martes, 7 de junio de 2011

Ausencia


A veces te distingo cuando pierdo la mirada
y las formas del mundo son tu exacta silueta.
A veces tu ausencia amanece abrazada a mí
y sólo eres nostalgia, o un verbo intransitivo
perdido en el discurso de una vida ficticia.
A veces sólo estás cuando ya te has ido.

lunes, 6 de junio de 2011

He leído: El bolígrafo de gel verde


  Comencemos por el principio: ¿por qué me he leído “El bolígrafo de gel verde? Reconozcámoslo, Eloy Moreno es un vendedor nato. A los cinco minutos de darme de alta en Facebook, ya tenía constancia de la existencia de este libro. Regularmente me han ido llegando noticias sobre la historia de su elaboración, de su distribución librería a librería, de su publicación por Espasa. En la web, en los periódicos, en la televisión. No podía ignorarlo, sencillamente.
   La novela cuenta la  historia de un informático que se harta de la monotonía de su vida y decide darle un cambio, simbolizado en el bolígrafo de gel verde. Narrada en primera persona, me enganchó desde el principio. Me han gustado las referencias a esas vacaciones de la infancia, contadas como el momento en que todos los futuros eran posibles, y cómo el desarrollo de una vida normal va dando al traste con todas las ilusiones. En esto, me trae a la memoria los “Juegos de la edad tardía”, de Luis Landero. El sinsentido de la monotonía diaria, el ansia por empezar de nuevo la vida. Eloy Moreno juega con los tiempos, sin desvelar en qué ha consistido ese cambio, pero creando suspense en torno a los acontecimientos que lo disparan. La narración se va desplegando con eficacia, a la que solamente pondría dos peros: un par de escenas “escatológicas” que buscan aligerar el tono del relato, pero que actúan como anti-clímax, y el hecho de que todos los personajes utilicen al hablar el mismo estilo del protagonista. Algo disculpable en una obra primeriza, y que no llega a empañar el nivel general de la novela. La lectura ha merecido la pena, y estaré a la espera de su próximo libro.
    Finalmente, destacar que Eloy Moreno ha conseguido algo muy difícil: que la fe en su obra se trasladara a mucha gente (ha logrado entrar en la lista de los más vendidos), sin perder por el camino la ilusión por conquistar a cada lector individual. Enhorabuena.

domingo, 5 de junio de 2011

No soy un escritor novel


  Si entendemos por escritor novel aquel que no ha publicado todavía ningún libro (por muchos que lleve escritos hasta la fecha) yo ya no pertenezco a ese grupo. Ya no me puedo contar -aunque me gustaría- entre las personas que luchan por primera vez contra la incomprensión y el silencio de agentes y editoriales para lograr poner sus textos al alcance de los lectores. El motivo: Diego Marín Editor publicó mi cuento “El regalo”, ganador del II Premio María Guirado de relatos para profesores de la Región de Murcia en 2008, con prólogo de Santiago Delgado. Del cuento, la historia de un jubilado ruso que cree encontrar sus raíces en España, se publicaron un total de 2.000 ejemplares, regalados por la Consejería de Educación a los centros de enseñanza de la Región de Murcia y por la librería de Diego Marín a sus clientes navideños. Por lo tanto, ya está agotado. Es poca cosa, pero puesto que puedo exhibir un modesto ISBN en mi curriculum, ya no soy un escritor novel.
   El cuento, por cierto, aún se puede leer en la red, pulsando aquí:

Animación lectora



   Los que nos dedicamos a la enseñanza le solemos dar muchas vueltas al tema de la “animación lectora”. ¿Cómo hacer que los niños lean? ¿Cómo conseguir que lo que es una obligación se convierta en un placer, qué varita mágica es capaz de lograr esa “iluminación” que marca a una persona seguramente para toda su vida? En mi caso, ese momento está muy definido. Supe que leer no sólo servía para aprender cosas en la escuela gracias a un libro: “Un susto para los Siete Secretos”, de la escritora inglesa Enid Blyton. A mis diez años, ese libro, regalo de una tía, me sumergió en un universo paralelo, excitante, maravilloso y, además, para mí solo. ¡Qué más se podía pedir! Empecé a pedir libros de Enid Blyton para Reyes, para los santos y para los cumpleaños. Ahorraba para comprar novelas de “los Cinco”, y las intercambiaba con compañeros de clase, adictos como yo a las peripecias de unos niños que eran como a nosotros nos hubiera gustado ser.
    De Blyton pasamos luego a nuevos autores y temas,  y empezamos a mirar con otros ojos la asignatura de Literatura Española y Universal; algunos hasta nos animamos a escribir historias por nuestra cuenta. Pero ella tuvo la culpa de todo. Además, supongo que el mío no habrá sido un caso aislado, teniendo en cuenta que vendió más de 600 millones de libros en todo el mundo. En nuestro país, Enid Blyton vino de la mano de Editorial Molino. Mi agradecimiento infinito a las dos.

sábado, 4 de junio de 2011

Carrel y Lindbergh, los buscadores de la inmortalidad


Traigo aquí esta portada de la revista TIME  del 13 de junio de 1938 porque es una pieza importante de mi novela “No todos moriréis”. En ella aparecen el famoso aviador estadounidense Charles Lindbergh y el investigador francés y Premio Nobel de Medicina Alexis Carrel. El aparato junto al que se encuentran es la famosa “bomba de perfusión” que desarrollaron entre los dos y que contribuyó a la prehistoria de lo que posteriormente serían los trasplantes de órganos. Alexis Carrel, que era un médico positivista y agnóstico, se convirtió al catolicismo después de ser testigo de un milagro en Lourdes. Lindbergh acudió a él para consultarle sobre la enfermedad de una cuñada suya, y llegaron a hacerse grandes amigos y colaboradores en la búsqueda de una máquina que hiciera posible el mantenimiento indefinido de la vida. Carrel fue también el autor de un best-seller: “Man, the unknown” (en 1936 fue el libro de no-ficción más vendido en USA, el de ficción fue “Lo que el viento se llevó”). Un libro en el que detallaba su visión de una nueva y utópica sociedad de personas sanas. Dos vidas de leyenda con una sola obsesión: la inmortalidad.

viernes, 3 de junio de 2011

Pequeño homenaje a Louis Armstrong



   Está quizá de más recordar que en la vida hay momentos “decisivos”,  momentos que marcan cómo vas a vivir a partir de entonces. Podemos señalar algunos, los más comunes, los que todo el mundo conoce, desde el “sí, quiero” en la boda a la matrícula en una carrera determinada o el aprobado en una oposición. Indican un antes y un después, y los solemos grapar al presente con recordatorios diversos: fotografías, vídeos, títulos enmarcados… Suelen formar parte de la biografía oficial de cualquier persona, de su curriculum vitae más personal, y bastan por lo general para definirnos: casado, tres hijos, licenciado en Filología, funcionario.
   Pero también existen los instantes que nos configuran, no lo que vamos a hacer a partir de entonces, sino quiénes somos realmente. Sí, quiénes somos para nosotros mismos, más allá del personaje que han compuesto nuestro carácter y nuestra educación, de ese “yo” público que se abandona a la obligación y a la costumbre. Y para mí uno de esos momentos tuvo lugar cierta noche de 1974, cuando escuché en la radio (imagino que en homenaje, porque murió ese mismo año) un especial dedicado a Louis Armstrong. Sus solos de trompeta resonaron en mí como si los hubiera pensado yo mismo, como si hubieran formado parte de mí desde siempre y expresaran con música aquello que yo no sabría expresar de otra manera.
   Me dediqué a investigar en los días posteriores, supe que esa música se llamaba “jazz” y me lancé como un obseso a comprar discos y cassettes, de la Original Tuxedo Jass Band a Charlie Parker, y de Dave Brubeck a Wes Montgomery. Aprendí su historia, me empapé de sus variantes, desgasté agujas de tocadiscos en tardes de lluvia. Desde aquella noche de mis catorce años, el jazz ha sido la banda sonora de mi vida, la música que no ha dejado de resonar en mi interior.
  Por todo eso: muchas gracias, "Sachmo".

miércoles, 1 de junio de 2011

He leído: "Mitología de Nueva York"

  

    Llegué hasta este libro gracias a una entrevista con la autora en “Qué Leer”. Además, me gustó el diseño de la portada y tuve en cuenta que había obtenido el premio “Ateneo de Sevilla”. Aposté por ella y me la pedí para Reyes. Reconozco que esperaba la típica novela policiaca, quizá con alguna meditación pseudotrascendente sobre la vida y la sociedad (no hay que olvidar que le habían dado un premio literario). Y me equivoqué. Por completo.

     “Mitología de Nueva York” es una novela policíaca, porque hay crímenes espeluznantes, hay juego ilegal, subastas de arte, y el protagonista es confidente de la poli. Hasta ahí, todo normal. Lo que no es normal es el despliegue literario que hace Vanessa Montfort. Sin perder en ningún momento el interés detectivesco de la trama, la narración se desarrolla en varios planos: el del teórico autor del libro (Benedict Abbott), el del protagonista (Dan Rogers), el de una lectora de la novela (Laura, una pintora sin éxito) y el del propio lector, que de alguna manera deja de ser un elemento exterior al libro para convertirse en un elemento más de la propia obra, en cuanto que va recibiendo las confidencias del protagonista en una lectura paralela de lo que está sucediendo. Sin olvidar que el Nueva York donde se desarrolla la acción es también un poco –o más bien bastante- la ciudad que cada uno lleva en su mitología y en su memoria particulares. 

         Todo ello conforma una obra diferente, que sorprende y arrastra, que seduce con un lenguaje brillante y  acertado, y en la que el lector ya no es un mero espectador pasivo de lo que está sucediendo. Algo que, dicho sea de paso, no me sucedía desde que cayó entre mis manos “Rayuela”, hace ya casi treinta años. En “Mitología de Nueva York”, el lector se convierte de alguna manera en personaje, y los personajes cobran vida propia (de hecho, Dan Rogers es amigo mío del Facebook). Este es un libro en el que se disfruta de la trama, del texto y del acto de leer. Que son tres cosas diferentes, y que no conviene confundir. Vanessa Montfort sabe unirlas de una forma magistral en una obra que no puedo menos que recomendar sin reservas.