viernes, 29 de julio de 2011

La clave para vender libros

  La finalidad de todo escritor es una: vender libros. Ciertamente, confesarlo de forma abierta queda muy feo. Por eso te hablan de la complicidad con el lector, de la necesidad íntima de contar historias, de los mundos interiores y de no sé cuántas más cosas, que los escritores son muy creativos para eso. Pero el libro es un objeto que se vende en las librerías, y decir que vives de la literatura –y que además vives bien- mola mucho. Umberto Eco contaba con deleite que, después del enorme éxito de “El nombre de la rosa” (más de quince millones de ejemplares vendidos en todo el mundo), disfrutaba de viajar en primera clase, de no mirar la cuenta al pagar en los restaurantes, y de todos esos placeres que el resto de los mortales critica en los banqueros pero admira en los literatos de fama.

   ¿Y qué es lo que hace que un libro se venda? He ahí la pregunta clave. Veamos qué factores pueden ayudar a convertir una obra literaria en un best-seller.

  1. La calidad. La pongo para que luego no me digan que se me ha olvidado. Pero para saber que un libro es bueno, primero hay que comprarlo y leerlo, ¿no?
  2. Las críticas elogiosas. Eso requiere contestar antes a la pregunta: ¿alguien se las toma en serio a la hora de adquirir un libro?  Y los que lo hacen así, a la segunda “obra maestra” que les cuelan como “una voz personal que relata un universo desestructurado en el que el narrador desaparece entre capas de simbolismos”, ya no vuelven a picar.
  3. El boca-oreja. Falso. Si tu cuñada te dice: “Me he leído un libro buenísimo”, tu respuesta inmediata es: “Préstamelo”. ¿Para qué me voy a gastar 20 euros en un artículo que me puede dejar mi cuñada gratis?
  4. Ser un autor famoso. En psicología se conoce como “heurístico de disponibilidad”. En el mismo escaparate se encuentran una obra maestra del desconocido autor Juan Pérez Martínez y la última novela de Ken Follett. Usted quiere hacer un regalo y dispone de veinte euros y dos minutos para elegir, antes de pasar a la sección de perfumería. Rápido.
  5. Las portadas. Cuando se trata de elegir entre dos o más autores poco conocidos, la portada -y con ella el título- es determinante. La contraportada, en cambio, ilustra poco. Por lo general, se trata de una serie de palabras entrecomilladas de algún periódico o de algún autor famoso: “Impresionante” (Daily Mail), “Lo mejor que he leído en mi vida” (Magnus Ingaldsen), y así. Pero una portada bien diseñada y un título impactante pueden vender mucho. Tenga en cuenta que en la mayoría de los casos es lo único que se leerán de su libro.
  6. El escaparate de la librería. Para mí, la clave del éxito literario. Usted entra en una librería, y se encuentra toda una pared empapelada con la antedicha novela de Juan Pérez, “La insoportable brevedad del mar”, por poner un ejemplo. E inmediatamente se maldice a sí mismo por no conocer al tal Juan Pérez, y se apresta a llevar a su casa el libro, pensando que si el librero los ha puesto ahí, es porque se los quitan de las manos, y que tantos lectores no pueden estar equivocados...
        Moraleja: escriba usted el libro que le salga del teclado, pero sobre todo hágase con una buena portada y veinte metros cuadrados de pared en las librerías. Best-seller asegurado, se lo digo yo. De nada.

domingo, 24 de julio de 2011

Mi canon particular

   Aunque la palabra "canon", entendida como las obras que forman parte imprescindible de la cultura occidental, tiene pretensiones de universalidad, los siguientes libros solamente representan mis "imprescindibles", aquellos volúmenes a los que vuelvo una y otra vez, o los que dejaron una huella que el tiempo ha revelado imborrable.

1.- La Biblia. Tanto desde el punto de vista religioso como desde cualquier otro, una obra inagotable.
2.- "Rayuela", de Julio Cortázar. Ya he dedicado otra entrada a esta novela, que tanto ha significado para mí.
3.- "Juegos de la edad tardía", de Luis Landero. La crisis de la madurez, retratada fenomenalmente por Landero. Para mí, un clásico del siglo XX.
4.- "La fea burguesía", de Miguel Espinosa. El retrato del espíritu del franquismo, con un lenguaje propio e inimitable. 
5.- "El astillero", de Juan Carlos Onetti. Un libro que me hipnotizó cuando tenía 20 años, y que releo en pequeños sorbos. Una prosa que me sorprende y me cautiva a la vez.
6.- El Oxford Dictionary. Curiosear por sus páginas, un paseo por el espíritu inglés a través de su vocabulario. 
7.- "Archipiélago Gulag", de Alexander Solchenitsin. Me impresionó su radiografía de la tiranía soviética, su lucidez insobornable.
8.- "El nombre de la rosa". A mi modo de ver, la novela ideal. Un libro que se lee a la vez como una novela de misterio y como un libro de filosofía.
9.- "Las cenizas de Ángela", de Franck McCourt. Me gustó mucho en español y volvía a leerlo en versión original, donde lo disfruté aún más.
10.- "El testamento francés", de Andrei Makine. Otro de mis libros favoritos, con el que me siento muy identificado.
     Como puede verse, pocos clásicos y nada de filosofía. Salvo la Biblia, no he llegado a ninguno de los otros libros por recomendación, o por su aparición en las historias de la literatura. Me encontré con ellos, o ellos me encontraron a mí...

jueves, 21 de julio de 2011

¿Por qué escribimos?


  Partamos del hecho de que escribir está al alcance de casi cualquiera. Publicar, no tanto, aunque tampoco parece que sea misión imposible. El año pasado, sin ir más lejos, se publicaron en España 72.206 títulos, lo que nos puede hacer creer, de buenas a primeras, que la escritura (y aquí van incluidas las traducciones) es el deporte nacional.  ¿Qué oscuros motivos impulsan a tanta gente a ponerse delante de un procesador de textos y teclear palabra tras palabra hasta llenar los folios suficientes para que puedan ser dados a la imprenta? ¿Hay un patrón detrás de tan extraña conducta?

    Si atendemos a las declaraciones de los escritores, la mayoría ha sentido desde la más tierna infancia la necesidad de contar historias, de elaborar y poner negro sobre blanco su particular universo de ficción. ¿Eso es todo? Elaborar un universo de ficción y vivir de él es mucho más rentable si te haces político, por ejemplo. ¿Qué más hay?  Algunos hablan también de la vida del novelista, mitificada hasta el exceso por las películas. La soledad del escritor de fondo, desarmado ante el folio virgen, la Underwood, un vaso de whisky y un montón de facturas por pagar. No lo creo, ya no se lleva la estética de la generación perdida. Pero… ¿y el glamur? Los 100 millones del Planeta, los cócteles con gente interesante, las largas colas para conseguir una firma…sólo son posibles si eres escritor. (Bueno, para los cócteles igual vale ser diplomático o noble, pero para lo primero hay que estudiar mucho, y para lo segundo saber nacer en el lugar adecuado). Mantengo serias dudas sobre el particular.
     La gente escribe, creo yo, porque es lo primero que te enseñan en el colegio: “Jerónimo veranea en Jávea”, rezaba la muestra en las cartillas Rubio de nuestra infancia. Eso marca a cualquiera. Te pones a escribir, y en cuanto te dicen “Muy bien, Jaimito”, y te ponen una B mayúscula con rotulador sobre el copiado, sabes que ese primer elogio llama a otro, y éste a otro, y éste a otro… Cuando te vas a dar cuenta, te has convertido en un escritor, y ya no hay forma humana de dejarlo.

martes, 19 de julio de 2011

Elogio de la lectura

   En las condiciones más adversas, un libro es capaz de crear su propio universo dentro de nosotros, de hacernos vivir otra vida, que también es nuestra vida. Los libros nos han animado, nos han consolado, nos han estimulado a ser mejores, a ser la mejor versión de nosotros mismos. Me duele entrar a una casa y ver  las estanterías vacías de libros (y no por falta de dinero) y llenas de fruslerías Made in China, contemplar la soledad de la bibliotecaria municipal, los jóvenes en el parque jugueteando con el móvil, la cara de asco que pone algún sobrino cuando le regalas una novela juvenil... Pero... ¿qué daño les habrán hecho esos objetos? ¿Quién los habrá vacunado contra la increíble aventura de leer? Quizá -digo yo- la lectura sea un placer que requiera de ciertas carencias (de riqueza, de afecto, de superficialidades) para ser disfrutado. O quizá no lo valoramos porque está prácticamente al alcance de todo el mundo. No lo sé. El caso es que cuento los libros que he hecho el propósito de leer, calculo los años que me quedan de vida (tirando por lo alto, eso sí), y me arrepiento de inmediato de estar delante del ordenador en lugar de entregarme plácidamente al vicio lector.

domingo, 17 de julio de 2011

Más citas de William Jonas Barkley

   Dedicadas a todos los seguidores que el inefable Mr Barkley tiene por el ciberespacio, aquí publico otro puñado de citas, extraídas de la vida y anecdotario de este curioso autor:


‎"Prefiero mil críticas sinceras a una alabanza ficticia. Pero, entre usted y yo, lo que de verdad me gusta son las alabanzas sinceras".

"Leer un libro es como conquistar un territorio salvaje. Al comienzo, es tu adversario. Cuando terminas, lo amas sin remedio, porque su geografía acogió el viaje de tu espíritu".

“Escribo para saber quién soy, pero leo para ser otro. Lo que todavía no sé es de cuál de los dos se enamoró mi mujer”.

‎"No existe término medio: cuando alguien necesita más de un volumen para contar una historia, o se trata de una obra maestra o es un pedrusco".
‎"De día, leo; de noche, sueño. Así que sólo piso la realidad cuando estoy escribiendo".

"¿Pasar a la posteridad? Sinceramente, la única posteridad que me interesa es aquella en la que pueda estar yo presente".

‎"Mis amigos me lo perdonan todo, excepto un libro malo"

‎"Sin amigos, la vida no sería más que una larga siesta perruna"

‎"Dicen que en la traducción al alemán, su libro mejora mucho. Estoy completamente seguro. Lo imposible era empeorarlo".

‎"Los libros y yo hemos hecho un pacto: yo les entrego mi tiempo y ellos me dan su vida".

‎"El país de la imaginación... Allí están mi cuna, mi hogar y mi bandera".

‎"Nuestra vida existe para un libro. Unos lo escriben, una y otra vez. Otros en cambio lo viven, esperando que sea otro quien lo escriba. Yo espero pertenecer a ambas categorías."

"Publiqué mi primer libro con seudónimo. Casualmente, mi padre compró un ejemplar, lo leyó y me lo dejó caer sobre el escritorio, diciéndome: 'Tú que te las das de escritor, mira a ver si puedes superar esto'. Desde entonces, no he hecho otra cosa que intentarlo".

"Cuando el visitante contempló mi biblioteca, exclamó: "Estos libros le habrán costado una fortuna..." Tuve que contestarle: "Estos libros, mi querido amigo, SON la fortuna".

viernes, 15 de julio de 2011

Sobre vocaciones tardías


    La literaria, como cualquier otra carrera, debe mucho a la paciencia y a la perseverancia. Todos hemos oído historias de manuscritos arrojados a la basura, de rechazos editoriales, del largo camino de incomprensión, trabajo, más incomprensión y más trabajo que precede al éxito. J.K. Rowling, por ejemplo, recibió una veintena de cartas de rechazo antes de vender millones de copias de la saga de Harry Potter, y cuentan que tenía antes que esperar a que le devolvieran el manuscrito para enviarlo a otra editorial, porque el dinero no le daba ni para fotocopias. Así que los primeros consejos que recibe un aspirante a escritor son: no te desesperes, inténtalo una y otra vez, escribe y vuelve a escribir, corrige, no dejes lugar al desánimo, confía en ti mismo…
     Todo lo anterior está muy bien si eres joven y quieres empezar una larga vida literaria: lo mejor será que vayas modelando tu espíritu por los caminos de la resistencia, la resignación y la impermeabilidad al desaliento. Estupendo. Pero, ¿y los que ya no tenemos edad ni paciencia para empezar el largo camino de sufrimiento y soledad hacia el estrellato literario? No hay problema. También tenemos nuestros propios modelos de vocaciones tardías. Ildefonso Falcones, por ejemplo. Es de mi edad. Abogado de profesión, tardó cinco años en escribir su primera novela, “La catedral del mar”, la publicó a los 46 y fue un éxito de ventas. John Verdon, publicista jubilado, ha vendido sólo en España 200.000 copias de su primer libro “Sé lo que estás pensando”. O Leopoldo Abadía, profesor también jubilado, que revolucionó primero Internet y luego las librerías con su “Crisis ninja”.  Por no hablar de mi querido Frank McCourt: sufridor profesional y colega en esto de la enseñanza, se decidió a escribir su historia cuando se retiró de las aulas. “Las cenizas de Ángela” fue premio Pulitzer, best-seller mundial y llevada al cine por Alan Parker. Sin contar con muchos otros casos que por desidia no me he molestado en investigar, y que hacen que la literatura no sea territorio exclusivo de personalidades perseverantes y obstinadas.

Moraleja: nunca es tarde para empezar a ser un escritor de éxito. ¡Abueletes al poder!

jueves, 14 de julio de 2011

Cómo hacer para que te publiquen


   Nervios en la red. El universo editorial está cambiando. Caos digital. Todo el mundo quiere publicar su libro. Lulu.com, Bubok, deje de lamentarse y hágaselo usted mismo. Las editoriales no aceptan autores noveles. Los agentes, menos. ¿O sí? Historias de éxito: “El bolígrafo de gel verde” lo distribuía el propio autor por las librerías, hasta que se fijó Espasa. Autoedición, coedición, premios literarios, Amazon, libro electrónico, agente literario, ¿cuál es el camino? John Locke se hace millonario vendiendo libros sin editorial. Usted puede ser el siguiente, esto es el siglo XXI. Facebook hierve de pequeñas noticias: ¡me publican!, ¡tengo agente! Los blogs se llenan de comentarios y cuchicheos. Titulas una entrada: “Cómo hacer para que te publiquen” y multiplicas por diez las visitas. Ruido literario, que no afecta a los consagrados. Ellos seguirán publicando, porque el libro con su nombre en la portada es un regalo que no pasa de moda. Codazos en el pelotón de los noveles, cualquier avance es ya una victoria. Veo todo eso y me da pereza terminar mi libro, formar parte de la legión de “espontáneos” en busca de una oportunidad. Mientras tanto, voy a ver si suben las visitas al blog, que lo tengo un poco descuidado. Empecemos por poner un título que atraiga.

miércoles, 13 de julio de 2011

"No todos moriréis". Primera crítica.



 Cuando uno escribe una novela, suele buscar inmediatamente personas cercanas que la lean y den su opinión, como si se tratara de una muestra del público lector en general. A partir de ahí a todo el mundo le gusta hacer generalizaciones sobre el futuro éxito o fracaso de la obra (generalmente sobre el éxito, pocos gremios hay tan inasequibles al desaliento como el de los escritores). Desgraciadamente, las personas más a mano pertenecen al círculo de familiares y amigos, que cantarán las bondades del libro usando adjetivos en grado superlativo (música celestial para los oídos del autor), pero que dicen más de los lazos afectivos que lo unen con ellos que de las bondades literarias del texto.

   Con “No todos moriréis” sucedió, lógicamente, igual. Mujer, hijos, hermanos, cuñados, amigos y demás fauna: todos coincidían en que era estupenda, fenomenal, superior a todo lo que se escribía por ahí, digna de ser publicada en tiradas estratosféricas y de ser llevada al cine por Hollywood. Como se puede comprender, esas “críticas” (salvando algunos detalles para mejorar el texto) carecían de valor como tales, y me hacían temer que el libro se iba a quedar sin una revisión más objetiva sobre sus cualidades antes de ser enviado a las agencias literarias.

   Estando en éstas, una amiga de Facebook y seguidora de este blog, Lesbia Quintero, se interesó por la novela y me prometió una crítica sincera, incluso –si fuera el caso- hasta cruel. Como era exactamente lo que estaba necesitando, se la envié por correo electrónico. Inmediatamente comenzó a leerla y a enviarme sus comentarios. Casi todos completamente exhaustivos y muy acertados en aspectos de debilidades narrativas y sintácticas. Había hecho un trabajo serio y a conciencia, muy superior a lo que cabía esperar de alguien con quien sólo mantenía una correspondencia virtual. Con el último mensaje, me hizo un resumen de su experiencia lectora. Es el siguiente:

    “Antonio, el argumento de tu novela es genial, me he quedado sorprendida, y al mismo tiempo, deseosa de seguir leyendo No todos moriréis. Sin duda te apuntarás un gran éxito con esta historia, la forma cómo abordas el tema es innovadora; además, el marco histórico le otorga fuerza y solidez al argumento. Las acciones que se desencadenan, están tan bien engranadas, que no pierden tensión en ningún momento, y atrapan al lector de inmediato. Me parece magistral la cadena de relaciones que se desprenden a partir de la primera acción, y la manera cómo lograste amalgamarlas. La estructura es excelente”.

   Muchas gracias, Les, por tu ingente trabajo y por tus palabras. “No todos moriréis” tiene una deuda enorme contigo, tanto en el aspecto de mejoras en la narración como en la confianza en sus posibilidades como novela. Aunque siempre me gusta decir, parafraseando al Chapulín Colorado: “Lo sospeché desde un principio”, en este caso me alegra que mis sospechas hayan sido confirmadas por alguien como Les. 

miércoles, 6 de julio de 2011

A la caza del lector


   Es de conocimiento general que el mundo nunca ha andado escaso de escritores. De hecho, el de Historia de la Literatura era uno de los manuales más gruesos del bachillerato; algún profesor nos llegó a decir que el oficio de escritor era el segundo más antiguo del mundo (siempre se negó a decirnos cuál era el primero). Así justificaba que nos tuviéramos que aprender decenas y decenas de nombres y fechas de nacimiento y muerte, títulos de libros, corrientes literarias e incluso algunos textos de memoria. La asignatura no incitaba a la lectura, sino a la sacralización de una actividad: la de escritor. Ser autor literario había sido siempre un trabajo especial, tocado por las Musas y digno de aparecer en estatuas, cuadros y libros de bachillerato.
    Pero hoy, a lo que parece, de lo que andamos muy escasos no es de escritores (hay casi más que futbolistas, que ya es decir), y eso que no existe un “Operación Triunfo” de la literatura… Lo que falta de verdad son lectores. Hay producto, pero no hay clientela. Se han pasado a la televisión, a Internet, a las consolas, y han dejado los libros en las estanterías. Los escritores y las editoriales andan buscando lectores como los cerdos (con perdón) buscan las trufas: hasta debajo de los árboles. Los escritores se han lanzado furibundos a la caza del lector: en los blogs, en Facebook, en Twitter, en las conversaciones privadas… cualquiera puede ser un lector potencial. Y al lector hay que atraparlo y no dejarlo marchar: “Mis lectores”, dicen algunos, paladeando al máximo el posesivo. “Que nadie me los quite”, parecen decir.
    Así que no es de extrañar que, cuando mi hijo mayor me comentó que le habían regalado “un lector”, tardase un tiempo en darme cuenta de que se trataba de un aparato electrónico. Los lectores, hoy en día, no están como para ir regalándolos por ahí.

In the early morning rain


      Hoy tenía ganas de poner una canción en el blog. Que sonara la música. Y no se me ha ocurrido nada mejor que traer aquí a Peter, Paul and Mary, cantando “In the early morning rain”, allá por 1966. Yo era entonces un mocoso de seis años; ha pasado toda una vida. Para la chica del grupo, Mary Travers, porque murió el año pasado, a los 72 de edad. Para mí, porque de ese niño sólo quedan fragmentos: en mi corazón, en la memoria de mi madre, en alguna foto en blanco y negro… La vida nos va dejando ruinas, escombros sentimentales que la técnica se esfuerza en rescatar y reconstruir. Podemos revivir las imágenes y los sonidos una y otra vez, casi como el momento original. Somos una generación afortunada, en ese sentido. O quizá no: nunca dejamos que el pasado muera del todo en paz. Volvemos a escuchar la música, pero ya no estamos en 1966.  

martes, 5 de julio de 2011

Acontecimientos matinales


    Mientras mi mujer está estudiando, mis hijos desayunan y los albañiles de la obra de al lado inician algo parecido a la tercera guerra mundial (¿son necesarios los cañonazos para remozar una fachada?), me pongo delante del ordenador a escribir. Tengo dos libros a medio hacer: una novela -casi terminada- y cien páginas de otro trabajo a cuatro manos con un amigo. El libro con el amigo tiene editor y fecha de publicación, falta un detalle menor: las cien páginas. Pero antes que nada tenía que escribir una entrada en el blog. De lo contrario, muchos de aquellos cuyos rostros aparecen debajo del rótulo “SEGUIDORES” se darán hoy una vuelta por aquí y no encontrarán nada nuevo.
     A esas personas no las puedo defraudar. Son amigos virtuales, amantes de la lectura y de los libros, acostumbrados a ir de blog en blog, que se pasan una media de 6 minutos y 43 segundos curioseando por el mío. Gente exigente, en una palabra. Si pierden casi siete minutos de su tiempo leyendo lo que escribo, qué menos que sacarles una sonrisa, una ligera emoción agradable que les recuerde: “vuelve a pasarte mañana”. Lo quiera o no, la presión me agarrota los dedos sobre el teclado. Acaban de parar los dinamiteros de la vecina, y pongo “Night and day” en el equipo de música. La voz de mi mujer me devuelve a ¿la realidad? “Tienes que ir a pagar el campamento del niño. Y luego pásate por Mercadona, aquí tienes la lista. Ah, y no te olvides de llevar a tus hijos a la piscina”. Ya voy. Un momento. Los visitantes de mi blog no se pueden ir de aquí sin su sonrisa. Aunque sea una sonrisa de compasión.

lunes, 4 de julio de 2011

Catorce microrrelatos

 Durante una época, me dio por escribir microrrelatos, ideales para publicarlos en Facebook (e incluso en Twitter). Aquí van algunos de ellos.

Cuando la conocí, mis ojos se enamoraron de ella en el acto. Uno no puede olvidar impunemente una sonrisa así. Ahora, mientras espero en la cama del hospital a que llegue mi hora y a que ella herede toda mi fortuna, echo la vista atrás. Mi único pecado consistió en malinterpretar una sonrisa.


Estuvieron una eternidad con el coche averiado, en mitad de la autopista, solos. Los rodeaba un páramo completamente inhóspito, casi irreal. Desearon con desesperación la presencia de otro ser humano. Cuando aquel auto destartalado se les fue acercando desde el horizonte, las lágrimas asomaron a sus ojos. Siguieron llorando y desesperando un rato más, hasta que el silencio se hizo tan estremecedor como el paisaje.


En algún momento, la baranda sobre el acantilado debió haber cedido. Eso explicaría aquel extraño viento, los húmedos torbellinos, este inacabable sabor a sal en los labios.


El tono interrogativo de su voz contrastaba con la expresión exhortativa de su mirada y la pose dubitativa del revólver en su mano derecha. Le respondí afirmativamente, tal como lo requería la sintaxis.


- Aquí tiene. Nuestro producto más vanguardista.
- ¿Un scanner para adivinar el pensamiento? Esto parece ciencia-ficción.
- Es que es ciencia-ficción. Sonría. Está usted saliendo en un microrrelato. ¿A que imagina el género?



El editor cerró con desgana el manuscrito, me lo devolvió y me dijo: "Tienes que volver a empezar. No voy a publicar un libro que empieza así: "El editor cerró con desgana el manuscrito, me lo devolvió y me dijo: "Tienes que volver a empezar. No voy a publicar un libro que empieza así: El editor cerró con desgana el manuscrito (...)."


Cuando sospeché su traición, temí que fueran imaginaciones mías.
-¡Miénteme!- le supliqué- No puedo soportar esta situación.
- Amo a otro- fueron sus escuetas palabras.
- Entonces, ¿me quieres?


Una vez que el proceso se puso en marcha, no hubo forma de pararlo. El burócrata pidió primero un certificado de matriculación; como garantía, exigió a vuelta de correo un nuevo certificado que avalase la validez del anterior. Y así sucesivamente. Resultó necesario contratar un segundo burócrata para que el sistema no se colapsara. 


Algo debió haber pasado. Su mirada ya no era la misma. Busqué sin fruto detalles de lo sucedido, pero lo esencial siempre parecía escapárseme. Sólo indicios, huellas fugaces que con el tiempo me produjeron un miedo obsesivo, agobiante. Hasta que contemplé esa mirada en el espejo. Era la mía.


-Jamás deberá saber nadie lo que ha ocurrido, ¿me oyes?
-No te atormentes, cariño, será un secreto entre tú y yo.
-Espera. Un secreto está más seguro en una sola boca.


- Lo siento, cariño. Esto es el fin.
- No puede ser verdad. Dime que no.
- Tú misma lo vas a comprobar. Tras mis palabras sólo quedará el silencio.
- ...


- ¿Por qué lo has hecho? Ahora mi castigo será inevitable.
- No puedo soportarlo más. Prefiero mil veces la seguridad del dolor a la duda angustiosa del miedo.
- Entonces quizá te perdone. Quizá.


Arrepentido, volví sobre mis pasos para disculparme. Sin duda, ella había hecho exactamente lo mismo. Anduvimos así bastante tiempo, buscándonos el uno al otro donde ya no estábamos.


Dejó la pluma sobre el escritorio. Sopesó las consecuencias, acaso se arrepintió o dudó. Se oyeron disparos.

sábado, 2 de julio de 2011

"Mamá, quiero ser escritor"


Curiosamente, ningún manual de educación familiar previene acerca de cómo lidiar con esta frase infantil. Todos pretenden preparar a los padres sobre las grandes preguntas de la vida que un día les harán sus hijos: de dónde vienen los niños, cómo os arregláis para pagar la hipoteca, es verdad que papá no terminó la enseñanza secundaria…y sobre las decisiones que van tomando según crecen: “mamá, tengo novio”, “mamá, me he hecho un piercing”, “mamá, me voy de casa”… (el papá, entonces, se entera por confidencias de la mamá, que intenta quitarle el hierro a los asuntos más graves y hacerles parecer lo contrario de lo que son). Pero no conozco de libro alguno que avise frente a esta declaración infantil: “Mamá, quiero ser escritor”.
    Y sin embargo, si tenemos en cuenta el número de autores publicados, el de autores en busca de editorial y el de autores que abandonaron hace tiempo toda esperanza de publicar, podemos estimar que 9 de cada 10 habitantes de este país han abordado en algún momento a sus madres con esta revelación sobre su futuro literario.
    Al principio, la madre entiende con ello que el niño o niña va a sacar buenas notas en Lengua y Literatura, que se va a leer la colección de clásicos que está cogiendo polvo en las estanterías de la sala de estar y que va a pasar la adolescencia en casa en vez de ir de discoteca en discoteca hasta las tantas. Así que, inconsciente ella, anima al hijo a seguir esa vocación, y enseña orgullosa a las amigas las libretas con los relatos de sua retoño, le compra libros por cumpleaños, onomásticas y demás celebraciones y le deja pasar las tardes en la biblioteca en lugar de ayudar en las labores domésticas como a ella le hubiera gustado.
     Si la manía de ser escritor pervive más allá de la adolescencia, la madre se consuela pensando que su hijo terminará siendo el nuevo J.K. Rowling, que venderá libros como rosquillas y que ella y su marido ya no tendrán que vivir de la mísera pensión que les aguarda al llegar la jubilación. Pero la realidad se va imponiendo. Y así, tarde o temprano, al padre se le acaba la paciencia y termina por obligar al niño a que estudie algo o que se ponga a trabajar mientras llega el reconocimiento de editoriales y lectores. Así es el amor de las madres: incondicional. Cuántos grandes de la literatura lo son porque sus madres se creyeron un día lo que decían sus hijos: que iban a ser escritores.

viernes, 1 de julio de 2011

Sobre aprobar oposiciones


  En un momento como el actual, de grave crisis económica, muchos vuelven su vista a la formación: educación de adultos, bachillerato a distancia, módulos profesionales, UNED… El personal vuelve a las aulas en busca de una cualificación que no pudo –o no quiso- conseguir en su día. Se han dado cuenta de que en el mundo laboral, de momento, no hay sitio para todos, y buscan competir por un puesto de trabajo en las mejores condiciones.
   Ante este panorama, muchos han comenzado a ver también una salida en las oposiciones a puestos de la administración: administrativos, policías, profesores… Un trabajo seguro en premio a unos meses o años de dura preparación,  aunque sea siempre con la incertidumbre del aprobado o el suspenso al fondo. ¿Misión imposible? No lo creo.
   Mi experiencia personal me dice que aprobar unas oposiciones está al alcance de cualquiera. He sido miembro de un tribunal en cuatro ocasiones (dos a maestro de primaria y dos a profesor de secundaria), y puedo asegurar que la actitud pesa mucho más que los conocimientos en relación con el aprobado. La actitud a la hora de estudiar, y la actitud a la hora de examinarse.
    Como miembro de un tribunal, antes de cada oposición pensaba en los problemas de conciencia que se me podrían plantear si suspendíamos a alguien que, mereciendo aprobar, quedara fuera por la competencia de otros mejores que él. Nunca llegó a darse el caso. Ni una sola vez. Al contrario, en alguna ocasión hubo que abrir un poco la mano para que al final no quedaran plazas vacantes.
   La actitud es, para mí, un 80 % de la oposición. Consiste en creerte que esa plaza es tuya, y que sólo compites contra ti mismo. Consiste en tener la certeza de que vales y hacérselo creer al tribunal. Consiste en transmitir confianza y dar al tribunal la sensación de que no se equivoca aprobándote. Normalmente pensamos que eso se consigue cuando dominas perfectamente el tema sobre el que te estás examinando. Eso puede ayudar, sin duda, pero no es absolutamente necesario. El tribunal valora conocimientos, es cierto, pero sus miembros no suelen ser expertos en todos y cada uno de los apartados del temario. Si el opositor no dice ninguna barbaridad, un desarrollo ordenado, confiado y seguro del tema (especialmente en las exposiciones orales) es el mejor pasaporte para el aprobado.