En mi caso concreto, un buen día, al volver de un paseo por el campo, nos encontramos con el televisor, presidiendo la sala de estar. Nuestros primeros sentimientos fueron, curiosamente, de orgullo: ya no tendríamos que molestar a la vecina cada vez que ponían “Bonanza”. Por esa época, el número de hogares con televisor no llegaba al 40 por ciento (frente al casi 100 % actual) y la experiencia televisiva era poco gratificante: para poder ver dos canales en blanco y negro tenías que apretar un interruptor que tardaba varios minutos en encender y que además se calentaba con el tiempo. La excusa perfecta, además, para que nuestros padres nos enviaran a la cama: “hay que apagar la tele, que se calienta y puede llegar a explotar”, nos decían. Y nosotros, que lo último que queríamos era que nos explotara un aparato así en la cara, no rechistábamos y la apagábamos inmediatamente.
La televisión, como todos los virus, contagió primero –y de qué manera- a los niños. Y lo hizo por medio de los animales: el delfín Flipper, el oso Ben, el león bizco de Daktari, el canguro Skippy, el caballo Furia, los perros Rin-Tin-Tin o Lassie... Cuando fuimos a darnos cuenta, no podíamos despegar los ojos de la pantalla. De obligarnos a ello se encargaba la familia Telerín, con su “vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”. Lo que venía después era tabú: los programas venían marcados por rombos en una esquina de la pantalla, un figura geométrica que ya siempre asociaríamos a lo prohibido: un rombo, mayores de 14 años; dos rombos, mayores de 18. Generalmente, películas. Pero verlas en la pequeña pantalla, en blanco y negro, y con interrupciones para publicidad, no era todavía un serio competidor para la pantalla grande.
A pesar de lo escaso de la programación (dos cadenas, emitiendo sólo por las tardes), todas las semanas los hermanos mayores comprábamos religiosamente el TelePrograma para elegir los programas que queríamos que nuestros padres nos dejaran ver. Eso sí, el tiempo que estábamos delante del televisor era tan escaso y controlado, que no se desaprovechaba nada: pusieran el programa que pusieran, los anuncios e incluso la carta de ajuste, nosotros no desviábamos la mirada de la pantalla. Y nuestros padres, tan contentos: la televisión era la niñera perfecta para mantenernos callados, el premio ideal para la buena conducta, el juguete que nunca fallaba, especialmente en familias numerosas como la mía… La invasión había echado definitivamente sus raíces en nuestro país.
(Continuará)
Quinta parte.
Sexta parte.
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Segunda parte.
Tercera parte.
(Continuará)
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¡Genial!
ResponderEliminar¡Qué tiempos! Y lo que lloré yo con Marco y Heidi. Me ha encantado ;)
Grizzly Addams. Dinastía. Los ricos también lloran. Naranjito. Candy, Candy. Mike Hamer. Zarzuela, Toros, Fútbol, Gracita Morales, Marisol, incluso Cantinflas, al que nunca he podido tragar.
ResponderEliminarCreo que mis recuerdos de la televisión comienzan a partir de mis diez años, aunque no puedo recordar la casa de mis abuelos sin televisor. Sí, sin duda, llegó antes la tele que el teléfono.
Magnus, ojalá te saques de la manga otra entrada que siga la estela de estas cuatro, aunque no he visto el "cartelito" de Continuará...
Me ha encantado, profe-escritor.
Tu prosa me tiene enganchada, qué buena idea enlazarte en mi blog, así siempre sé cuándo has publicado una nueva entrada y vengo enseguida a leerte!
Me he puesto nostálgica y todo. Me ha gustado mucho la entrada. Mi abuela siempre decía lo de que se calentaba la tele jajjaja
ResponderEliminarGracias a las dos por vuestros comentarios (y por recordarme que no había puesto el "Continuará", Bea, ya lo he arreglado). No estoy intentando hacer un análisis de los contenidos, sino de cómo la televisión se ha ido reinventando y mutando como los virus hasta llegar a donde está hoy, pero es evidente que cualquier mención a los programas rápidamente nos despierta recuerdos y emociones.
ResponderEliminarEsta Bea, siempre la primera en decir "te has dejado una palabra", qué niña tan tiquismiquis; pero gracias, me está gustando mucho este viaje en el tiempo.
ResponderEliminarY mi abuela también lo decía: apagad la tele, niñas, que se calienta...
¡Abuelas! (cariñosamente, se entiende)