La detención de los dueños del portal de descargas Megaupload por el FBI ha vuelto a poner en primer plano el tema de la piratería en relación con la propiedad intelectual, con todas sus implicaciones legales, comerciales y éticas. Controlar las descargas en Internet puede ser como ponerle puertas al campo; de modo que, en mi modesta opinión, el problema solamente se trasladará de lugar. Mientras haya un solo país dispuesto a albergar servidores de este tipo, la batalla estará perdida.
En relación con el tema de las descargas ilegales de libros, el problema es principalmente de imaginación. La industria del libro funciona con el objetivo de poner la obra de un autor a disposición del mayor número posible de lectores. Para ello existe una cadena, resultado de una evolución de siglos, que pasa por el comité de lectura, el corrector, el editor, la imprenta, la publicidad, la distribución, las librerías… hasta que la obra llega al lector. Es un proceso caro, lento, y que deja pocos beneficios al autor intelectual (normalmente sobre un 10% del precio final del libro).
Internet y el auge de los lectores electrónicos, por el contrario, permiten que ese camino se recorra en un par de clicks de ratón: la obra en formato digital se sube con una pulsación de ratón y se baja con otra. Y a leer se ha dicho. El que muchos lectores prefieran la rapidez en el acceso (y de paso ahorrarse 20 euros en la compra) no significa que automáticamente se conviertan en unos piratas, ladrones del esfuerzo ajeno. Significa que muchos de los intermediarios del proceso de edición están convirtiéndose en obsoletos y la gente ya no quiere pagar por algo innecesario.
Ediciones B, por ejemplo, lo ha entendido así y ha puesto a la venta libros digitales desde 1,99 euros. A nivel individual, autores como Marta Querol, Blanca Miosi, FernandoTrujillo, Antonia J. Corrales o Armando Rodera ya están vendiendo sus propios libros en Amazon a precios que hacen irresistible la compra, y de paso, innecesaria la piratería. Son pequeños avances en la dirección correcta, y se dirigen hacia lo que yo creo que serán dos mundos distintos: el libro digital, barato, popular, democratizado a través de Internet; y el libro de papel, selecto, con un mercado más reducido y un valor añadido cuyos costes sólo estará en condiciones de pagar cierto tipo de lectores. Veremos si el tiempo nos da la razón.
