martes, 6 de diciembre de 2011

Los "lampedusistas". Autores de una sola novela


    Escrita entre 1954 y 1957, “El gatopardo” es la única novela del italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Llevada al cine en 1963 por Luchino Visconti, se ha convertido después de la muerte de su autor en todo un clásico contemporáneo. La nómina de los que yo llamo “lampedusistas” (autores de una sola novela) es más bien escasa. “The Times” publicó hace tiempo una lista de escritores de los que se conoce una única obra, con la que conocieron el éxito: desde Harper Lee, con “Matar a un ruiseñor” (también llevada al cine) a Margaret Mitchell y su “Lo que el viento se llevó (ella murió doce años después en un accidente, sin haber vuelto a escribir), pasando por autores como Salinger y “El guardián entre el centeno”, o John Kennedy Toole y su “Conjura de los necios”. Entre ellos destacan también poetas y dramaturgos que se adentraron en una única y especial ocasión en el género narrativo, lo cual hizo Oscar Wilde con “El retrato de Dorian Gray” o Boris Pasternak con “Doctor Zhivago”.
      Que la primera novela resulte una obra maestra puede ser la consecuencia de la máxima capacidad creativa de su autor, que decide dedicar a ella todas sus energías literarias, y que tras el titánico esfuerzo realizado regresa al silencio. Del mismo modo, se puede tratar también de toda una maldición para cualquiera, que se ve su carrera paralizada por un inesperado éxito y piensa que nada podrá hacer por superar –ni incluso igualar- ese primer logro.
     En mi modesta opinión, el número de “lampedusistas” podría haberse ampliado enormemente, sin perjuicio alguno para la historia de la literatura. García Márquez podría haber continuado con el periodismo tras escribir “Cien años de soledad” (claro, que entonces no le habrían dado el Nobel), y Umberto Eco haber vuelto a sus clases de semiótica tras el éxito de “El nombre de la rosa”. Incluso mi querido Luis Landero habría pasado a la posteridad con la inolvidable “Juegos de la edad tardía” sin haber vuelto a publicar una sola línea. Seguro que en la mente de todos hay algunos nombres más, autores de una sola obra que decidieron continuar su carrera con trabajos que nunca llegarán a la altura de aquél que los lanzó a la fama.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Llévese tres y pague dos. Las sagas literarias.


  Observo con curiosidad que el escaso espacio que las grandes cadenas de televisión dedican a la literatura se suele ocupar con los que menos lo necesitan: los consagrados, los autores de best-sellers, los premios Nobel. Viene a cuento del despliegue mediático que ha ocasionado la publicación de “El prisionero del cielo”, la tercera parte de la tetralogía con la que Carlos Ruiz Zafón va a aprovechar la increíble aceptación popular de “La sombra del viento”. No tengo nada en contra de las trilogías o de las tetralogías (o incluso de las pentalogías, como “Ramsés”, de Christian Jacq), pero a veces me da la impresión de que los sucesivos títulos buscan cobijarse bajo la sombra del éxito del primero.  
   La verdad es que para un autor resulta muy tentador, cuando al final llega el ansiado reconocimiento del público, aprovechar para darle a los lectores más de lo mismo, y agotar el filón mientras se pueda. No están los tiempos como para cambiar de registro cuando la fortuna te toca con su dedo. De hecho, muchos de los últimos superventas han llegado en grupo: desde la trilogía Millennium del fallecido Stieg Larsson a la de Martín Ojo de Plata de la española Matilde Asensi, pasando por las Memorias de Idhún, de Laura Gallego o la tetralogía de la saga Crepúsculo, de la americana Stephanie Meyer. Un libro llama a otro libro. Así hasta llegar al caso de George R. R. Martin, que planeó inicialmente su serie Canción de hielo y fuego como una trilogía, pero al que el éxito ha llevado a ampliarla hasta una heptalogía. De modo que yo, por si las moscas, voy a ir preparando las secuelas de mi primera novela. Será una octología, que no quiero quedarme corto en darle a los lectores lo que les gusta.

lunes, 24 de octubre de 2011

El aura del escritor

  En el imaginario popular, muchas profesiones cargan sobre sí con el peso de prejuicios asentados con el paso del tiempo. Así, por ejemplo,el psicólogo es alguien que nada más verte hablar y contemplar tus gestos, puede conocer hasta el último secreto de tu pasado y de tu personalidad. El filósofo, en cambio, es visto muchas veces como una persona que conoce los misterios del universo y del ser, explicados en un lenguaje incomprensible y arcano, al alcance de unos pocos elegidos. El abogado, un individuo insensible y sin escrúpulos, capaz de arrancar al juez un veredicto de inocencia para el mismísimo Diablo, previo pago de la correspondiente minuta. Podríamos seguir con el político, alguien capaz de llamar blanco a lo negro y viceversa sin inmutarse, con tal de alcanzar el poder y sus prebendas. O el funcionario, pasando papeles de un lado a otro de la mesa entre el desayuno y el aperitivo, mientras farfulla indiferente: “Vuelva usted mañana” a quien ose acercársele a solicitar algo.
   Frente a todos ellos, el escritor es un ser tocado por las musas, un esclavo trágico del ansia narrativa, un creador de mundos que nos hace disfrutar de ratos inolvidables con el paso de las páginas de su obra… Un semidiós, en suma, que estampa su firma en el ejemplar que le compramos, como un recordatorio de que al fondo es alguien real, que compuso y nos dedicó una historia. Un descendiente directo de los Homero, Cervantes, Shakespeare, Zola, Dickens…, personajes legendarios que adquieren frente a nosotros forma humana: el escritor, cualquier escritor.
    (NOTA: Lo anterior no es en absoluto una exageración: durante la presentación de mi único libro publicado, venerables ancianas que no me conocían de nada se dirigieron a que les firmase su ejemplar –que tampoco habían leído- entre elogiosas proclamaciones de devoción literaria y de fidelidad lectora, que me hicieron sonrojar en más de una ocasión. No me había dado cuenta aún: estaban delante de un escritor).

miércoles, 12 de octubre de 2011

Barkley: nuevas citas escogidas.


 Hay personas (y no me refiero a los políticos) a quienes no le importa lo que los demás piensen de ellos, mientras los sigan. Algo así le ha pasado,al parecer, a William Jonas Barkley. Tras darse a conocer su impostura, el autor ha persistido en la frase lapidaria como modo de hacerse notar, postura que compartimos pero no respetamos. Valgan como prueba de ello los siguientes ejemplos:

"Lo primero que leo de los periódicos son los obituarios. Por lo general, son las únicas páginas donde se habla bien de alguien".

"Prefiero una prisión con biblioteca a un hogar sin libros. Me gusta conocer los límites de mi libertad".

"Por conseguir un lector sería capaz de ir hasta las mismísimas puertas del infierno; pero ni un paso más".

"No basta que el futuro esté escrito; tiene, además, que ser leído".

"El poder del recuerdo es capaz de destruir la más confiada tranquilidad del presente".

"Tanto los editores como los panaderos hacen negocio con lo más sagrado. Pero alguien se tiene que ensuciar las manos de harina..."

"Mientras existan los libros, no temo al olvido".

"No me importa ser contradictorio. Eso indica que estoy vivo, y soy humano. Nada por lo que preocuparse demasiado."

"El poder suele temer más a los libros que a las personas. Las personas pueden retractarse; los libros, jamás".

"Si el éxito te llega con la primera novela, es muy probable que los lectores no te hayan entendido".

"Nacemos llorando y nos morimos entre lágrimas. Unas risas en medio no tienen por qué deshacer la simetría".

"No pertenezco a ningún movimiento literario. Suelo tomar el café en mi propia casa". 

"La alegría de ver publicado a un amigo es una felicidad triple: por el amigo, por el libro y por el rato de lectura que me espera".

viernes, 7 de octubre de 2011

Ignorancia, mentiras y grandes escritores

   Vargas Llosa acaba de confesar a un periodista, en un arranque de sinceridad, que no ha leído a su sucesor en el gremio de los Nobel de Literatura, el poeta sueco Tomas Tranströmer. Algunos comentaristas se han rasgado las vestiduras, como si la poesía sueca fuera asignatura obligatoria en los colegios, o como si el ser buen escritor te diera un conocimiento completo del resto de buenos escritores del mundo mundial. Pues no. La verdad es que leemos muy poco en relación con lo que se escribe y se publica, y nuestra ignorancia literaria es infinitamente superior a nuestro conocimiento. Y no pasa nada. Decía José Bergamín  que preguntáramos a cualquier español si había leído el Quijote: «Si es sincero, dirá no. La disculpa: falta de tiempo.»  En Inglaterra han sacado una lista con los libros sobre los que más miente la gente, diciendo que los han leído sin haberlo hecho. La encabeza “1984”, de Orwell. El “Ulysses” de Joyce ocupa el tercer lugar, por encima de la Biblia y de “Madame Bovary”. Entre los actuales, libros de Rushdie, Obama y Richard Dawkins. Todo bastante revelador. La gente no lee a los grandes escritores, sino a J.K. Rowling, a Dan Brown y a Stephen King, que nunca llegarán a los libros de literatura, y sobre los que no es necesario mentir.

   Así que, en realidad, la gente que no te lee es la que transforma a un escritor en un clásico. Cervantes nunca leyó a García Márquez, ni Homero a Borges, ni Shakespeare a Hemingway. Tranströmer es un clásico precisamente porque no lo lee ni Vargas Llosa, y además ahora saldrá medio mundo a decir que “Hemligheter på väge” es su libro de cabecera. Eso, y no el Nobel, es lo que lo convierte en un grande.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Alegrías de la autoedición


  En mis tiempos de estudiante de Magisterio, un compañero llegó un día a clase con varios ejemplares de su propio libro de poemas, cuidadosamente mecanografiado, cortado y grapado. La portada era una cartulina con la fotocopia de un dibujo coloreada a mano. Lo más parecido a un libro que uno podía hacerse entonces en su propia casa, antes de la llegada de las impresoras láser y la encuadernación pegada. El muy bribón fue regalando libros dedicados y firmados a las chicas más guapas (y sin novio) de la clase, que se arremolinaban en torno a él como abejas alrededor de una flor.
  El resto del personal masculino,  por contraste, quedamos como patanes insensibles que no teníamos ni idea de las posibilidades románticas de un simple libro de poesía. Un tipo al que hasta entonces considerábamos más bien feo, canijo y tímido se estaba convirtiendo ante nuestros ojos -más bien ante los ojos de nuestras compañeras- en todo un galán cinematográfico ¡armado únicamente con unos libritos caseros! Desde entonces, algunos ya no consideramos que la autoedición sea tan mala idea. Sobre todo cuando, actualmente, por un poco más de dinero puedes ir a la imprenta más cercana o acudir a ciertos portales de Internet, y en unos cuantos días tener en las manos TU libro. La autoedición no es, desde luego, el mejor camino hacia el best-seller – más bien puede ser una piedra en ese camino- pero, al fin y al cabo, de lo que se trata es de tener tu propio libro. Y que lo sepan tu familia, tus amigos, tus vecinos y tus compañeros de trabajo. La gente que en realidad te importa, qué diantres. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

¿Para qué sirve la poesía?



  Hace muchos años oí decir a un joven poeta en televisión que “sólo los poetas leen a los poetas”, dando a entender que la poesía era una empresa endogámica, el juego trivial de unos pocos entendidos que se leen y se admiran entre ellos. A esa actividad elitista, que en las escuelas se enseña a analizar y a medir, pero poco a disfrutar, permanece ajeno el común de los mortales. Hablas de poesía con los compañeros, y sólo conocen hasta Miguel Hernández. El resto, simplemente no existe. El verso aburre, no tiene gancho. Los libros de poemas sobreviven en pequeñas ediciones, como delicatessen literarias para paladares exquisitos.
     Quizá –podemos pensar- vivimos en una sociedad que se está liberando de la poesía, como en otros siglos se liberó de la magia o del mito. La “marea digital” se ha llevado por delante muchos fenómenos culturales, por qué no va la poesía a terminar siendo uno de ellos. Yo no lo creo así. El otro día, contemplando a una mujer leyendo versos en el metro, comprendí que la poesía era mucho más que palabras sobre papel, más incluso que el placer estético que nos proporcionan. Leer “Luz… Cuando mis lágrimas te alcancen / la función de mis ojos / ya no será llorar, / sino ver” mientras los viajeros suben y bajan de las estaciones, es sin duda un hecho poético. Un acto de afirmación humana del que estamos cada día más necesitados.

sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Adiós al libro de papel?


   La llegada a nuestro país de Amazon, y sus planes para introducir el Kindle y poder descargar los títulos directamente de la web española, ha vuelto a poner de actualidad el tema del futuro del libro de papel. Mi opinión personal es que se trata de dos productos distintos, dirigidos a dos tipos de clientes (o de necesidades) diferentes:
   El libro de papel estará destinado sobre todo a gente relativamente mayor, nostálgicos de una época en que las cosas tenían sabor, olor, textura…, a bibliófilos que quieren su ejemplar firmado por el autor, a personas que buscan un objeto que se pueda hojear, subrayar, tocar y sentir. Y que estén dispuestos a pagar por ello. El “libro de toda la vida”, diremos, hasta que termine convirtiéndose en un objeto de lujo, y el autor de éxito lo sea de verdad cuando pueda decir: “¡Me van a publicar en papel!”
  Pero nuestra sociedad, cómoda y sedentaria, quiere gratificación inmediata. Si yo leo una crítica o un comentario poniendo a un libro por las nubes, y deseo leerlo cuanto antes, tengo dos opciones: o dejo lo que estoy haciendo, voy a la librería más cercana (si es horario comercial), lo pido, y espero que me lo traigan una semana o dos después (vuelta a la librería, “está a punto de venir, quizá mañana”, “ha habido un problema con la distribuidora, habrá que esperar ya al martes”, etc.,  desembolso de 20 euros, y vuelta a casa). O puedo –como ya he hecho en alguna ocasión- entrar a la web de Amazon, descargarlo, pagar 4 euros online y empezar la lectura en poco menos de 2 minutos.
  “Experiencia de usuario”, creo que lo llaman. “La ley del mínimo esfuerzo”, en lenguaje castizo. Veremos qué pasa.

lunes, 12 de septiembre de 2011

¡Que viene Amazon!


     La mayor librería del mundo (aunque mejor podíamos decir “grandes almacenes”, porque venden desde teléfonos móviles a productos de belleza) llega por fin a España. Mis primeras compras en Amazon, hace ya casi diez años, consistían en libros especializados, de segunda mano, que el portal de Jeff Bezos me conseguía en pequeñas librerías de la América profunda. Rápido, seguro y relativamente económico, logré reunir una completa bibliografía para mi tesis doctoral gracias a la librería online que ahora llega a nuestro país.  Y todo antes de que apareciera Kindle y los libros electrónicos, que me permiten elegir una lectura y tenerla a mi disposición en un minuto.
    El gigante americano les ha dado 16 años de ventaja a sus competidores españoles, pero aunque existen tiendas para vender libros en nuestro idioma por Internet, hoy por hoy no existe niguna plataforma que pueda hacerle sombra. “Libranda no vende directamente al cliente final”, leo en su página web. Pues nada, no vendáis, queridos, que es malo. Si Amazon, como parece, va a cobrar 3 euros de gastos de envío y a tardar dos días en hacerte llegar el pedido, al final traerá más cuenta que desplazarse a la librería más cercana. Como leo en un artículo sobre el tema en El País: “Amazon no ha inventado cosas, las ha hecho bien”. Luego vendrán las “madremías”, pero hemos tenido 16 años para aprender.

sábado, 20 de agosto de 2011

William Jonas Barkley, al descubierto


        Noticia de interés para todos aquellos que han buscado (sin éxito, evidentemente) alguna obra de William Jonas Barkley por las bibliotecas o por Google: Magnus Ingaldsen en persona acaba de confesar la impostura. Incapaz de hacer valer sus pensamientos por él mismo, inventó el personaje de Barkley, una ficción dentro de otra ficción: un escritor agudo, irónico, inteligente, algo que él mismo nunca podrá llegar a ser. William Barkley no existe, o nunca existió, o existe como Magnus Ingaldsen (que tampoco existe), o quizá vive en sus lectores, como el resto de autores antiguos. No lo sabremos a ciencia cierta. Para solicitar el perdón de sus seguidores por este juego de identidades sin sentido, aquí van las últimas citas de tan evanescente autor:

"Si no entiende mis silencios, dudo que pueda entender mis palabras..."

"La conducta de los niños es un cinco por ciento herencia, un cinco por ciento educación, y un noventa por ciento lo que les da la gana".

"A mis lectores les tengo mucho respeto. Mi mujer me lee gratis, y lo hace por puro amor. Pero ellos pagan por mis libros, sin conocerme de nada. Los lectores, de alguna manera, me han hecho lo que soy".

"Llega una edad en que eres demasiado viejo para empezar ciertas cosas, y demasiado joven para abandonar otras. La sabiduría consiste en saber cuáles pertenecen a cada categoría".

"Lo de ser escritor no me viene de familia. Mis padres consideraban que inventar historias era un modo como cualquier otro de vivir del engaño. Ellos querían que fuera un hombre decente".

"Hay que abrir muchas ostras para encontrar una perla. Como hay que leer muchos libros para encontrar una obra maestra. Pero no desprecio el resto; como las ostras sin perla, en cierto modo son comestibles". 

"Los libros no me han hecho más listo. Pero me han descubierto lo ignorante que soy".

"Si he de ser sincero, las mejores páginas del libro de mi vida las ha escrito mi mujer. Yo, si acaso, sólo alcanzo a redactar prólogos y epílogos."

"Para quien lleva el veneno de la literatura en la sangre, la realidad está llena de pistas que le apuntan hacia una historia de ficción".

"La lechuza de la sabiduría emprende el vuelo al atardecer; pero las Musas de la literatura emprenden el vuelo cuando les da la gana". 

"Paradójicamente, la adversidad alimenta la imaginación. Si la vida fuera perfecta, no echaríamos de menos la literatura".

"Los escritores somos una raza insaciable: incluso después de haber muerto, continuamos compitiendo por los lectores".

"Ya que me lo pregunta, moriría por un ideal. Idealmente, esto es".

"Mi biblioteca es un almacén de sueños. Por eso procuro tenerla siempre bien surtida".

"La libertad sin libros... vale lo mismo que un cheque sin fondos".

Otras entradas con citas de Barkley (por si alguien ha llegado tarde):
Entrada 1,  Entrada 2, Entrada 3

domingo, 14 de agosto de 2011

Escribir en equipo, ¿tema tabú?


  A raíz de unos comentarios en mi muro de Facebook, me he planteado el tema de los “negros” y el concepto de “autor” en literatura. Quizá sea en los libros donde la autoría va más asociada a la individualidad: el escritor es el que escribe, y punto. El AUTOR. Por ello, en los peldaños más bajos de la carrera de novelista, la autoedición consiste precisamente en que el autor también es editor, publicista y hasta librero de su propia obra. Lo único que no hace es imprimirla. En cambio, el verdadero escritor sólo escribe (si acaso presenta y firma sus libros, y accede a charlas y entrevistas), pues en eso precisamente consiste su arte y su don.
     No sucede así en otras artes. El cine, por ejemplo. En una película de James Cameron, los créditos pueden alcanzar a varios centenares de personas. O en un edificio de Norman Foster, desde su equipo de arquitectos hasta el último albañil se pueden considerar de alguna manera “autores”. El creador es el eslabon más alto, cuya sola firma “vende”, y que actúa a la vez como una especie de esbozador creativo y de control de calidad.
   En literatura, en cambio, ese tema es “tabú”. Aunque todo el mundo sabe que tras algunos nombres famosos hay en realidad un equipo de escritores, unos “negros” que dan forma literaria a una idea. El autor pone esa idea, revisa el producto final, y aparece en la publicidad que lo vende, firma de libros incluida. Los “negros” cobran y callan. No salen en los títulos de crédito (ya es mucho que salgan los traductores en las obras de otros idiomas) ni en los programas de literatura. ¿Es justo? ¿Por qué está mal visto que la actividad literaria sea un trabajo de equipo?

martes, 9 de agosto de 2011

El misterio de los "long sellers"


  Si bien vender muchos libros es la finalidad última (confesada o no) de todo escritor, la realidad es que el tiempo de vida útil de una novela para alcanzar el máximo de ventas es de tan sólo un mes. Publicidad, lanzamiento, presentaciones, librerías… y al almacén. Y vuelta a empezar el ciclo. Si lo consigues, bien. Si no se llega al éxito, aunque sea por circunstancias de oportunidad, fallos en el lanzamiento, etc. no hay segunda oportunidad. Los libros son producto de temporada, como las hortalizas y las frutas. Algunos duran menos en el escaparate que algunas revistas, para desesperación de sus autores, que siempre sueñan con que el hijo de sus esfuerzos se quede a vivir para siempre en la vitrina principal de las librerías.
   Pero varios escritores lo han conseguido: en la lista de libros más vendidos de todos los tiempos hay algunos que acumulan edición tras edición, y que no parecen pasar de moda: “El nombre de la rosa”, “Los pilares de la tierra”, “El señor de los anillos”, “Lo que el viento se llevó”… Novelas que siguen vendiéndose año tras año, y que son la envidia del resto de colegas, que sueñan con tener un “long-seller” – o más; Ken Follett, por ejemplo, lo sigue intentando- en su curriculum.
   ¿Cuál es el secreto de un “long-seller”? Buena pregunta. En un mundo de literatura “de usar y tirar”, conseguir un superventas en cada temporada es un logro al alcance sólo de unos pocos. La permanencia en el mercado año tras año es otra cosa muy diferente, un misterio por desvelar. Se admiten sugerencias.

viernes, 29 de julio de 2011

La clave para vender libros

  La finalidad de todo escritor es una: vender libros. Ciertamente, confesarlo de forma abierta queda muy feo. Por eso te hablan de la complicidad con el lector, de la necesidad íntima de contar historias, de los mundos interiores y de no sé cuántas más cosas, que los escritores son muy creativos para eso. Pero el libro es un objeto que se vende en las librerías, y decir que vives de la literatura –y que además vives bien- mola mucho. Umberto Eco contaba con deleite que, después del enorme éxito de “El nombre de la rosa” (más de quince millones de ejemplares vendidos en todo el mundo), disfrutaba de viajar en primera clase, de no mirar la cuenta al pagar en los restaurantes, y de todos esos placeres que el resto de los mortales critica en los banqueros pero admira en los literatos de fama.

   ¿Y qué es lo que hace que un libro se venda? He ahí la pregunta clave. Veamos qué factores pueden ayudar a convertir una obra literaria en un best-seller.

  1. La calidad. La pongo para que luego no me digan que se me ha olvidado. Pero para saber que un libro es bueno, primero hay que comprarlo y leerlo, ¿no?
  2. Las críticas elogiosas. Eso requiere contestar antes a la pregunta: ¿alguien se las toma en serio a la hora de adquirir un libro?  Y los que lo hacen así, a la segunda “obra maestra” que les cuelan como “una voz personal que relata un universo desestructurado en el que el narrador desaparece entre capas de simbolismos”, ya no vuelven a picar.
  3. El boca-oreja. Falso. Si tu cuñada te dice: “Me he leído un libro buenísimo”, tu respuesta inmediata es: “Préstamelo”. ¿Para qué me voy a gastar 20 euros en un artículo que me puede dejar mi cuñada gratis?
  4. Ser un autor famoso. En psicología se conoce como “heurístico de disponibilidad”. En el mismo escaparate se encuentran una obra maestra del desconocido autor Juan Pérez Martínez y la última novela de Ken Follett. Usted quiere hacer un regalo y dispone de veinte euros y dos minutos para elegir, antes de pasar a la sección de perfumería. Rápido.
  5. Las portadas. Cuando se trata de elegir entre dos o más autores poco conocidos, la portada -y con ella el título- es determinante. La contraportada, en cambio, ilustra poco. Por lo general, se trata de una serie de palabras entrecomilladas de algún periódico o de algún autor famoso: “Impresionante” (Daily Mail), “Lo mejor que he leído en mi vida” (Magnus Ingaldsen), y así. Pero una portada bien diseñada y un título impactante pueden vender mucho. Tenga en cuenta que en la mayoría de los casos es lo único que se leerán de su libro.
  6. El escaparate de la librería. Para mí, la clave del éxito literario. Usted entra en una librería, y se encuentra toda una pared empapelada con la antedicha novela de Juan Pérez, “La insoportable brevedad del mar”, por poner un ejemplo. E inmediatamente se maldice a sí mismo por no conocer al tal Juan Pérez, y se apresta a llevar a su casa el libro, pensando que si el librero los ha puesto ahí, es porque se los quitan de las manos, y que tantos lectores no pueden estar equivocados...
        Moraleja: escriba usted el libro que le salga del teclado, pero sobre todo hágase con una buena portada y veinte metros cuadrados de pared en las librerías. Best-seller asegurado, se lo digo yo. De nada.

domingo, 24 de julio de 2011

Mi canon particular

   Aunque la palabra "canon", entendida como las obras que forman parte imprescindible de la cultura occidental, tiene pretensiones de universalidad, los siguientes libros solamente representan mis "imprescindibles", aquellos volúmenes a los que vuelvo una y otra vez, o los que dejaron una huella que el tiempo ha revelado imborrable.

1.- La Biblia. Tanto desde el punto de vista religioso como desde cualquier otro, una obra inagotable.
2.- "Rayuela", de Julio Cortázar. Ya he dedicado otra entrada a esta novela, que tanto ha significado para mí.
3.- "Juegos de la edad tardía", de Luis Landero. La crisis de la madurez, retratada fenomenalmente por Landero. Para mí, un clásico del siglo XX.
4.- "La fea burguesía", de Miguel Espinosa. El retrato del espíritu del franquismo, con un lenguaje propio e inimitable. 
5.- "El astillero", de Juan Carlos Onetti. Un libro que me hipnotizó cuando tenía 20 años, y que releo en pequeños sorbos. Una prosa que me sorprende y me cautiva a la vez.
6.- El Oxford Dictionary. Curiosear por sus páginas, un paseo por el espíritu inglés a través de su vocabulario. 
7.- "Archipiélago Gulag", de Alexander Solchenitsin. Me impresionó su radiografía de la tiranía soviética, su lucidez insobornable.
8.- "El nombre de la rosa". A mi modo de ver, la novela ideal. Un libro que se lee a la vez como una novela de misterio y como un libro de filosofía.
9.- "Las cenizas de Ángela", de Franck McCourt. Me gustó mucho en español y volvía a leerlo en versión original, donde lo disfruté aún más.
10.- "El testamento francés", de Andrei Makine. Otro de mis libros favoritos, con el que me siento muy identificado.
     Como puede verse, pocos clásicos y nada de filosofía. Salvo la Biblia, no he llegado a ninguno de los otros libros por recomendación, o por su aparición en las historias de la literatura. Me encontré con ellos, o ellos me encontraron a mí...

jueves, 21 de julio de 2011

¿Por qué escribimos?


  Partamos del hecho de que escribir está al alcance de casi cualquiera. Publicar, no tanto, aunque tampoco parece que sea misión imposible. El año pasado, sin ir más lejos, se publicaron en España 72.206 títulos, lo que nos puede hacer creer, de buenas a primeras, que la escritura (y aquí van incluidas las traducciones) es el deporte nacional.  ¿Qué oscuros motivos impulsan a tanta gente a ponerse delante de un procesador de textos y teclear palabra tras palabra hasta llenar los folios suficientes para que puedan ser dados a la imprenta? ¿Hay un patrón detrás de tan extraña conducta?

    Si atendemos a las declaraciones de los escritores, la mayoría ha sentido desde la más tierna infancia la necesidad de contar historias, de elaborar y poner negro sobre blanco su particular universo de ficción. ¿Eso es todo? Elaborar un universo de ficción y vivir de él es mucho más rentable si te haces político, por ejemplo. ¿Qué más hay?  Algunos hablan también de la vida del novelista, mitificada hasta el exceso por las películas. La soledad del escritor de fondo, desarmado ante el folio virgen, la Underwood, un vaso de whisky y un montón de facturas por pagar. No lo creo, ya no se lleva la estética de la generación perdida. Pero… ¿y el glamur? Los 100 millones del Planeta, los cócteles con gente interesante, las largas colas para conseguir una firma…sólo son posibles si eres escritor. (Bueno, para los cócteles igual vale ser diplomático o noble, pero para lo primero hay que estudiar mucho, y para lo segundo saber nacer en el lugar adecuado). Mantengo serias dudas sobre el particular.
     La gente escribe, creo yo, porque es lo primero que te enseñan en el colegio: “Jerónimo veranea en Jávea”, rezaba la muestra en las cartillas Rubio de nuestra infancia. Eso marca a cualquiera. Te pones a escribir, y en cuanto te dicen “Muy bien, Jaimito”, y te ponen una B mayúscula con rotulador sobre el copiado, sabes que ese primer elogio llama a otro, y éste a otro, y éste a otro… Cuando te vas a dar cuenta, te has convertido en un escritor, y ya no hay forma humana de dejarlo.

martes, 19 de julio de 2011

Elogio de la lectura

   En las condiciones más adversas, un libro es capaz de crear su propio universo dentro de nosotros, de hacernos vivir otra vida, que también es nuestra vida. Los libros nos han animado, nos han consolado, nos han estimulado a ser mejores, a ser la mejor versión de nosotros mismos. Me duele entrar a una casa y ver  las estanterías vacías de libros (y no por falta de dinero) y llenas de fruslerías Made in China, contemplar la soledad de la bibliotecaria municipal, los jóvenes en el parque jugueteando con el móvil, la cara de asco que pone algún sobrino cuando le regalas una novela juvenil... Pero... ¿qué daño les habrán hecho esos objetos? ¿Quién los habrá vacunado contra la increíble aventura de leer? Quizá -digo yo- la lectura sea un placer que requiera de ciertas carencias (de riqueza, de afecto, de superficialidades) para ser disfrutado. O quizá no lo valoramos porque está prácticamente al alcance de todo el mundo. No lo sé. El caso es que cuento los libros que he hecho el propósito de leer, calculo los años que me quedan de vida (tirando por lo alto, eso sí), y me arrepiento de inmediato de estar delante del ordenador en lugar de entregarme plácidamente al vicio lector.

domingo, 17 de julio de 2011

Más citas de William Jonas Barkley

   Dedicadas a todos los seguidores que el inefable Mr Barkley tiene por el ciberespacio, aquí publico otro puñado de citas, extraídas de la vida y anecdotario de este curioso autor:


‎"Prefiero mil críticas sinceras a una alabanza ficticia. Pero, entre usted y yo, lo que de verdad me gusta son las alabanzas sinceras".

"Leer un libro es como conquistar un territorio salvaje. Al comienzo, es tu adversario. Cuando terminas, lo amas sin remedio, porque su geografía acogió el viaje de tu espíritu".

“Escribo para saber quién soy, pero leo para ser otro. Lo que todavía no sé es de cuál de los dos se enamoró mi mujer”.

‎"No existe término medio: cuando alguien necesita más de un volumen para contar una historia, o se trata de una obra maestra o es un pedrusco".
‎"De día, leo; de noche, sueño. Así que sólo piso la realidad cuando estoy escribiendo".

"¿Pasar a la posteridad? Sinceramente, la única posteridad que me interesa es aquella en la que pueda estar yo presente".

‎"Mis amigos me lo perdonan todo, excepto un libro malo"

‎"Sin amigos, la vida no sería más que una larga siesta perruna"

‎"Dicen que en la traducción al alemán, su libro mejora mucho. Estoy completamente seguro. Lo imposible era empeorarlo".

‎"Los libros y yo hemos hecho un pacto: yo les entrego mi tiempo y ellos me dan su vida".

‎"El país de la imaginación... Allí están mi cuna, mi hogar y mi bandera".

‎"Nuestra vida existe para un libro. Unos lo escriben, una y otra vez. Otros en cambio lo viven, esperando que sea otro quien lo escriba. Yo espero pertenecer a ambas categorías."

"Publiqué mi primer libro con seudónimo. Casualmente, mi padre compró un ejemplar, lo leyó y me lo dejó caer sobre el escritorio, diciéndome: 'Tú que te las das de escritor, mira a ver si puedes superar esto'. Desde entonces, no he hecho otra cosa que intentarlo".

"Cuando el visitante contempló mi biblioteca, exclamó: "Estos libros le habrán costado una fortuna..." Tuve que contestarle: "Estos libros, mi querido amigo, SON la fortuna".

viernes, 15 de julio de 2011

Sobre vocaciones tardías


    La literaria, como cualquier otra carrera, debe mucho a la paciencia y a la perseverancia. Todos hemos oído historias de manuscritos arrojados a la basura, de rechazos editoriales, del largo camino de incomprensión, trabajo, más incomprensión y más trabajo que precede al éxito. J.K. Rowling, por ejemplo, recibió una veintena de cartas de rechazo antes de vender millones de copias de la saga de Harry Potter, y cuentan que tenía antes que esperar a que le devolvieran el manuscrito para enviarlo a otra editorial, porque el dinero no le daba ni para fotocopias. Así que los primeros consejos que recibe un aspirante a escritor son: no te desesperes, inténtalo una y otra vez, escribe y vuelve a escribir, corrige, no dejes lugar al desánimo, confía en ti mismo…
     Todo lo anterior está muy bien si eres joven y quieres empezar una larga vida literaria: lo mejor será que vayas modelando tu espíritu por los caminos de la resistencia, la resignación y la impermeabilidad al desaliento. Estupendo. Pero, ¿y los que ya no tenemos edad ni paciencia para empezar el largo camino de sufrimiento y soledad hacia el estrellato literario? No hay problema. También tenemos nuestros propios modelos de vocaciones tardías. Ildefonso Falcones, por ejemplo. Es de mi edad. Abogado de profesión, tardó cinco años en escribir su primera novela, “La catedral del mar”, la publicó a los 46 y fue un éxito de ventas. John Verdon, publicista jubilado, ha vendido sólo en España 200.000 copias de su primer libro “Sé lo que estás pensando”. O Leopoldo Abadía, profesor también jubilado, que revolucionó primero Internet y luego las librerías con su “Crisis ninja”.  Por no hablar de mi querido Frank McCourt: sufridor profesional y colega en esto de la enseñanza, se decidió a escribir su historia cuando se retiró de las aulas. “Las cenizas de Ángela” fue premio Pulitzer, best-seller mundial y llevada al cine por Alan Parker. Sin contar con muchos otros casos que por desidia no me he molestado en investigar, y que hacen que la literatura no sea territorio exclusivo de personalidades perseverantes y obstinadas.

Moraleja: nunca es tarde para empezar a ser un escritor de éxito. ¡Abueletes al poder!

jueves, 14 de julio de 2011

Cómo hacer para que te publiquen


   Nervios en la red. El universo editorial está cambiando. Caos digital. Todo el mundo quiere publicar su libro. Lulu.com, Bubok, deje de lamentarse y hágaselo usted mismo. Las editoriales no aceptan autores noveles. Los agentes, menos. ¿O sí? Historias de éxito: “El bolígrafo de gel verde” lo distribuía el propio autor por las librerías, hasta que se fijó Espasa. Autoedición, coedición, premios literarios, Amazon, libro electrónico, agente literario, ¿cuál es el camino? John Locke se hace millonario vendiendo libros sin editorial. Usted puede ser el siguiente, esto es el siglo XXI. Facebook hierve de pequeñas noticias: ¡me publican!, ¡tengo agente! Los blogs se llenan de comentarios y cuchicheos. Titulas una entrada: “Cómo hacer para que te publiquen” y multiplicas por diez las visitas. Ruido literario, que no afecta a los consagrados. Ellos seguirán publicando, porque el libro con su nombre en la portada es un regalo que no pasa de moda. Codazos en el pelotón de los noveles, cualquier avance es ya una victoria. Veo todo eso y me da pereza terminar mi libro, formar parte de la legión de “espontáneos” en busca de una oportunidad. Mientras tanto, voy a ver si suben las visitas al blog, que lo tengo un poco descuidado. Empecemos por poner un título que atraiga.

miércoles, 13 de julio de 2011

"No todos moriréis". Primera crítica.



 Cuando uno escribe una novela, suele buscar inmediatamente personas cercanas que la lean y den su opinión, como si se tratara de una muestra del público lector en general. A partir de ahí a todo el mundo le gusta hacer generalizaciones sobre el futuro éxito o fracaso de la obra (generalmente sobre el éxito, pocos gremios hay tan inasequibles al desaliento como el de los escritores). Desgraciadamente, las personas más a mano pertenecen al círculo de familiares y amigos, que cantarán las bondades del libro usando adjetivos en grado superlativo (música celestial para los oídos del autor), pero que dicen más de los lazos afectivos que lo unen con ellos que de las bondades literarias del texto.

   Con “No todos moriréis” sucedió, lógicamente, igual. Mujer, hijos, hermanos, cuñados, amigos y demás fauna: todos coincidían en que era estupenda, fenomenal, superior a todo lo que se escribía por ahí, digna de ser publicada en tiradas estratosféricas y de ser llevada al cine por Hollywood. Como se puede comprender, esas “críticas” (salvando algunos detalles para mejorar el texto) carecían de valor como tales, y me hacían temer que el libro se iba a quedar sin una revisión más objetiva sobre sus cualidades antes de ser enviado a las agencias literarias.

   Estando en éstas, una amiga de Facebook y seguidora de este blog, Lesbia Quintero, se interesó por la novela y me prometió una crítica sincera, incluso –si fuera el caso- hasta cruel. Como era exactamente lo que estaba necesitando, se la envié por correo electrónico. Inmediatamente comenzó a leerla y a enviarme sus comentarios. Casi todos completamente exhaustivos y muy acertados en aspectos de debilidades narrativas y sintácticas. Había hecho un trabajo serio y a conciencia, muy superior a lo que cabía esperar de alguien con quien sólo mantenía una correspondencia virtual. Con el último mensaje, me hizo un resumen de su experiencia lectora. Es el siguiente:

    “Antonio, el argumento de tu novela es genial, me he quedado sorprendida, y al mismo tiempo, deseosa de seguir leyendo No todos moriréis. Sin duda te apuntarás un gran éxito con esta historia, la forma cómo abordas el tema es innovadora; además, el marco histórico le otorga fuerza y solidez al argumento. Las acciones que se desencadenan, están tan bien engranadas, que no pierden tensión en ningún momento, y atrapan al lector de inmediato. Me parece magistral la cadena de relaciones que se desprenden a partir de la primera acción, y la manera cómo lograste amalgamarlas. La estructura es excelente”.

   Muchas gracias, Les, por tu ingente trabajo y por tus palabras. “No todos moriréis” tiene una deuda enorme contigo, tanto en el aspecto de mejoras en la narración como en la confianza en sus posibilidades como novela. Aunque siempre me gusta decir, parafraseando al Chapulín Colorado: “Lo sospeché desde un principio”, en este caso me alegra que mis sospechas hayan sido confirmadas por alguien como Les. 

miércoles, 6 de julio de 2011

A la caza del lector


   Es de conocimiento general que el mundo nunca ha andado escaso de escritores. De hecho, el de Historia de la Literatura era uno de los manuales más gruesos del bachillerato; algún profesor nos llegó a decir que el oficio de escritor era el segundo más antiguo del mundo (siempre se negó a decirnos cuál era el primero). Así justificaba que nos tuviéramos que aprender decenas y decenas de nombres y fechas de nacimiento y muerte, títulos de libros, corrientes literarias e incluso algunos textos de memoria. La asignatura no incitaba a la lectura, sino a la sacralización de una actividad: la de escritor. Ser autor literario había sido siempre un trabajo especial, tocado por las Musas y digno de aparecer en estatuas, cuadros y libros de bachillerato.
    Pero hoy, a lo que parece, de lo que andamos muy escasos no es de escritores (hay casi más que futbolistas, que ya es decir), y eso que no existe un “Operación Triunfo” de la literatura… Lo que falta de verdad son lectores. Hay producto, pero no hay clientela. Se han pasado a la televisión, a Internet, a las consolas, y han dejado los libros en las estanterías. Los escritores y las editoriales andan buscando lectores como los cerdos (con perdón) buscan las trufas: hasta debajo de los árboles. Los escritores se han lanzado furibundos a la caza del lector: en los blogs, en Facebook, en Twitter, en las conversaciones privadas… cualquiera puede ser un lector potencial. Y al lector hay que atraparlo y no dejarlo marchar: “Mis lectores”, dicen algunos, paladeando al máximo el posesivo. “Que nadie me los quite”, parecen decir.
    Así que no es de extrañar que, cuando mi hijo mayor me comentó que le habían regalado “un lector”, tardase un tiempo en darme cuenta de que se trataba de un aparato electrónico. Los lectores, hoy en día, no están como para ir regalándolos por ahí.

In the early morning rain


      Hoy tenía ganas de poner una canción en el blog. Que sonara la música. Y no se me ha ocurrido nada mejor que traer aquí a Peter, Paul and Mary, cantando “In the early morning rain”, allá por 1966. Yo era entonces un mocoso de seis años; ha pasado toda una vida. Para la chica del grupo, Mary Travers, porque murió el año pasado, a los 72 de edad. Para mí, porque de ese niño sólo quedan fragmentos: en mi corazón, en la memoria de mi madre, en alguna foto en blanco y negro… La vida nos va dejando ruinas, escombros sentimentales que la técnica se esfuerza en rescatar y reconstruir. Podemos revivir las imágenes y los sonidos una y otra vez, casi como el momento original. Somos una generación afortunada, en ese sentido. O quizá no: nunca dejamos que el pasado muera del todo en paz. Volvemos a escuchar la música, pero ya no estamos en 1966.  

martes, 5 de julio de 2011

Acontecimientos matinales


    Mientras mi mujer está estudiando, mis hijos desayunan y los albañiles de la obra de al lado inician algo parecido a la tercera guerra mundial (¿son necesarios los cañonazos para remozar una fachada?), me pongo delante del ordenador a escribir. Tengo dos libros a medio hacer: una novela -casi terminada- y cien páginas de otro trabajo a cuatro manos con un amigo. El libro con el amigo tiene editor y fecha de publicación, falta un detalle menor: las cien páginas. Pero antes que nada tenía que escribir una entrada en el blog. De lo contrario, muchos de aquellos cuyos rostros aparecen debajo del rótulo “SEGUIDORES” se darán hoy una vuelta por aquí y no encontrarán nada nuevo.
     A esas personas no las puedo defraudar. Son amigos virtuales, amantes de la lectura y de los libros, acostumbrados a ir de blog en blog, que se pasan una media de 6 minutos y 43 segundos curioseando por el mío. Gente exigente, en una palabra. Si pierden casi siete minutos de su tiempo leyendo lo que escribo, qué menos que sacarles una sonrisa, una ligera emoción agradable que les recuerde: “vuelve a pasarte mañana”. Lo quiera o no, la presión me agarrota los dedos sobre el teclado. Acaban de parar los dinamiteros de la vecina, y pongo “Night and day” en el equipo de música. La voz de mi mujer me devuelve a ¿la realidad? “Tienes que ir a pagar el campamento del niño. Y luego pásate por Mercadona, aquí tienes la lista. Ah, y no te olvides de llevar a tus hijos a la piscina”. Ya voy. Un momento. Los visitantes de mi blog no se pueden ir de aquí sin su sonrisa. Aunque sea una sonrisa de compasión.

lunes, 4 de julio de 2011

Catorce microrrelatos

 Durante una época, me dio por escribir microrrelatos, ideales para publicarlos en Facebook (e incluso en Twitter). Aquí van algunos de ellos.

Cuando la conocí, mis ojos se enamoraron de ella en el acto. Uno no puede olvidar impunemente una sonrisa así. Ahora, mientras espero en la cama del hospital a que llegue mi hora y a que ella herede toda mi fortuna, echo la vista atrás. Mi único pecado consistió en malinterpretar una sonrisa.


Estuvieron una eternidad con el coche averiado, en mitad de la autopista, solos. Los rodeaba un páramo completamente inhóspito, casi irreal. Desearon con desesperación la presencia de otro ser humano. Cuando aquel auto destartalado se les fue acercando desde el horizonte, las lágrimas asomaron a sus ojos. Siguieron llorando y desesperando un rato más, hasta que el silencio se hizo tan estremecedor como el paisaje.


En algún momento, la baranda sobre el acantilado debió haber cedido. Eso explicaría aquel extraño viento, los húmedos torbellinos, este inacabable sabor a sal en los labios.


El tono interrogativo de su voz contrastaba con la expresión exhortativa de su mirada y la pose dubitativa del revólver en su mano derecha. Le respondí afirmativamente, tal como lo requería la sintaxis.


- Aquí tiene. Nuestro producto más vanguardista.
- ¿Un scanner para adivinar el pensamiento? Esto parece ciencia-ficción.
- Es que es ciencia-ficción. Sonría. Está usted saliendo en un microrrelato. ¿A que imagina el género?



El editor cerró con desgana el manuscrito, me lo devolvió y me dijo: "Tienes que volver a empezar. No voy a publicar un libro que empieza así: "El editor cerró con desgana el manuscrito, me lo devolvió y me dijo: "Tienes que volver a empezar. No voy a publicar un libro que empieza así: El editor cerró con desgana el manuscrito (...)."


Cuando sospeché su traición, temí que fueran imaginaciones mías.
-¡Miénteme!- le supliqué- No puedo soportar esta situación.
- Amo a otro- fueron sus escuetas palabras.
- Entonces, ¿me quieres?


Una vez que el proceso se puso en marcha, no hubo forma de pararlo. El burócrata pidió primero un certificado de matriculación; como garantía, exigió a vuelta de correo un nuevo certificado que avalase la validez del anterior. Y así sucesivamente. Resultó necesario contratar un segundo burócrata para que el sistema no se colapsara. 


Algo debió haber pasado. Su mirada ya no era la misma. Busqué sin fruto detalles de lo sucedido, pero lo esencial siempre parecía escapárseme. Sólo indicios, huellas fugaces que con el tiempo me produjeron un miedo obsesivo, agobiante. Hasta que contemplé esa mirada en el espejo. Era la mía.


-Jamás deberá saber nadie lo que ha ocurrido, ¿me oyes?
-No te atormentes, cariño, será un secreto entre tú y yo.
-Espera. Un secreto está más seguro en una sola boca.


- Lo siento, cariño. Esto es el fin.
- No puede ser verdad. Dime que no.
- Tú misma lo vas a comprobar. Tras mis palabras sólo quedará el silencio.
- ...


- ¿Por qué lo has hecho? Ahora mi castigo será inevitable.
- No puedo soportarlo más. Prefiero mil veces la seguridad del dolor a la duda angustiosa del miedo.
- Entonces quizá te perdone. Quizá.


Arrepentido, volví sobre mis pasos para disculparme. Sin duda, ella había hecho exactamente lo mismo. Anduvimos así bastante tiempo, buscándonos el uno al otro donde ya no estábamos.


Dejó la pluma sobre el escritorio. Sopesó las consecuencias, acaso se arrepintió o dudó. Se oyeron disparos.

sábado, 2 de julio de 2011

"Mamá, quiero ser escritor"


Curiosamente, ningún manual de educación familiar previene acerca de cómo lidiar con esta frase infantil. Todos pretenden preparar a los padres sobre las grandes preguntas de la vida que un día les harán sus hijos: de dónde vienen los niños, cómo os arregláis para pagar la hipoteca, es verdad que papá no terminó la enseñanza secundaria…y sobre las decisiones que van tomando según crecen: “mamá, tengo novio”, “mamá, me he hecho un piercing”, “mamá, me voy de casa”… (el papá, entonces, se entera por confidencias de la mamá, que intenta quitarle el hierro a los asuntos más graves y hacerles parecer lo contrario de lo que son). Pero no conozco de libro alguno que avise frente a esta declaración infantil: “Mamá, quiero ser escritor”.
    Y sin embargo, si tenemos en cuenta el número de autores publicados, el de autores en busca de editorial y el de autores que abandonaron hace tiempo toda esperanza de publicar, podemos estimar que 9 de cada 10 habitantes de este país han abordado en algún momento a sus madres con esta revelación sobre su futuro literario.
    Al principio, la madre entiende con ello que el niño o niña va a sacar buenas notas en Lengua y Literatura, que se va a leer la colección de clásicos que está cogiendo polvo en las estanterías de la sala de estar y que va a pasar la adolescencia en casa en vez de ir de discoteca en discoteca hasta las tantas. Así que, inconsciente ella, anima al hijo a seguir esa vocación, y enseña orgullosa a las amigas las libretas con los relatos de sua retoño, le compra libros por cumpleaños, onomásticas y demás celebraciones y le deja pasar las tardes en la biblioteca en lugar de ayudar en las labores domésticas como a ella le hubiera gustado.
     Si la manía de ser escritor pervive más allá de la adolescencia, la madre se consuela pensando que su hijo terminará siendo el nuevo J.K. Rowling, que venderá libros como rosquillas y que ella y su marido ya no tendrán que vivir de la mísera pensión que les aguarda al llegar la jubilación. Pero la realidad se va imponiendo. Y así, tarde o temprano, al padre se le acaba la paciencia y termina por obligar al niño a que estudie algo o que se ponga a trabajar mientras llega el reconocimiento de editoriales y lectores. Así es el amor de las madres: incondicional. Cuántos grandes de la literatura lo son porque sus madres se creyeron un día lo que decían sus hijos: que iban a ser escritores.

viernes, 1 de julio de 2011

Sobre aprobar oposiciones


  En un momento como el actual, de grave crisis económica, muchos vuelven su vista a la formación: educación de adultos, bachillerato a distancia, módulos profesionales, UNED… El personal vuelve a las aulas en busca de una cualificación que no pudo –o no quiso- conseguir en su día. Se han dado cuenta de que en el mundo laboral, de momento, no hay sitio para todos, y buscan competir por un puesto de trabajo en las mejores condiciones.
   Ante este panorama, muchos han comenzado a ver también una salida en las oposiciones a puestos de la administración: administrativos, policías, profesores… Un trabajo seguro en premio a unos meses o años de dura preparación,  aunque sea siempre con la incertidumbre del aprobado o el suspenso al fondo. ¿Misión imposible? No lo creo.
   Mi experiencia personal me dice que aprobar unas oposiciones está al alcance de cualquiera. He sido miembro de un tribunal en cuatro ocasiones (dos a maestro de primaria y dos a profesor de secundaria), y puedo asegurar que la actitud pesa mucho más que los conocimientos en relación con el aprobado. La actitud a la hora de estudiar, y la actitud a la hora de examinarse.
    Como miembro de un tribunal, antes de cada oposición pensaba en los problemas de conciencia que se me podrían plantear si suspendíamos a alguien que, mereciendo aprobar, quedara fuera por la competencia de otros mejores que él. Nunca llegó a darse el caso. Ni una sola vez. Al contrario, en alguna ocasión hubo que abrir un poco la mano para que al final no quedaran plazas vacantes.
   La actitud es, para mí, un 80 % de la oposición. Consiste en creerte que esa plaza es tuya, y que sólo compites contra ti mismo. Consiste en tener la certeza de que vales y hacérselo creer al tribunal. Consiste en transmitir confianza y dar al tribunal la sensación de que no se equivoca aprobándote. Normalmente pensamos que eso se consigue cuando dominas perfectamente el tema sobre el que te estás examinando. Eso puede ayudar, sin duda, pero no es absolutamente necesario. El tribunal valora conocimientos, es cierto, pero sus miembros no suelen ser expertos en todos y cada uno de los apartados del temario. Si el opositor no dice ninguna barbaridad, un desarrollo ordenado, confiado y seguro del tema (especialmente en las exposiciones orales) es el mejor pasaporte para el aprobado.

jueves, 30 de junio de 2011

Ganadores y perdedores.


  En nuestro sistema educativo se ha impuesto desde hace tiempo la promoción automática, y el “esfuerzo” ha llegado a ser algo tan importante como los resultados, o más. Es relativamente normal oír en las sesiones de evaluación: “Ha sacado un 3, pero se ha esforzado. Apruébalo”. Esto, por supuesto, no tiene nada que ver con la vida real, donde se recompensa las cosas bien hechas y se ve mal el fracaso. De hecho, ¿qué pensaríamos cualquiera de nosotros si el fontanero que viene a nuestra casa a arreglar el grifo lo deja peor que antes? ¿Le pagaríamos porque “se ha esforzado mucho” o “lo ha hecho lo mejor que sabía"? Pues los alumnos de hoy son los profesionales de mañana, y no es eso lo que están aprendiendo en la escuela. Yo, desde luego, no quisiera que me operara un médico que aprobó su carrera, en vez de por saber medicina, por “esforzarse mucho”...

       A pesar de la palabrería que usamos muchas veces los profesores, los psicólogos, los psicopedagogos, etc. sobre que lo importante “no es ganar, sino participar”, en la vida hay competencia, con ganadores y perdedores. Algunos consiguen trabajo. Otros no. Algunos consiguen un ascenso en su empleo. Otros no. Nuestra educación, en cambio, está llena de lo que algún autor ha llamado “principio de Alicia en el País de las Maravillas”. ¡Premios para todos! Sólo por participar.  Para aumentar su autoestima (¡!!!!!) Que nadie se sienta mal por no hacer las cosas bien. Promoción automática.  Al contrario de lo que sucede en la vida real, en nuestro sistema educativo los resultados no cuentan. Dice la ley, por ejemplo, respecto a la titulación de ESO:

          Los alumnos que superen todas las materias de la etapa obtendrán el título de Graduado en Educación Secundaria  Obligatoria. Asimismo podrán obtener dicho título aquellos alumnos que hayan finalizado el curso con evaluación negativa en una o dos materias, y excepcionalmente en tres, siempre que el equipo docente considere que la naturaleza y el peso de las mismas en el conjunto de la etapa no les ha impedido alcanzar las competencias básicas y los objetivos de la etapa.

     Eso quiere decir que, de 10 asignaturas, se puede suspender 3 y no pasa nada. Yo no conozco ninguna fábrica en la que, de cada 10 sofás, un trabajador haga 7 (y algunos a medio hacer, como los aprobados con  un 5 son sólo la mitad de una asignatura bien hecha) y le sigan pagando el sueldo. Sacar todo con cincos menos tres suspensas supone una productividad del 40 %. Ninguna empresa que yo conozca aceptaría eso. (Y si lo aceptase, se hundiría en dos días). Pero los alumnos acostumbrados a esa falta de exigencia son los que van a salir luego al mercado laboral.

 Este sistema en realidad produce justo lo contrario de lo que pretende, y se convierte en  un ataque a la verdadera autoestima. A los estudiantes no se les enseña a afrontar y superar el fracaso, a levantarse y continuar luchando; simplemente, se les evita cualquier apariencia de fracaso. Pero, en algún momento, los jóvenes tendrán que aprender a perder. Porque si no han aprendido a fracasar, la vida va a ser para ellos una sorpresa muy, muy desagradable.

miércoles, 29 de junio de 2011

Adolescentes e injusticia


El adolescente medio usa la frase “No es justo” o similares unas 8,6 veces al día. Sin embargo, reconocer que la vida no es justa no es más que reconocer la realidad. El terremoto de Haití, el tsunami, las plagas, las hambrunas... no son justas. La genética no es justa. Los buenos no siempre ganan. No es justo que Fernando Alonso gane en un año lo mismo que 700 profesores juntos, o que Belén Esteban gane más que el presidente del gobierno.
     No podemos controlar la “injusticia” del mundo. Lo que podemos controlar es el modo en que reaccionamos y lo que hacemos para luchar contra ella. Cómo respondamos determinará qué clase de persona seremos.
     Normalmente, las quejas de nuestros hijos sobre la injusticia no tienen nada que ver con la propia justicia, sino que son muchas veces una reacción ante el hecho de que tienen que asumir responsabilidades en su vida; que sus acciones y sus elecciones tienen consecuencias; que para tener dinero en el bolsillo hay que trabajar; que tienes que arreglar lo que has roto; que tienes que pedir perdón cuando haces daño a alguien, que no tienes las recompensas que otros ganaron mientras tú estabas tumbado en la cama jugando con la Play. Nada de esto es injusto.
      Hemos querido que a nuestros hijos no les falte de nada, y han terminado pensando que cuando no tienen todo lo que quieren... no es justo.
       Pero no conseguir lo que quieres no es injusto. La decepción es un síntoma de la vida, no una señal de que el mundo te está tratando mal. El hambre en el mundo es injusta. El cáncer es injusto. No poder hablar en clase cuando a ti te apetece NO es injusto. Que la empresa de tu padre cierre y él se quede en el paro es injusto. Que tengas que bajar el volumen del tocadiscos para que tus hermanos puedan estudiar NO es injusto. Que en el mundo haya 77 millones de niños sin escolarizar es injusto. Que tus amigos tengan un móvil con más megapíxels que el tuyo NO es injusto. Por eso los jóvenes tienen una elección: o eligen sumarse al coro de eternos quejicas o reconocen que tiene que asumir la responsabilidad de su vida y aprender a vivir con ella. Y el papel de los padres en la educación para ejercer la responsabilidad es completamente insustituible.

martes, 28 de junio de 2011

Crepúsculo



Quedará el latido de las palabras, cuando nos hayamos ido.
Quedarán el sentido, el ritmo y la tristeza. Quedará el poema.
Sólo habrá desaparecido el espejismo.

Más sobre William Jonas Barkley

    Para todos aquellos seguidores del blog a los que os gusta el estilo irónico y sentencioso de William Jonas Barkley, aquí he recogido un grupo de las últimas citas que he publicado en mi muro de Facebook. Como su albacea virtual, es mi obligación que se den a conocer, aunque sea en esta humilde página de Internet. Espero que las disfrutéis.

"Las noches son los cambios de página de la vida"

‎"Cuando pago al adquirir un libro, siento la misma emoción que podría albergar el esclavo que está comprando su libertad."

‎"Que el sufrimiento nos pille llorados; el amor, desengañados; y la muerte, leídos".

‎"Desconfío de un escritor cuyas obras completas son más voluminosas que el conjunto de sus lecturas".

‎"Existen dos tipos de buenos novelistas: los que te hacen creíble su ficción, y los que te hacen increíble la realidad".

‎"De alguna manera, publicar una novela es traicionar a sus personajes: los amas durante los meses que dedicas a reconstruir sus vidas, pero terminas vendiéndolos".

"En gran parte, somos lo que leemos, lo que otros han escrito: somos espectadores de otras vidas, sufridores de sentimientos ajenos, discípulos de maestros ya muertos. Nada más. Y nada menos".

"A pesar de ser escritor, existe un grupo de personas que dicen honrarse con mi amistad. Allá ellos".

‎"Escribir es bueno para la neurosis. Los escritores felices rara vez cuentan cosas interesantes".

"No puedo negar que envidio la particular mezcla de negocio y placer que encierra el oficio de librero".

‎"Como autor, la máxima gloria que espero alcanzar entre los que compran mis libros es el homenaje de la relectura".

‎"Cuando veo las bibliotecas vacías, comprendo por qué nos gobiernan estos políticos..."

‎"En vez de a tanto general a caballo, deberíamos llenar nuestras ciudades de monumentos a los humildes maestros que nos enseñaron a leer".

‎"Mi biblioteca es demasiado grande para el tiempo que me queda de vida. Ya noto cierta tristeza en los lomos de los libros que nunca leeré."

Para ir al post anterior sobre William Jonas Barkley, pulsar aquí.

lunes, 27 de junio de 2011

Cinco modos de reconocer a un escritor


¿Ha hecho usted alguna amistad nueva recientemente y tiene la sospecha de que es escritor? ¿Quiere estar seguro antes de prestarle dinero o invitarlo a una celebración familiar? Estos cinco sencillos síntomas le indicarán si sus miedos estaban justificados o no.
  1. Es el sistema más vulgar. Antes de treinta segundos de haberlo conocido, ya le ha hablado de su libro. Método infalible en el 95 % de los casos. ¿Si nos presentan, por ejemplo, a un arquitecto, se dedica inmediatamente a hablarnos del último edificio que ha construido? ¿O nos da un electricista los detalles de la instalación que acaba de hacer? Evidentemente que no, pero un escritor es diferente. La excusa puede ser cualquiera: usted lleva unas gafas de culo de vaso, un suponer, y el escritor le comentará: “¿Sabías que el protagonista de mi última novela lleva unas gafas igualitas a ésas?”
  2. Si ese método no da resultado (hay escritores a los que les gusta que sean los demás los que descubran lo que son), el segundo sistema consiste en enseñarle nuestra biblioteca. Si va directamente a algún best-seller, lo coge y mirándolo como con desprecio va y dice: “Hoy en día publican cualquier cosa. Esto lo podría escribir hasta un niño de cinco años…”, existen muchas posibilidades de que sea escritor. Eso significa además que él, aun siendo un artista del lenguaje, todavía no tiene libros publicados. Y si los tiene, no los compra ni su familia más cercana.
  3. Pero pudiera ser que nos encontremos ante un escritor más bien pudoroso y que vende unas cantidades decentes de libros. Entonces habría que poner en marcha el tercer método. Usted se acerca y le comenta que está escribiendo un libro. Si es escritor, no podrá resistirse a darle consejos sobre los agentes, el mundillo editorial, las dificultades de publicar, los derechos de autor, etc. etc. El problema de este método es que le pedirá el manuscrito para darle su opinión franca y sincera. En ese caso, no se le ocurra decirle que está bloqueado y no logra avanzar con la escritura: eso disparará otra retahíla de consejos para conseguir que las musas fluyan y la creatividad alcance sus cotas máximas.
  4. Si ninguno de los tres métodos funcionara (nos encontraríamos entonces ante un escritor superventas al que usted no ha logrado reconocer), lo más seguro es pedirle su opinión sobre un libro para leer en el verano, tumbados en la playa. Entonces, como el que no quiere la cosa, le hablará de su obra más reciente. Usted no pasará por el sofoco de no haberlo reconocido, y él aprovechará para vender un libro más.
  5. En el raro caso de que hubiese usted topado con algún escritor resistente a los métodos anteriores, deberá acudir a un sistema completamente infalible. Dígale que ha recibido una herencia y que tiene pensado invertir el dinero en algo, como por ejemplo, poner una editorial, pero que entiende poco de libros. Antes de terminar de hablar, ya le habrá expuesto detalladamente las ventajas de publicar su libro, y de la suerte que el destino le ha deparado a usted poniéndolo en su camino.
   No nos dé las gracias por los consejos. Hoy por ti, mañana por mí.

Momentos para la nostalgia


 Para los seguidores de la historia de la televisión de este blog,  en lugar de un DVD de regalo, aquí van unos cuantos vídeos que nos vuelvan durante unos minutos a nuestra infancia más televisiva.
    Mi bella genio:


Embrujada:


Viaje al fondo del mar:

 

Un, dos, tres:


Flipper:


La familia Munster:


Bonanza:


Estos fueron algunos de los ejemplares del virus que se quedó a vivir con nosotros para siempre...