lunes, 24 de octubre de 2011

El aura del escritor

  En el imaginario popular, muchas profesiones cargan sobre sí con el peso de prejuicios asentados con el paso del tiempo. Así, por ejemplo,el psicólogo es alguien que nada más verte hablar y contemplar tus gestos, puede conocer hasta el último secreto de tu pasado y de tu personalidad. El filósofo, en cambio, es visto muchas veces como una persona que conoce los misterios del universo y del ser, explicados en un lenguaje incomprensible y arcano, al alcance de unos pocos elegidos. El abogado, un individuo insensible y sin escrúpulos, capaz de arrancar al juez un veredicto de inocencia para el mismísimo Diablo, previo pago de la correspondiente minuta. Podríamos seguir con el político, alguien capaz de llamar blanco a lo negro y viceversa sin inmutarse, con tal de alcanzar el poder y sus prebendas. O el funcionario, pasando papeles de un lado a otro de la mesa entre el desayuno y el aperitivo, mientras farfulla indiferente: “Vuelva usted mañana” a quien ose acercársele a solicitar algo.
   Frente a todos ellos, el escritor es un ser tocado por las musas, un esclavo trágico del ansia narrativa, un creador de mundos que nos hace disfrutar de ratos inolvidables con el paso de las páginas de su obra… Un semidiós, en suma, que estampa su firma en el ejemplar que le compramos, como un recordatorio de que al fondo es alguien real, que compuso y nos dedicó una historia. Un descendiente directo de los Homero, Cervantes, Shakespeare, Zola, Dickens…, personajes legendarios que adquieren frente a nosotros forma humana: el escritor, cualquier escritor.
    (NOTA: Lo anterior no es en absoluto una exageración: durante la presentación de mi único libro publicado, venerables ancianas que no me conocían de nada se dirigieron a que les firmase su ejemplar –que tampoco habían leído- entre elogiosas proclamaciones de devoción literaria y de fidelidad lectora, que me hicieron sonrojar en más de una ocasión. No me había dado cuenta aún: estaban delante de un escritor).

miércoles, 12 de octubre de 2011

Barkley: nuevas citas escogidas.


 Hay personas (y no me refiero a los políticos) a quienes no le importa lo que los demás piensen de ellos, mientras los sigan. Algo así le ha pasado,al parecer, a William Jonas Barkley. Tras darse a conocer su impostura, el autor ha persistido en la frase lapidaria como modo de hacerse notar, postura que compartimos pero no respetamos. Valgan como prueba de ello los siguientes ejemplos:

"Lo primero que leo de los periódicos son los obituarios. Por lo general, son las únicas páginas donde se habla bien de alguien".

"Prefiero una prisión con biblioteca a un hogar sin libros. Me gusta conocer los límites de mi libertad".

"Por conseguir un lector sería capaz de ir hasta las mismísimas puertas del infierno; pero ni un paso más".

"No basta que el futuro esté escrito; tiene, además, que ser leído".

"El poder del recuerdo es capaz de destruir la más confiada tranquilidad del presente".

"Tanto los editores como los panaderos hacen negocio con lo más sagrado. Pero alguien se tiene que ensuciar las manos de harina..."

"Mientras existan los libros, no temo al olvido".

"No me importa ser contradictorio. Eso indica que estoy vivo, y soy humano. Nada por lo que preocuparse demasiado."

"El poder suele temer más a los libros que a las personas. Las personas pueden retractarse; los libros, jamás".

"Si el éxito te llega con la primera novela, es muy probable que los lectores no te hayan entendido".

"Nacemos llorando y nos morimos entre lágrimas. Unas risas en medio no tienen por qué deshacer la simetría".

"No pertenezco a ningún movimiento literario. Suelo tomar el café en mi propia casa". 

"La alegría de ver publicado a un amigo es una felicidad triple: por el amigo, por el libro y por el rato de lectura que me espera".

viernes, 7 de octubre de 2011

Ignorancia, mentiras y grandes escritores

   Vargas Llosa acaba de confesar a un periodista, en un arranque de sinceridad, que no ha leído a su sucesor en el gremio de los Nobel de Literatura, el poeta sueco Tomas Tranströmer. Algunos comentaristas se han rasgado las vestiduras, como si la poesía sueca fuera asignatura obligatoria en los colegios, o como si el ser buen escritor te diera un conocimiento completo del resto de buenos escritores del mundo mundial. Pues no. La verdad es que leemos muy poco en relación con lo que se escribe y se publica, y nuestra ignorancia literaria es infinitamente superior a nuestro conocimiento. Y no pasa nada. Decía José Bergamín  que preguntáramos a cualquier español si había leído el Quijote: «Si es sincero, dirá no. La disculpa: falta de tiempo.»  En Inglaterra han sacado una lista con los libros sobre los que más miente la gente, diciendo que los han leído sin haberlo hecho. La encabeza “1984”, de Orwell. El “Ulysses” de Joyce ocupa el tercer lugar, por encima de la Biblia y de “Madame Bovary”. Entre los actuales, libros de Rushdie, Obama y Richard Dawkins. Todo bastante revelador. La gente no lee a los grandes escritores, sino a J.K. Rowling, a Dan Brown y a Stephen King, que nunca llegarán a los libros de literatura, y sobre los que no es necesario mentir.

   Así que, en realidad, la gente que no te lee es la que transforma a un escritor en un clásico. Cervantes nunca leyó a García Márquez, ni Homero a Borges, ni Shakespeare a Hemingway. Tranströmer es un clásico precisamente porque no lo lee ni Vargas Llosa, y además ahora saldrá medio mundo a decir que “Hemligheter på väge” es su libro de cabecera. Eso, y no el Nobel, es lo que lo convierte en un grande.