Tradicionalmente se ha sostenido que tomarse un acontecimiento o situación “con filosofía” equivale a colocar las cosas en una perspectiva diferente, distanciarnos de ellas y por tanto, no dejar que nos afecten demasiado. En ese sentido, el de ver la realidad con otros ojos, la filosofía puede ayudarnos a relativizar lo doloroso y negativo y, en cierta manera, acercarnos a la felicidad. Pero, ¿es esto realmente así?
La filosofía como terapia vital no es algo nuevo en la historia, pero sin duda uno de los que más ha contribuido a su popularización reciente ha sido el filósofo y escritor canadiense Lou Marinoff. Su libro “Más Platón y menos Prozac” ha sido traducido a 23 idiomas y se calcula que ha vendido más de diez millones de ejemplares. A éste han seguido otros, como “Pregúntale a Platón” o “El ABC de la felicidad”, que abundan en el concepto de que la filosofía es, o puede ser, la solución a nuestros problemas vitales. Es verdad que el tema de la felicidad está ciertamente presente en los planteamientos éticos de muchos filósofos, pero tal vez no lo esté tanto en la propia práctica filosófica.
La filosofía, por definición, es una búsqueda. Y las búsquedas tienen finales felices y finales trágicos. Han existido filósofos alegres, como también los ha habido amargados, violentos e incluso suicidas. Tenían en común la búsqueda de la sabiduría, no el descubrimiento de la felicidad.
Filosofar es, en el fondo, una tarea agónica, contradictoria, una pasión por plantear las preguntas más radicales. De tal forma que la búsqueda de la verdad puede llegar a ofuscar cualquier otro planteamiento vital. Tomemos, por ejemplo, el “Dios de los filósofos”, un concepto que se atraviesa buena parte del pensamiento occidental. Para Platón, el Demiurgo era un mero artesano, ordenando el mundo conforme a las ideas eternas y preexistentes; para Aristóteles, Dios es un ser necesario, inmóvil, inmaterial, acto puro, pensamiento, causa primera… concepción que más tarde Santo Tomás intentaría conjugar con las características del Dios cristiano en sus famosas cinco vías. Para Descartes, Dios sería un gran relojero universal que pone en marcha el mundo y sus leyes, y se desentiende de él. Hume y los empiristas lo eliminaron de lo cognoscible por su falta de características experimentables, camino que también siguió Kant (aunque éste lo rescatara como postulado de la razón práctica). Feuerbach lo consideró una mera proyección alienante del ser humano y sus cualidades, que Marx bajó del plano ideal al material, como ilusión de los explotados. Nietzsche lo combatió con fuerza; “Dios ha muerto”, como queriendo señalar definitivamente el fin del tema para la filosofía. Pero el tema, como tantos otros de la metafísica, vuelve a surgir una y otra vez. Si Richard Dawkins escribía un libro titulado “El espejismo de Dios” y Christopher Hitchens otro titulado "Dios no existe", donde volvían –una vez más- a querer dejar el asunto como zanjado, el filósofo británico Anthony Flew (autor, entre otros, de libros titulados “Dios y filosofía” y “La presunción de ateísmo”, donde defendía un ateísmo militante) publicó en 2007 una retractación de título sencillo: “Dios existe”.
Y lo que sucede con Dios le ocurre a casi cualquier otro concepto filosófico: el alma, la razón, el libre albedrío o la ética. Filosofar es participar en una discusión constante, recogiendo y enriqueciendo argumentos mil veces trillados, debatiendo y repensando, refutando y convenciendo. Se puede tomar distancia con todo y tomarnos la vida “con filosofía”; lo que no podemos tomarnos nunca con filosofía es la propia filosofía.


