prueba en 1929 en Londres en colaboración con la BBC, y otro denominado “electrónico” que comenzó a emitir en 1931 desde el Empire State Building de Nueva York, con la compañía RCA. Por su mayor calidad, terminó imponiéndose el sistema electrónico: el sistema mecánico ofrecía una imagen de 30 líneas y 12,5 imágenes por segundo, mientras que el electrónico ofrecía el triple de líneas y el doble de imágenes por segundo. (Para hacernos una idea, un televisor con sistema PAL ofrece 625 líneas y 25 imágenes por segundo; la televisión de alta definición tiene estándares de hasta 1.080 líneas y 60 imágenes por segundo).
     Los orígenes de la difusión pública de la televisión son humildes: en 1939, la BBC emitía 14 horas semanales, que tuvo que interrumpir a causa de la guerra; dos años después, en 1941, el número de televisores en los hogares estadounidenses era de unos 5.000, y su fabricación tuvo que ser interrumpida para dedicar los recursos a la industria bélica. La recuperación tras la guerra fue lenta, porque no se trataba de un sector prioritario, y los esfuerzos de reconstrucción se dedicaron a cosas más importantes. En Estados Unidos, el modelo de desarrollo fue de empresas privadas en libre competencia, mientras que en Europa el sector público monopolizó el crecimiento del medio televisivo.
     Cuando la tele llega a nuestro país, en el año 1956, la inmensa mayoría de los hogares ya disponían de aparato de radio, suficiente para disfrutar de la música, las noticias, las novelas y obras teatrales y hasta del consultorio de la señorita Francis. Todo ello, además, con la posibilidad de continuar realizando otras actividades de la casa, estudiando, etc. En cuanto a lo visual, la retransmisión de películas o partidos en una pantalla tan pequeña no tenía punto de comparación con el espectáculo a tamaño natural, que cualquier pueblo mediano tenía a su alcance las tardes de los domingos. La televisión no parecía, a priori, un competidor serio para la radio y el cine.
     Las primeras “teles” entraron en los hogares españoles más como símbolo de nivel económico que como instrumento de entretenimiento. Cuando empezaron las emisiones de Televisión Española, había 600 aparatos en toda España. Tener uno de aquellos televisores era todo un lujo: en 1959 (el año que nació un servidor, por cierto) los televisores Marconi, de importación, costaban unas 15.000 pesetas, en una época en que la renta per cápita era de 18.472 pesetas anuales, y un “Seiscientos” costaba alrededor de 65.000.
   Muchos comentaristas de prensa, por lo menos hasta los años 60, dudaban de que la televisión se consolidara en nuestro país. Incluso Enrique de las Casas, jefe de programas de TVE, escribió en 1959 que “no olvidemos que por una serie de razones etnológicas y definitorias, el pueblo español no parece ser un consumidor nato de TV. Ni el clima, ni el estilo de vida, ni las cualidades imaginativas de la gran masa española parecen hacer de ella un buen cliente para la TV”.  No sabía lo equivocado que iba a estar. La tele ha cambiado el estilo de vida, las “cualidades imaginativas” de los españoles, y, si nos ponemos, hasta el clima.

jueves, 23 de junio de 2011

Historia de la televisión (I)

    Es la constatación de un hecho que no hay casa sin televisor; o mejor dicho, sin televisores. Según el Estudio General de Medios de marzo del año pasado, en España hay una media de 2 aparatos de televisión por hogar (el número de hijos está en 1,3 por hogar). En 1 de cada 4 hogares, el número de televisores es de 3 o más. (Y no somos especiales en eso; en los Estados Unidos, ese porcentaje sube hasta el 66 por ciento). En los últimos años, este aparato, además de adornar varias habitaciones de nuestros hogares, se ha reproducido, llegando a invadir los comercios, las salas de espera, el metro y hasta los ascensores.  Hay que decir que semejante expansión sólo tiene un precedente en la historia: las siete parejas de conejos que los colonizadores ingleses llevaron a Australia en el siglo XIX se habían convertido en 1950 en más de seiscientos millones.
   En segundo lugar se encuentra el hecho de que ha adquirido entre nosotros el rango de miembro cualificado de la familia: suele ser al que más se le escucha, al que más se le hace caso, con el que más tiempo pasamos en compañía. Como dijo una vez un escritor, “los matrimonios jóvenes no se imaginan lo que deben a la televisión. Antiguamente había que conversar con el cónyuge.” No podemos pensar nuestra vida sin ella, y podría parecer incluso que la humanidad entera había permanecido durante siglos esperando un aparato así, deseando que alguien lo inventase para que pudiéramos dedicarle las mejores horas de nuestra vida. La pequeña pantalla ocupa un lugar de privilegio en el ocio de nuestros hijos, algo que a veces se contempla como un mal inevitable, pero que no siempre ha sido así. Vuelvo a recurrir, si me permiten, a la estadística, para ilustrar el punto: en Estados Unidos, el número de minutos a la semana que los padres dedican a conversar de manera significativa con sus hijos es de 3’5. Por contra, el promedio de minutos que los niños dedican a ver televisión semanalmente es de 1.680. (¡480 veces más!).
   Los orígenes de este omnipresente electrodoméstico, en cambio, no hacían prever el éxito que más tarde le acompañaría. La transmisión de imágenes a distancia podría ser algo curioso al principio, pero su potencial como medio de comunicación de masas distaba de ser evidente. ¿Cómo ha llegado entonces este aparato a hacerse con un lugar tan destacado en nuestro ocio y en la vida de nuestros hogares? ¿Cómo ha podido sobrevivir y desarrollarse, competir con el cine, con la radio, con el teatro, con los ordenadores y con Internet, y resurgir siempre victorioso?

miércoles, 22 de junio de 2011

Clases de escritores


 Mi innata afición por las clasificaciones me ha llevado a dividir a los escritores, fundamentalmente, en cuatro grupos:
A) Escritores clásicos: son los que aparecen en los libros de literatura, a los que han llegado por su dominio del lenguaje y/o por sus grandes historias (Homero, Cervantes, Dickens, Faulkner, etc., por citar sólo algunos). Varios de ellos han recibido el Premio Nobel.
B) Escritores malditos: escritores que crean un mundo tan personal que resulta hermético. Se consideran la vanguardia de la literatura y, si llegan al reconocimiento literario, rara vez es estando vivos. Son escritores incomprendidos. Entre ellos podemos citar a Baudelaire o a Poe; los verdaderos malditos siguen siendo unos desconocidos para el gran público.
C) Escritores superventas: su afán no suele ser escribir buena literatura, sino vender libros. Ruiz Zafón, Ken Follett, Stephen King, J. K. Rowling... serían algunos de los selectos miembros de este club. Aparecen más en las listas de las grandes fortunas que en los libros de literatura.
D) Escritores “normales”. Son la gran mayoría. Viven de otra actividad, como el resto de los mortales, pero peregrinan de editorial en editorial con sus originales, soñando (creen) con acabar perteneciendo al grupo de clásicos. Se consideran a sí mismos provisionalmente “malditos” –al menos, mientras no publiquen, de alguna manera lo son-, pero lo que en realidad quieren ser es “superventas”. Y el sueño más inconfesable de un escritor lo constituye lo que le ha sucedido al norteamericano John Locke: pasar de desconocido a superventas sin deberle nada a una editorial; un autopublicado. Lean su historia; si es usted un D, olvídese de llegar a B o de ser un A, cualquiera puede ser un C, estamos en el siglo XXI. 

martes, 21 de junio de 2011

A vueltas con "Rayuela"


    Leí “Rayuela” con 16 años, regalo de una tía mía que por entonces leía mucho a Vargas Llosa y el boom latinoamericano y esas cosas. En aquellos tiempos yo ya era un aficionado a los libros, pero los usaba siempre de la misma forma: abría el volumen, me metía en la historia, la disfrutaba más o menos, y salía de ella con la palabra “FIN”. Hasta que cogí “Rayuela”. Para empezar, la novela se podía leer de varias formas: alterando el orden de los capítulos, saltando de uno a otro, prescindiendo de algunos… Me atrapó su lenguaje y su forma de “literaturizar” el jazz, pero también el modo en que por primera vez un libro jugaba conmigo, me zarandeaba, me obligaba a pensar… Esa mezcla de ficción y filosofía, de música y búsqueda, de bohemia y amistad, de texto y significados, me persiguió durante mucho tiempo, y consiguió que después todas las novelas que leía me parecieran planas y sin profundidad.
   Tardé tiempo en volverme a interesar por una historia clásica (de “Rayuela”, y sin salir de Cortázar, pasé a los cuentos, y de allí a Onetti – creo que fue el “Chacal” de Forsyth el que me volvió al redil de la diversión por la diversión), pero nunca olvidé lo que debía a esta novela. “Rayuela” ha ocupado siempre un lugar de honor en mi biblioteca, y aunque comprendo a los que no les gusta o no han podido terminar de leerla, es sin duda uno de los libros que yo me llevaría a la famosa isla desierta.

Historias de la "mili"

   Aunque soy de las personas que opinan que las guerras sólo son heroicas en el cine (después de ver “Apocalypse Now”, ni siquiera eso), y por tanto no siento una especial simpatía por lo militar, guardo de mi año y medio en el Cuartel de Instrucción de Marinería de Cartagena un recuerdo que el paso del tiempo va transformando casi en ficción.
    En la “mili” aprendí –no es fácil- a ser uno más, a trabar amistad con auténticos desconocidos, a convivir con la disciplina, a echar una mano, a hacer las cosas porque era tu deber y punto. Aprendí a hablar catalán (18 meses en una brigada con mayoría de cabos catalanes dan para eso y más), compartí bromas con Coto Matamoros, dirigí a Loquillo en el equipo de baloncesto, intimé con falangistas y comunistas, me aficioné a la Filosofía, creí que cualquier cosa era posible, en el país y en mi vida.
    El 23-F me sorprendió armado y de guardia. Los acontecimientos de esos días darían para escribir una novela, pero a nosotros nos reafirmaron en que no había vuelta atrás. Por muy distintos que fuéramos unos de otros, teníamos un futuro en común, y eso era lo importante. Nunca vi a nadie echar en cara a otro sus diferencias, porque eso eran asuntos menores. Contaban las personas, no las ideologías o los idiomas. Echo de menos esos tiempos, porque hoy siento que estamos perdiendo definitivamente su espíritu.


lunes, 20 de junio de 2011

De autores y reseñas de libros


 Acabo de leer la discusión habida entre un escritor de cuentos infantiles y la autora de una reseña en un blog. No es la primera vez que me asomo a un debate de ese tipo, en el que un autor se enfada con la reseña (o mejor dicho, con aquella parte de la reseña en la que se destaca algún defecto de la obra). Lógicamente, los argumentos se van haciendo circulares -soy libre para criticar tu libro; y yo para criticar tu crítica; y yo para criticar tu crítica a mi crítica, y así sucesivamente- y no se suele llegar a ninguna parte. Las reseñas deberían servir -imagino- para formar un primer juicio en los posibles lectores de una obra; si siempre fueran favorables, no servirían para nada. Comprendo que un autor que al fin ha logrado publicar su libro perciba que no se ha tratado a su hijo intelectual con todo el amor que se merecía, pero enfadarse por eso me parece que está fuera de lugar.
  En mi blog he comentado algunos de los últimos libros que he leído. No son propiamente reseñas, en el sentido de que no hay ningún análisis pretendidamente objetivo; se trata simplemente de contar mi experiencia como lector. En el comentario al libro de Eloy Moreno, "El bolígrafo de gel verde", destaqué lo que a mí me parecían dos defectos de la obra. El propio autor se tomó la molestia de visitar mi blog y dejar un comentario: "lo primero de todo, muchas gracias por esta bonita reseña. La he leído y me ha parecido una crítica sincera, gracias." Además, puso un enlace en su página web a mi artículo. Estoy convencido de que ese respeto que Eloy Moreno tiene por sus lectores seguirá haciéndole crecer como escritor, y yo desde luego me mantengo a la espera de su próxima novela.

Crisis y progreso


  Si algún efecto beneficioso ha tenido la crisis económica, ha sido el de obligarnos a hacer un alto y reflexionar. Algunos, porque, al no disponer de los mismos medios económicos que hace unos años, hemos tenido (¡qué remedio!) que echar la tijera a los gastos para evitar que superaran a los ingresos. El problema: ¿de dónde quitar? Y empezamos un repaso a los gastos corrientes. ¿El contrato de telefonía móvil? Ni pensarlo; se trata de algo imprescindible. ¿La conexión a Internet? No, cómo vamos a quedarnos aislados del resto del mundo... ¿El coche? Imposible. ¿Reducción de la factura de la luz? Peor aún: no podemos pasar sin la televisión, sin el frigorífico, sin las bombillas, sin... Asombra comprobar la cantidad de cosas que hace poco más de cien años ni siquiera existían, y que ahora resulta que son esenciales para la vida de cualquier ciudadano medio. Descubrir que la humanidad ha podido ser feliz durante siglos sin objetos de los que nosotros no podemos prescindir ni por unos días, debe hacernos caer en la cuenta de que quizá no tengan la exagerada importancia que nosotros les hemos dado. Sin Facebook, siguen existiendo los amigos; sin móvil, las conversaciones; sin bombillas, la luz, y sin televisión, los libros. Quizá hayamos entendido mal el significado de la palabra "progreso"; quizá ahora sea un buen momento para volver a pensar hacia dónde estamos yendo como civilización.

miércoles, 15 de junio de 2011

El pino fantástico


 Mi familia (mi padre, que era maestro, mi madre y sus siete hijos) nunca tuvimos coche ni fuimos de vacaciones a otro sitio que no fuera una pequeña aldea perdida en mitad de ninguna parte, donde mis abuelos habían sido –también- maestros de jóvenes. En aquel mundo, un lugar en el que podías pasear en bicicleta por los caminos hasta caer rendido de cansancio y en el que el pasatiempo favorito de los niños era la matanza del cerdo en el patio de la carnicería los miércoles por la tarde, la diversión infantil no era algo que uno tuviera que dar por supuesto.
     De vez en cuando íbamos al nacimiento del minúsculo río del pueblo a bañarnos, pasábamos tardes enteras pelando almendras junto a los más viejos del lugar y leíamos tebeos atrasados cuando habíamos hecho los deberes. También veíamos pisar uva y trillar, y aprendíamos a conocer el tomillo, el romero, el cantueso y la ajedrea… Pero nada de eso se puede comparar con un viejo pino en forma de uve situado a un par de kilómetros de la casa. Aquel árbol fue edificio familiar, donde los hermanos habitábamos pisos diferentes; fue automóvil, avión a reacción; fue montaña para escalar, refugio antiaéreo… era el bar donde merendábamos, la nave nodriza de las exploraciones lunares, la escalera de una zapatería, un trampolín, un columpio…
     Con aquel pino tuvimos todos los juguetes en uno, todas las aventuras, todos los viajes, todos los mundos que nuestra imaginación fuera capaz de construir. Además, era ecológico y era gratis. Se trataba, sin duda, de un pino mágico, una especie a la que la televisión y las videoconsolas –no los incendios forestales- han situado en peligro de extinción. Vaya aquí hoy mi recuerdo para ese árbol mítico y maravilloso.

martes, 14 de junio de 2011

He leído: El mapa del tiempo


   Me animé a leer “El mapa del tiempo” dejándome llevar por reseñas laudatorias, aunque en principio no me seducía la idea de enfrentarme a un libro de ciencia ficción decimonónica, al estilo quizá de Julio Verne. Tampoco el aspecto romántico, o la aparición en escena del Hombre Elefante o H. G. Wells contribuían a mis expectativas sobre la novela. Posiblemente el libro no encajara con mis gustos literarios. A pesar de todo, comencé a leerla.
   En primer lugar, me sorprendió el estilo del autor. Cuidado, elegante, es muy fácil dejarse llevar por él sin darte cuenta. Te introduce completamente en la época y consigue de inmediato suscitar el interés por la historia de amor entre el joven Andrew Harrington y una prostituta, Mary Kelly. La muerte de ésta pone en marcha una narración paralela de viajes en el tiempo que Félix Palma maneja con maestría, acelerando el paso de la trama sin perder en ningún momento la calidad literaria. Sucesivos golpes de efecto van manteniendo al lector pegado a sus páginas, mientras los hilos de la historia se van entretejiendo delante de sus ojos.
     Al final debo confesar que me he zampado con avidez las historias de amor, la ciencia ficción, el Londres victoriano, los viajes en el tiempo, H.G. Wells y lo que el autor hubiera querido. Novela de entretenimiento de calidad, a la que sólo puedo poner un pequeño reparo: en alguna ocasión la mezcla de planos entre el futuro y el presente narrativos se me hizo un poco confusa. Por lo demás, pleno disfrute literario de principio a fin. La recomiendo.

¿Seré acaso Borges?


 Ahora que se cumplen los 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges, leo en la prensa unas declaraciones de su viuda, María Kodama: “Algunos quieren ser Borges, pero me odian porque les digo que no lo son”. No sé si hay muchos que quieren ser Borges, o si hay quizá más que quieren ser Marías Kodamas. A mí personalmente, la señora Kodama no me ha dicho que no soy Borges, y por tanto ni la odio ni estoy ya muy seguro de quién soy.
    Como en su famoso cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, yo podría escribir otra vez la obra completa de Borges, pero con la absoluta novedad de estar escrita por Magnus Ingaldsen. La frase “La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración”, por ejemplo, no es lo mismo escrita por don Jorge Luis que escrita por un servidor. No es el mismo el contexto, ni la intención, ni por tanto la exégesis erudita. Y aunque así fuera, de mí no ha dicho jamás María Kodama que no sea Borges. Así que quien calla, otorga. 

Ausencia

Me creí tus promesas, lloré en tus adioses,
dejé que la lluvia empapara mi espera,
te cambié al cabo un beso por una vida de ausencia.

lunes, 13 de junio de 2011

Yo quiero un agente literario


No lo digo sólo porque esté escribiendo una novela. Que también, quién sabe. No, lo digo porque para mí, en la profesión de escritor, uno no es nada sin su agente. El (o ella, que parece que en nuestro país todas son “agentas”) es la persona que convierte tu novela en un best-seller, que te consigue anticipos tan grandes que te dan ganas de retirarte a las Seychelles y no volver a trabajar en tu vida, que te quita de encima a los pesados (“-Eso, háblelo con mi agente”) y que se preocupa por tu bienestar físico y espiritual… Todo ello, a cambio de un irrisorio 20% de comisión. (Digo “irrisorio”, porque eso viene a ser lo que habitualmente se lleva Hacienda de mi trabajo, y el fisco no va a colocar mis libros en las editoriales).
     Yo quiero un agente literario. Alguien que me despierte por las mañanas y me diga: “¿Cómo va la novela?”, que negocie los derechos de traducción al serbocroata y al gaélico, que consiga una pasta indecente porque algún director yanqui la destroce en el cine, que me pasee por las televisiones para “hablar de mi libro” y me lleve a cenar a todos los eventos del mundillo literario mundial. Seamos sinceros. Yo no escribo para comunicar a la humanidad una verdad inaplazable y arcana. Ni siquiera para expresar mi ancho, largo y profundo mundo interior. Escribo –debo reconocerlo- para tener mi propio agente literario.

domingo, 12 de junio de 2011

Dietrich Bonhoeffer: teólogo, conspirador y mártir.

(De interés para futuros lectores de “No todos moriréis”. Objeto de mi inacabada tesis doctoral, su figura teológica y personal es el punto de partida de uno de los hilos en la trama de la novela).
     Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) fue un pastor protestante alemán y uno de los teólogos más importantes del siglo XX. Hijo de familia acomodada, estudió Teología en Tubinga y Berlín, hizo sus prácticas como pastor entre la comunidad luterana de lengua alemana en Barcelona (1929) y amplió estudios en Nueva York. Fue profesor en la Universidad de Berlín y ejerció su ministerio en la capital alemana. Opuesto al nazismo, ayudó a la formación de la Iglesia Confesante, no oficial, y dirigió un seminario ilegal en Finkenwalde.
    En 1939 se unió a un grupo clandestino de resistencia, a la vez que actuaba como agente doble al servicio de la Abwehr, comandada por el almirante Canaris. También participó en el llamado “Proyecto 7”, para ayudar a escapar a judíos hacia Suiza.
  En 1943 fue arrestado, acusado de participar en un complot para asesinar a Hitler, y pasó año y medio en la cárcel de Tegel. Allí escribió sus famosas “Cartas desde la prisión”. En octubre de 1944 fue trasladado de cárcel para ser interrogado, tras el fallido atentado del 20 de julio contra el Führer; en febrero de 1945 volvió a ser trasladado al campo de Buchenwald, y en abril al de Flossenburg. En este último campo, una corte marcial lo condenó a ser ahorcado, ejecución que tuvo lugar el día 9 de abril, dos semanas antes de la liberación del campo por parte de los aliados.
   Sus últimas palabras, recogidas por un compañero de prisión, el capitán inglés Payne Best, fueron: “Este es el fin; para mí, el principio de la vida”. 

sábado, 11 de junio de 2011

¿Existe la literatura sin lectores?


    Hace tiempo participé en una discusión acerca de la necesidad de que existan los lectores para que podamos hablar de “literatura”. Mi postura, que sigo manteniendo mientras no aparezcan mejores argumentos, es que “literatura” es aquello que los lectores digan que es literatura. No existe un “gran escritor” ignorado, porque la grandeza o la pequeñez de un escritor está en manos de sus lectores. Y así, un escritor (o mejor, su obra)  puede ser grande en un país y no serlo en otro, clásico en una época y no en otra. No hay nada que podamos llamar espectacular sin espectadores que lo certifiquen. Y no hay ningún Alto Tribunal Literario que decide qué obras son geniales –aunque no lo sepa nadie- y qué obras son basura –aunque el público las compre y las lea.
   No tiene sentido hablar de “genio ignorado”, porque la palabra “genio” no existe en abstracto. El genio lo es respecto a una época, a una cultura, a un contexto, a unos lectores en el caso de la literatura. Sin ellos, el "gran escritor” no es más que una entelequia, un fantasma que agitan de vez en cuando ciertos críticos para reclamar la pureza perdida (su particular pureza) del arte. Pero el arte es una construcción humana: los valores artísticos no son eternas ideas platónicas, sino que dependen siempre de los humanos que los valoran, sus intereses y sus cambiantes puntos de vista.

viernes, 10 de junio de 2011

He leído: El círculo alquímico



  Como tenía constancia del exhaustivo proceso de documentación que había precedido a la escritura de esta novela (en Facebook se entera uno de casi todo), me animé a pedirla por correo a la librería Estudio en Escarlata, y de paso que me la enviasen firmada por el autor.
   Puestos en materia (la lectura de libros de Ken Follett o Vargas Llosa hubo de ser pospuesta sine die a causa de la llegada de la nueva novela) me fui sumergiendo en el particular ecosistema literario que su autor, Paco Gómez Escribano, había ido desarrollando en “El círculo alquímico”. La aparición de un fresco del siglo XVI durante unas obras de restauración de la catedral de Toledo da pie a una acción donde, además de un profesor de la UNED, Carlos, su hermana y una amiga de ésta, Reham, van haciendo su entrada en escena curas, mafiosos, policías, agentes del Mossad… y un misterioso personaje, Boris, que parece poseer muchas de las claves de la historia. El núcleo de la trama lo constituye una búsqueda que en principio es artística, pero que según avanza la trama se va volviendo también policíaca, y que lleva a nuestros protagonistas de Toledo a Jerusalén, y de allí a Egipto… Descripciones pormenorizadas, acción, misterio, arte y esoterismo (y amor, también hay amor), configuran una obra entretenida, inteligente y que se lee de un tirón. Algo que, en un panorama literario donde muchas veces se valora más lo rebuscado y lo pedante en detrimento de la historia que se está contando, es muy de agradecer. Y yo, como es de justicia, se lo agradezco a Paco Gómez Escribano.

Tormenta



En el acantilado se ha enfurecido la tarde:
el compasivo océano, que se queja con rabia
de todo el dolor que yo me callo.

jueves, 9 de junio de 2011

El misterio de William Jonas Barkley

          
William Jonas Barkley es, quizá, un personaje tan literario como sus citas, de las que he ido dejando un pequeño rastro en mis estados de Facebook. Empezando por su verdadera existencia, que no está del todo acreditada, al menos por alguien distinto del que esto escribe. En realidad, el retrato que encabeza estas letras podría corresponderle a él. O no. ¿Qué se puede esperar de un hombre en cuya lápida está escrito: "En lugar de este epitafio, preferiría que leyeran mis libros. Son bastante más extensos, pero tienen la ventaja de que no hay que dejar flores"?

    Todos los escritores quieren dejar una obra que pase a la posteridad. Barkley, a lo mejor, quiso ser únicamente posteridad, literatura, palabras que se juntan y que forman un personaje. Él no está entre nosotros, como tampoco lo están Chesterton o Borges. Pero están sus escritos, sus frases sentenciosas y su espíritu literario y a veces burlón. Eso es lo que importa.

He recopilado para este blog algunas de esas citas. Espero que os gusten. A Barkley le habría encantado saber que se le sigue leyendo.

"Cuando tengo un libro entre mis manos, todos los universos se detienen, todos los seres desaparecen, todas las vidas se paralizan... menos en aquel exacto mundo que conjura el texto".

"De mis múltiples vidas, unas están soñadas, otras están escritas, otras imaginadas o pensadas; incluso creo que al menos una ha sido vivida, pero no estoy muy seguro".

"Pocos autores se atreven a tolerar autonomía en sus personajes, por miedo a que decaiga el interés del lector. En la vida real, en cambio, la mediocridad es el precio a pagar por la libertad".

"Los críticos calificaron su libro de 'gran festín literario'. Y no puedo estar más de acuerdo. Era, como los banquetes clásicos, abundante, excesivo, pesado. Al acabar, uno sólo deseaba echar una larga siesta y no volver a repetir la experiencia en mucho tiempo”

"Ah, los bibliotecarios... Todo paraíso tiene su ángel custodio".

"La mayoría de los escritores de ficción tienen un ego desmesurado: construyen universos con palabras sólo para justificarse a sí mismos"

"¿Cómo que el dinero no da la felicidad? ¿Alguien sabe de alguna manera de comprar libros sin dinero?"

"Sé que el mundo existe. Lo he visto. Negro sobre blanco. Entre una portada y una contraportada".

"Todas las autobiografías tienen un grave defecto. Omiten cualquier referencia a la muerte del protagonista."  

"La publicidad de un libro debe consistir en el comentario elogioso de sus lectores. Si las llamativas portadas a todo color no acaban con la literatura, nada lo conseguirá jamás".  

"Como conversador era un cretino; como escritor, un genio. Así que le retiré la palabra, y me leí sus libros. Ambos salimos ganando."

"Un buen libro, una pipa, una copa de brandy: tres placeres que envenenan dulce y calladamente."

"Escribo para que otros puedan volver a vivir mi vida. Eso me obliga a hacerla interesante."  

"Bien contada en letras de imprenta, hasta la vida más anodina puede resultar inolvidable."  

"Quien quiera conocer mi verdadera biografía, que husmee en el libro de préstamos de mi bibliotecaria".  

"Los cementerios tienen mucha relación con las bibliotecas: en unos descansan los cuerpos; en las otras, bullen incansables las almas."  

"Toda la vida es un solo instante. Ahora."  

"Juntar palabras está al alcance de cualquiera. A entretener llegan unos cuantos. A conmover, sólo los grandes."

“Leo libros porque la vida es demasiado real para ser cierta”

"Le dije que su libro era inolvidable. Extrañamente, lo tomó como un cumplido."

"Solamente un libro temo leer: el último."  

"Toda novela falsea la realidad, del mismo modo que un mapa de Francia no es Francia. Por eso precisamente leo ficción; para comprobar que no estoy perdido."

"Hoy en día todo el mundo escribe; muchos publican; algunos incluso son leídos; pero el número de los verdaderos escritores cabe en un coche de caballos."

"De libros, como de salud, de amor o de sueños, nunca tenemos en demasía".

"Ayer me preguntaron por la clave de mi éxito literario. En realidad es algo bastante sencillo: escribir sólo por las mañanas, tomar un coñac y una siesta después de comer, y vender muchos libros"

"Hay tres cosas de las que, por naturaleza, desconfío: la sonrisa de un banquero, las promesas de un político y las alabanzas de un crítico".

"Le dije que esperaba mucho más de su capacidad literaria. Creo que no me entendió. Sus libros continuaron siendo igual de malos, pero en cambio pasaron a tener el doble de páginas".

"Los dedos que tocan el mundo son los dedos que leen el mundo. El milagro que Louis Braille hizo posible".

"El mundo existe para ser leído. Esa es la mejor manera de entenderlo. Sin libros, la vida sería demasiado extraña".

"Si en el cielo tienen biblioteca, creo que la eternidad se me va a hacer muy corta".

"El día que deje de leer, id llamando a la funeraria. Una parte de mí habrá muerto ya".

"Los escritores somos un poco como los gobernantes: aprendices de dioses. Organizamos el mundo a nuestro antojo, dictamos leyes, señalamos destinos, construimos y aniquilamos. Con la ventaja de que el lector no tiene que esperar cuatro años si quiere vernos desaparecer. Le basta con cerrar su libro".

"¿Qué me gustaría que me dijeran de mi obra? "Maldigo el tiempo que no ha dedicado usted a escribir".

"Los banqueros no tienen amigos. Se lo prohíbe su código deontológico."

"Leyendo a algunos autores, asombra la cantidad de palabras que hay que escribir sólo para que coloquen tu nombre en la tapa de un libro."

"Cuando Miss Leighton me abordó para solicitarme la opinión sobre su última novela romántica, no pude evitar ser sincero: "Señorita, confieso que he terminado su libro con lágrimas en los ojos, aunque supongo que por los motivos equivocados."

"¡Cuántas veces me he quedado dormido con un libro entre las manos! Otras, en cambio, ha sido el libro el que me ha despertado."

"Toda vida es al fondo un naufragio. Mi trabajo como escritor consiste únicamente en ir dejando mensajes en una botella."

"La labor de un agente literario es un tanto esquizofrénica: sin perder la sonrisa ni la educación, tiene que convencer al autor de lo defectuoso que es su libro y al editor, de lo sensacional que es".

"En este país, la crítica literaria se ha convertido en un concurso de variantes de "El traje nuevo el emperador".
     
  Por mi parte, intentaré seguir hablando de Barkley. A él y a su concepto de la amistad le habría, sin duda, ilusionado.