Es la constatación de un hecho que no hay casa sin televisor; o mejor dicho, sin televisores. Según el Estudio General de Medios de marzo del año pasado, en España hay una media de 2 aparatos de televisión por hogar (el número de hijos está en 1,3 por hogar). En 1 de cada 4 hogares, el número de televisores es de 3 o más. (Y no somos especiales en eso; en los Estados Unidos, ese porcentaje sube hasta el 66 por ciento). En los últimos años, este aparato, además de adornar varias habitaciones de nuestros hogares, se ha reproducido, llegando a invadir los comercios, las salas de espera, el metro y hasta los ascensores. Hay que decir que semejante expansión sólo tiene un precedente en la historia: las siete parejas de conejos que los colonizadores ingleses llevaron a Australia en el siglo XIX se habían convertido en 1950 en más de seiscientos millones.
En segundo lugar se encuentra el hecho de que ha adquirido entre nosotros el rango de miembro cualificado de la familia: suele ser al que más se le escucha, al que más se le hace caso, con el que más tiempo pasamos en compañía. Como dijo una vez un escritor, “los matrimonios jóvenes no se imaginan lo que deben a la televisión. Antiguamente había que conversar con el cónyuge.” No podemos pensar nuestra vida sin ella, y podría parecer incluso que la humanidad entera había permanecido durante siglos esperando un aparato así, deseando que alguien lo inventase para que pudiéramos dedicarle las mejores horas de nuestra vida. La pequeña pantalla ocupa un lugar de privilegio en el ocio de nuestros hijos, algo que a veces se contempla como un mal inevitable, pero que no siempre ha sido así. Vuelvo a recurrir, si me permiten, a la estadística, para ilustrar el punto: en Estados Unidos, el número de minutos a la semana que los padres dedican a conversar de manera significativa con sus hijos es de 3’5. Por contra, el promedio de minutos que los niños dedican a ver televisión semanalmente es de 1.680. (¡480 veces más!).
Los orígenes de este omnipresente electrodoméstico, en cambio, no hacían prever el éxito que más tarde le acompañaría. La transmisión de imágenes a distancia podría ser algo curioso al principio, pero su potencial como medio de comunicación de masas distaba de ser evidente. ¿Cómo ha llegado entonces este aparato a hacerse con un lugar tan destacado en nuestro ocio y en la vida de nuestros hogares? ¿Cómo ha podido sobrevivir y desarrollarse, competir con el cine, con la radio, con el teatro, con los ordenadores y con Internet, y resurgir siempre victorioso?

¿3'5 minutos al día hablan en EEUU con sus hijos? Hola, adiós, estate quieto, castigado= 3'5 minutos.
ResponderEliminarA parte del hecho de que estemos enganchados al aparatejo, tb tiene su efecto terapéutico. Si a mi abuela le quitas todos los concursos, te la cargas...
Lo curioso es cómo la TV ha ido ganando terreno, adaptándose... Lo que ahora nos parece evidente, al principio no era para tanto. Estos posts son una charla que di a la Asociación de Padres de un colegio, y al prepararla me llamó la atención cómo la tele se había podido hacer con una parcela tan grande de nuestra vida.
ResponderEliminarCon demasiada frecuencia, la gente me pregunta: Bea, ¿has visto anoche el capítulo de...? ¿sabes ese anuncio de...? ¿sabes, que salió en el programa...? En cada ocasión, mi respuesta es, palabra por palabra (para qué cambiar la frase, si la respuesta es siempre la misma): Yo no veo la tele.
ResponderEliminarNo tengo tele, y la gente me mira como si fuera una marciana. ¿No tienes tele? ¿Entonces cómo ves una película cuando te apetece? Respondo: ah, pero tengo un televisor, claro, lo uso para ver pelis y para jugar a la consola. Pero no tengo antena de televisión. Perdí la antena hace tiempo, y cuando llegó el apagón analógico no me molesté en comprar un tdt, ¿para qué? Yo no veo la tele.
¿Y qué haces por las tardes? Si no sales, vives sola, y tu gato no es muy charlatán, y no ves la tele...
Pues lo que más me gusta, y lo que más me satisface: escribo historias.
Definitivamente, me han colgado el cartelito de extraterrestre peligroso.
Magnus ha hecho muy feliz a mama al dejar su comentario en su blog. Covent quiere a Magnus, y por eso se ha hecho seguidor de su blog.
ResponderEliminarUn miau con todo el afecto de Covent.
Pese a no ser muy charlatán, el gato parece sacado de las historias de su madre. Bienvenido, Covent, y no te prives de maullar por aquí cuando lo creas conveniente. :-)
ResponderEliminarJe, a mi me pasa como a Bea; "¿viste ayer no-se-qué-cosa?" "No veo tele"... y la gente no se lo acaba de creer. Tengo tele, pero está desenchufada, solo la enchufo para ver pelis. Y resulta que en los años que llevo así no me he perdido nada, al contrario, he ganado tiempo para hacer otras cosas mucho más interesantes.
ResponderEliminarSigo leyéndote...
Magnus, gracias por la invitación.
ResponderEliminarMe encanta tu blog. Comienzo a leerte.
Un abrazo.