Cuando se le pregunta a un escritor de fama por sus lecturas favoritas, invariablemente surgen los nombres de eternos aspirantes al Nobel, salpicados con referencias a oscuros poetas nepalíes o a novelistas marginales de Albania, que ponen de manifiesto la vasta cultura literaria del entrevistado. Pero… ¿es eso lo que realmente leen los escritores?
Desde el momento en que un escritor novel envía su manuscrito a una agencia o editorial para dar comienzo su carrera literaria, sus gustos lectores empiezan a variar. Las cartas de rechazo (o de aceptación) se convierten en textos leídos y releídos hasta la saciedad: “No encaja en nuestro catálogo” (¿Y entonces por qué no establece una relación minuciosa entre la línea editorial del catálogo y las características principales de mi novela, que explique esa negativa?), “Nos ha gustado mucho, pero de momento no nos planteamos aumentar la nómina de autores representados” (¡Les ha gustado mucho! ¿Pero... el qué? ¿La trama, los personajes, el lenguaje…? ¿Mi sutil sentido del humor? ¿Mi magistral descripción de los paisajes del Sur de Gales? ¿Y por qué no pueden aumentar su nómina de representados? Exijo una explicación detallada del estado de la agencia: personal, autores, ventas… que justifique esa negativa.). Y así sucesivamente.
Tras la publicación, la atención se deriva hacia las críticas en revistas y blogs, donde cada adjetivo es pesado y medido como si se tratara de oro en polvo. (“Sesenta y ocho autores reseñados en el blog de X, y mi novela es la única en la que aparece tres veces la palabra “interesante”, aunque sólo se atreve a mencionar el adjetivo “genial” para referirse al protagonista…”; “Final predecible”, ¿qué sabrá este tipo de lo que es un final predecible? A algunos críticos habría que quitarles la licencia para opinar hasta que no sepan distinguir un final memorable de otro predecible…)
Con la llegada de Amazon y las críticas y comentarios de los lectores en la misma página donde se va a comprar el libro, el análisis detallado de estas opiniones se convierte en una obsesión compulsiva, paralela e incluso superior a la del número de ejemplares que se está vendiendo. Metaliteratura del éxito (propio). Eso es lo que realmente leen muchos de nuestros escritores en sus ratos libres.
