En mis tiempos de estudiante de Magisterio, un compañero llegó un día a clase con varios ejemplares de su propio libro de poemas, cuidadosamente mecanografiado, cortado y grapado. La portada era una cartulina con la fotocopia de un dibujo coloreada a mano. Lo más parecido a un libro que uno podía hacerse entonces en su propia casa, antes de la llegada de las impresoras láser y la encuadernación pegada. El muy bribón fue regalando libros dedicados y firmados a las chicas más guapas (y sin novio) de la clase, que se arremolinaban en torno a él como abejas alrededor de una flor.
El resto del personal masculino, por contraste, quedamos como patanes insensibles que no teníamos ni idea de las posibilidades románticas de un simple libro de poesía. Un tipo al que hasta entonces considerábamos más bien feo, canijo y tímido se estaba convirtiendo ante nuestros ojos -más bien ante los ojos de nuestras compañeras- en todo un galán cinematográfico ¡armado únicamente con unos libritos caseros! Desde entonces, algunos ya no consideramos que la autoedición sea tan mala idea. Sobre todo cuando, actualmente, por un poco más de dinero puedes ir a la imprenta más cercana o acudir a ciertos portales de Internet, y en unos cuantos días tener en las manos TU libro. La autoedición no es, desde luego, el mejor camino hacia el best-seller – más bien puede ser una piedra en ese camino- pero, al fin y al cabo, de lo que se trata es de tener tu propio libro. Y que lo sepan tu familia, tus amigos, tus vecinos y tus compañeros de trabajo. La gente que en realidad te importa, qué diantres.






