Si algún efecto beneficioso ha tenido la crisis económica, ha sido el de obligarnos a hacer un alto y reflexionar. Algunos, porque, al no disponer de los mismos medios económicos que hace unos años, hemos tenido (¡qué remedio!) que echar la tijera a los gastos para evitar que superaran a los ingresos. El problema: ¿de dónde quitar? Y empezamos un repaso a los gastos corrientes. ¿El contrato de telefonía móvil? Ni pensarlo; se trata de algo imprescindible. ¿La conexión a Internet? No, cómo vamos a quedarnos aislados del resto del mundo... ¿El coche? Imposible. ¿Reducción de la factura de la luz? Peor aún: no podemos pasar sin la televisión, sin el frigorífico, sin las bombillas, sin... Asombra comprobar la cantidad de cosas que hace poco más de cien años ni siquiera existían, y que ahora resulta que son esenciales para la vida de cualquier ciudadano medio. Descubrir que la humanidad ha podido ser feliz durante siglos sin objetos de los que nosotros no podemos prescindir ni por unos días, debe hacernos caer en la cuenta de que quizá no tengan la exagerada importancia que nosotros les hemos dado. Sin Facebook, siguen existiendo los amigos; sin móvil, las conversaciones; sin bombillas, la luz, y sin televisión, los libros. Quizá hayamos entendido mal el significado de la palabra "progreso"; quizá ahora sea un buen momento para volver a pensar hacia dónde estamos yendo como civilización.

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