viernes, 3 de junio de 2011

Pequeño homenaje a Louis Armstrong



   Está quizá de más recordar que en la vida hay momentos “decisivos”,  momentos que marcan cómo vas a vivir a partir de entonces. Podemos señalar algunos, los más comunes, los que todo el mundo conoce, desde el “sí, quiero” en la boda a la matrícula en una carrera determinada o el aprobado en una oposición. Indican un antes y un después, y los solemos grapar al presente con recordatorios diversos: fotografías, vídeos, títulos enmarcados… Suelen formar parte de la biografía oficial de cualquier persona, de su curriculum vitae más personal, y bastan por lo general para definirnos: casado, tres hijos, licenciado en Filología, funcionario.
   Pero también existen los instantes que nos configuran, no lo que vamos a hacer a partir de entonces, sino quiénes somos realmente. Sí, quiénes somos para nosotros mismos, más allá del personaje que han compuesto nuestro carácter y nuestra educación, de ese “yo” público que se abandona a la obligación y a la costumbre. Y para mí uno de esos momentos tuvo lugar cierta noche de 1974, cuando escuché en la radio (imagino que en homenaje, porque murió ese mismo año) un especial dedicado a Louis Armstrong. Sus solos de trompeta resonaron en mí como si los hubiera pensado yo mismo, como si hubieran formado parte de mí desde siempre y expresaran con música aquello que yo no sabría expresar de otra manera.
   Me dediqué a investigar en los días posteriores, supe que esa música se llamaba “jazz” y me lancé como un obseso a comprar discos y cassettes, de la Original Tuxedo Jass Band a Charlie Parker, y de Dave Brubeck a Wes Montgomery. Aprendí su historia, me empapé de sus variantes, desgasté agujas de tocadiscos en tardes de lluvia. Desde aquella noche de mis catorce años, el jazz ha sido la banda sonora de mi vida, la música que no ha dejado de resonar en mi interior.
  Por todo eso: muchas gracias, "Sachmo".

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