jueves, 26 de enero de 2012

Megaupload, los piratas y la imaginación

  La detención de los dueños del portal de descargas Megaupload por el FBI ha vuelto a poner en primer plano el tema de la piratería en relación con la propiedad intelectual, con todas sus implicaciones legales, comerciales y éticas. Controlar las descargas en Internet puede ser como ponerle puertas al campo; de modo que, en mi modesta opinión, el problema solamente se trasladará de lugar. Mientras haya un solo país dispuesto a albergar servidores de este tipo, la batalla estará perdida.
   En relación con el tema de las descargas ilegales de libros, el problema es principalmente de imaginación. La industria del libro funciona con el objetivo de poner la obra de un autor a disposición del mayor número posible de lectores. Para ello existe una cadena, resultado de una evolución de siglos, que pasa por el comité de lectura, el corrector, el editor, la imprenta, la publicidad, la distribución, las librerías… hasta que la obra llega al lector. Es un proceso caro, lento, y que deja pocos beneficios al autor intelectual (normalmente sobre un 10% del precio final del libro).
  Internet y el auge de los lectores electrónicos, por el contrario, permiten que ese camino se recorra en un par de clicks de ratón: la obra en formato digital se sube con una pulsación de ratón y se baja con otra. Y a leer se ha dicho. El que muchos lectores prefieran la rapidez en el acceso (y de paso ahorrarse 20 euros en la compra) no significa que automáticamente se conviertan en unos piratas, ladrones del esfuerzo ajeno. Significa que muchos de los intermediarios del proceso de edición están convirtiéndose en obsoletos y la gente ya no quiere pagar por algo innecesario.
     Ediciones B, por ejemplo, lo ha entendido así y ha puesto a la venta libros digitales desde 1,99 euros. A nivel individual, autores como Marta Querol, Blanca Miosi, FernandoTrujillo, Antonia J. Corrales o Armando Rodera ya están vendiendo sus propios libros en Amazon a precios que hacen irresistible la compra, y de paso, innecesaria la piratería. Son pequeños avances en la dirección correcta, y se dirigen hacia lo que yo creo que serán dos mundos distintos: el libro digital, barato, popular, democratizado a través de Internet; y el libro de papel, selecto, con un mercado más reducido y un valor añadido cuyos costes sólo estará en condiciones de pagar cierto tipo de lectores. Veremos si el tiempo nos da la razón. 

jueves, 5 de enero de 2012

El editor, el negocio y la pirámide de Maslow

  
  No es infrecuente, entre los seguidores del “mundillo” literario, escuchar la opinión de que los editores no arriesgan, van a lo seguro, no apuestan por los escritores noveles. Con la lógica consecuencia de que los escaparates de las librerías se llenan siempre de los mismos nombres, los de aquellos que ya han demostrado su capacidad para vender la mercancía sobre la que estampan su firma. No tengo datos sobre el porcentaje de noveles entre las novedades de las editoriales, y por tanto no sé si esa opinión se ajusta a la realidad. El caso es que la imagen del editor que reflejan esos comentarios es el de un ser obsesionado con ganar dinero, sea como sea, aunque para ello tenga que darle al público lo que éste pida (por lo general. textos “comerciales” y libros en las antípodas del verdadero arte), y aparcar todo aquello que suponga riesgo o incertidumbre.
    Dejando a un lado que el hecho de publicar significa “hacer público”, y por tanto tiene que haber una clientela que esté dispuesta a emplear parte de su duramente ganado dinero en un libro que le proporcione las emociones a las que sea más proclive, hay otro asunto importante. En esas conversaciones y entrevistas a las que me refería al principio, siempre hay alguien que termina diciendo: “Sí, pero publicar lleva unos gastos; y además, el editor tiene que comer”. En ese momento, el empresario editorial adopta, por unos segundos, un rostro humano: no es malo del todo, tiene necesidades que cubrir, y si no lo hace tendrá que cerrar el negocio y no podrá alimentar a su familia.
    La pirámide de Maslow tiene en su base las necesidades básicas o fisiológicas: comida, descanso, respiración, etc. Pero satisfechas éstas, vamos avanzando hacia las de seguridad (física, de empleo, familiar, de propiedad privada...), luego las de afiliación (amistad, afecto, intimidad...), las de reconocimiento (confianza, respeto, éxito...) y finalmente las de autorrealización personal. Los editores, como el resto de los mortales, buscan en su vida la satisfacción del mayor número de necesidades humanas, y no solamente la de no morirse de hambre. Quizá por ello apuestan por lo seguro, y sólo cuando todas las demás necesidades están cubiertas, se dedican a las de la cúspide de la pirámide: publicar obras en las que pierden dinero por el mero placer de aportar algo a la cultura universal. Pero, desde luego, no son gente a la que le guste empezar la casa por el tejado.