en el que ya no quedan sueños,
un ataúd al aire libre
con vistas a la indiferencia,
con su epitafio de silencio culpable.
La ciudad me he regalado
un pedestal para todas mis derrotas,
desde donde mirar el mundo a lo lejos,
desde donde mirar a la muerte de cerca.
Los ojos de los que pasan de lado me anuncian
que estoy rodeado de cadáveres.

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