viernes, 24 de agosto de 2012

Una docena de microrrelatos


  El pariente escuchimizado de los cuentos, el microrrelato, tiene la ventaja de que se lee pronto y no gasta mucho papel. Por eso os dejo unos cuantos de las últimas cosechas, un repertorio minimalista de la narrativa más breve. Cada relato está identificado por el día de la semana en que fue escrito, en lugar de por un título.

Le reía las gracias, le hacía saber que le gustaban sus comentarios, sus salidas de tono, sus chistes malos. Le felicitaba puntualmente los cumpleaños. Y sin embargo, algo debía haber hecho mal. Rematadamente mal. Lo descubrió cuando al ir a hacerle una confidencia en privado, se encontró con que ya no figuraba como amigo del Facebook.
(Microrrelato de jueves)

Dilapidó fortuna y amigos. Escribió su historia, que devino best-seller, y recuperó ambos. Por ese orden, además. (Microrrelato de lunes)

Entrecerré el libro unos instantes. Durante ese tiempo, vacilé. No sabía a ciencia cierta en qué dirección me estaba evadiendo. Hasta que llegué a una conclusión feliz. ¿Por qué llamar "realidad" a lo que no era más que una incomprensible alucinación entre dos lecturas?
(Microrrelato de viernes)

- Ordénele a su agente que baje el arma. No es necesario que llevemos las cosas tan lejos.
El escritor se relajó y sonrió. Su insistencia estaba dando fruto. Ahora notaba mejor disposición hacia la publicación de su novela.
(Microrrelato de sábado)

- Cariño, no te preocupes por mí. Te esperaré toda mi vida.
- Procuraré que ese tiempo sea el menor posible - repuso él.
Se oyó un disparo. Hay promesas que no conviene postergar.
(Microrrelato de sábado)

Cuando salió a la calle, su rostro reflejaba una satisfacción absoluta. Lo había conseguido, por fin. Dos millones de euros en total, un botín nada desdeñable que le permitiría retirarse definitivamente. Sus cómplices seguían todavía en el banco, pero no temía por su seguridad. La indemnización y las pensiones que se habían asegurado eran completamente legales. El banco iba a quebrar, y sus consejeros se apresuraban a abandonarlo.
Un coche oficial lo estaba esperando. Alguien abrió la puerta trasera; entró, se acomodó en el asiento, y huyeron.
(Microrrelato de viernes)

Mientras el tren se marchaba, le fui mandando besos empapados en llanto que ella me devolvía desde la ventanilla. Me contaron después que se extrañaba de que no contestase sus cartas, ni le cogiese las llamadas. Sin embargo, fueron lágrimas sinceras. A veces el dolor y la alegría están tan próximos...
(Microrrelato de martes)


Crucé la puerta y la cerré. Pero todavía no estoy seguro de si soy un hombre libre. "Prisión" se relaciona con el tamaño del espacio en que te mueves. Así que el secreto debe consistir en no mirar al horizonte.
(Microrrelato de lunes)

No era la primera vez que mataba a un hombre, aunque nunca antes lo había hecho con tanto dinero por medio. Dos certeros disparos certificaron el homicidio. Después, intenté sin éxito cobrar por el trabajo. Deberé llevar más cuidado la próxima vez que alguien me contrate para eliminar a su hermano gemelo.
(Microrrelato de martes)

Nos presentaron un día en una fiesta. Conocerla a ella me transformó al instante. Así que cuando ella me conoció, yo ya no era el mismo.
(Micorrrelato de lunes: "Principio de incertidumbre")

Cuando la soledad lo derrotó, dejó en Facebook un lacónico mensaje de despedida. "Me suicido". Un cínico desconocido subrayó al instante: "Me gusta". Y entonces se aferró, rescatado, a ese hilo misterioso de simpatía.
(Microrrelato de miércoles)

"¿Pero es que está usted loco?" Esas fueron las palabras que más me hirieron, la pregunta en boca justamente del hombre que debía responderla. En otro orden de cosas, al día siguiente, el asesinato de un psiquiatra fue noticia en todos los telediarios del país. 
(Microrrelato de viernes)

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jueves, 16 de agosto de 2012

Número 3 de El Síndrome de Stendhal



   Fiel a su cita con los lectores, ya está en Internet el tercer número de la revista digital. Destacamos a Juan Angel Italiano que nos acerca a su trabajo de poesia visual y a Helios Buira nos comparte su apreciación del artista en la sociedad. Como siempre nuestras columnas habituales que nos acercan en primera persona al arte y el acto creativo.
 Pulsa en el enlace para acceder: "El Síndrome de Stendhal" nº 3 en Issuu.



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viernes, 10 de agosto de 2012

Breve historia de las bibliotecas domésticas


 Leemos con envidia en ciertas novelas antiguas que los dueños de casas solariegas y mansiones homologadas tenían una habitación denominada con toda propiedad “biblioteca”. En ella, las sucesivas generaciones de habitantes iban acumulando sus lecturas, anaquel sobre anaquel, para gozo de nietos asombrados y admiración de visitantes de menor poder adquisitivo. “Pasemos a la biblioteca”, le decían al huésped, como una promesa de amena conversación y coñac añejo, bajo la mirada sabia de miles de volúmenes.  Qué tiempos aquellos.
    La modernidad y los pisos en el centro redujeron el hábitat de los libros al despacho del cabeza de familia, a la librería del cuarto de estar y a diversas estanterías repartidas por pasillos y habitaciones. Divididos, los libros dejaron de ser lo que eran, y fueron perdiendo poder e influencia. En los dormitorios juveniles,  los equipos de música y los posters deportivo-paisajístico-eróticos fueron arrinconando progresivamente a Emilio Salgari, Julio Verne o Charles Dickens. En el cuarto de estar, los televisores crecían en pulgadas mientras que los libros iniciaban su exilio hacia bibliotecas públicas o contenedores de reciclado de papel (sólo sobrevivieron ciertas enciclopedias de lomos anchos y coloridos, en dura competencia con la guía telefónica y los álbumes de fotos).
   Actualmente, la crisis y la invasión de lo digital han cambiado todo eso. El minimalismo ha llegado al arte, a la decoración y al tamaño de los pisos. Los hijos que no pueden irse de casa, compitiendo por unos metros cuadrados cada vez más escasos. En la dura lucha por la supervivencia, los libros fueron durante un tiempo perdiendo la batalla. Hasta que una mutación exitosa, el libro digital, consiguió encontrar su "nicho ecológico" entre ordenadores, móviles, consolas y demás pantallas. De modo que llegará un momento en que, cuando alguien diga: “Me voy a la biblioteca”, lo que haga sea sacar un lector electrónico del bolsillo y ponerse a leer.

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