martes, 6 de diciembre de 2011

Los "lampedusistas". Autores de una sola novela


    Escrita entre 1954 y 1957, “El gatopardo” es la única novela del italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Llevada al cine en 1963 por Luchino Visconti, se ha convertido después de la muerte de su autor en todo un clásico contemporáneo. La nómina de los que yo llamo “lampedusistas” (autores de una sola novela) es más bien escasa. “The Times” publicó hace tiempo una lista de escritores de los que se conoce una única obra, con la que conocieron el éxito: desde Harper Lee, con “Matar a un ruiseñor” (también llevada al cine) a Margaret Mitchell y su “Lo que el viento se llevó (ella murió doce años después en un accidente, sin haber vuelto a escribir), pasando por autores como Salinger y “El guardián entre el centeno”, o John Kennedy Toole y su “Conjura de los necios”. Entre ellos destacan también poetas y dramaturgos que se adentraron en una única y especial ocasión en el género narrativo, lo cual hizo Oscar Wilde con “El retrato de Dorian Gray” o Boris Pasternak con “Doctor Zhivago”.
      Que la primera novela resulte una obra maestra puede ser la consecuencia de la máxima capacidad creativa de su autor, que decide dedicar a ella todas sus energías literarias, y que tras el titánico esfuerzo realizado regresa al silencio. Del mismo modo, se puede tratar también de toda una maldición para cualquiera, que se ve su carrera paralizada por un inesperado éxito y piensa que nada podrá hacer por superar –ni incluso igualar- ese primer logro.
     En mi modesta opinión, el número de “lampedusistas” podría haberse ampliado enormemente, sin perjuicio alguno para la historia de la literatura. García Márquez podría haber continuado con el periodismo tras escribir “Cien años de soledad” (claro, que entonces no le habrían dado el Nobel), y Umberto Eco haber vuelto a sus clases de semiótica tras el éxito de “El nombre de la rosa”. Incluso mi querido Luis Landero habría pasado a la posteridad con la inolvidable “Juegos de la edad tardía” sin haber vuelto a publicar una sola línea. Seguro que en la mente de todos hay algunos nombres más, autores de una sola obra que decidieron continuar su carrera con trabajos que nunca llegarán a la altura de aquél que los lanzó a la fama.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Llévese tres y pague dos. Las sagas literarias.


  Observo con curiosidad que el escaso espacio que las grandes cadenas de televisión dedican a la literatura se suele ocupar con los que menos lo necesitan: los consagrados, los autores de best-sellers, los premios Nobel. Viene a cuento del despliegue mediático que ha ocasionado la publicación de “El prisionero del cielo”, la tercera parte de la tetralogía con la que Carlos Ruiz Zafón va a aprovechar la increíble aceptación popular de “La sombra del viento”. No tengo nada en contra de las trilogías o de las tetralogías (o incluso de las pentalogías, como “Ramsés”, de Christian Jacq), pero a veces me da la impresión de que los sucesivos títulos buscan cobijarse bajo la sombra del éxito del primero.  
   La verdad es que para un autor resulta muy tentador, cuando al final llega el ansiado reconocimiento del público, aprovechar para darle a los lectores más de lo mismo, y agotar el filón mientras se pueda. No están los tiempos como para cambiar de registro cuando la fortuna te toca con su dedo. De hecho, muchos de los últimos superventas han llegado en grupo: desde la trilogía Millennium del fallecido Stieg Larsson a la de Martín Ojo de Plata de la española Matilde Asensi, pasando por las Memorias de Idhún, de Laura Gallego o la tetralogía de la saga Crepúsculo, de la americana Stephanie Meyer. Un libro llama a otro libro. Así hasta llegar al caso de George R. R. Martin, que planeó inicialmente su serie Canción de hielo y fuego como una trilogía, pero al que el éxito ha llevado a ampliarla hasta una heptalogía. De modo que yo, por si las moscas, voy a ir preparando las secuelas de mi primera novela. Será una octología, que no quiero quedarme corto en darle a los lectores lo que les gusta.

lunes, 24 de octubre de 2011

El aura del escritor

  En el imaginario popular, muchas profesiones cargan sobre sí con el peso de prejuicios asentados con el paso del tiempo. Así, por ejemplo,el psicólogo es alguien que nada más verte hablar y contemplar tus gestos, puede conocer hasta el último secreto de tu pasado y de tu personalidad. El filósofo, en cambio, es visto muchas veces como una persona que conoce los misterios del universo y del ser, explicados en un lenguaje incomprensible y arcano, al alcance de unos pocos elegidos. El abogado, un individuo insensible y sin escrúpulos, capaz de arrancar al juez un veredicto de inocencia para el mismísimo Diablo, previo pago de la correspondiente minuta. Podríamos seguir con el político, alguien capaz de llamar blanco a lo negro y viceversa sin inmutarse, con tal de alcanzar el poder y sus prebendas. O el funcionario, pasando papeles de un lado a otro de la mesa entre el desayuno y el aperitivo, mientras farfulla indiferente: “Vuelva usted mañana” a quien ose acercársele a solicitar algo.
   Frente a todos ellos, el escritor es un ser tocado por las musas, un esclavo trágico del ansia narrativa, un creador de mundos que nos hace disfrutar de ratos inolvidables con el paso de las páginas de su obra… Un semidiós, en suma, que estampa su firma en el ejemplar que le compramos, como un recordatorio de que al fondo es alguien real, que compuso y nos dedicó una historia. Un descendiente directo de los Homero, Cervantes, Shakespeare, Zola, Dickens…, personajes legendarios que adquieren frente a nosotros forma humana: el escritor, cualquier escritor.
    (NOTA: Lo anterior no es en absoluto una exageración: durante la presentación de mi único libro publicado, venerables ancianas que no me conocían de nada se dirigieron a que les firmase su ejemplar –que tampoco habían leído- entre elogiosas proclamaciones de devoción literaria y de fidelidad lectora, que me hicieron sonrojar en más de una ocasión. No me había dado cuenta aún: estaban delante de un escritor).

miércoles, 12 de octubre de 2011

Barkley: nuevas citas escogidas.


 Hay personas (y no me refiero a los políticos) a quienes no le importa lo que los demás piensen de ellos, mientras los sigan. Algo así le ha pasado,al parecer, a William Jonas Barkley. Tras darse a conocer su impostura, el autor ha persistido en la frase lapidaria como modo de hacerse notar, postura que compartimos pero no respetamos. Valgan como prueba de ello los siguientes ejemplos:

"Lo primero que leo de los periódicos son los obituarios. Por lo general, son las únicas páginas donde se habla bien de alguien".

"Prefiero una prisión con biblioteca a un hogar sin libros. Me gusta conocer los límites de mi libertad".

"Por conseguir un lector sería capaz de ir hasta las mismísimas puertas del infierno; pero ni un paso más".

"No basta que el futuro esté escrito; tiene, además, que ser leído".

"El poder del recuerdo es capaz de destruir la más confiada tranquilidad del presente".

"Tanto los editores como los panaderos hacen negocio con lo más sagrado. Pero alguien se tiene que ensuciar las manos de harina..."

"Mientras existan los libros, no temo al olvido".

"No me importa ser contradictorio. Eso indica que estoy vivo, y soy humano. Nada por lo que preocuparse demasiado."

"El poder suele temer más a los libros que a las personas. Las personas pueden retractarse; los libros, jamás".

"Si el éxito te llega con la primera novela, es muy probable que los lectores no te hayan entendido".

"Nacemos llorando y nos morimos entre lágrimas. Unas risas en medio no tienen por qué deshacer la simetría".

"No pertenezco a ningún movimiento literario. Suelo tomar el café en mi propia casa". 

"La alegría de ver publicado a un amigo es una felicidad triple: por el amigo, por el libro y por el rato de lectura que me espera".

viernes, 7 de octubre de 2011

Ignorancia, mentiras y grandes escritores

   Vargas Llosa acaba de confesar a un periodista, en un arranque de sinceridad, que no ha leído a su sucesor en el gremio de los Nobel de Literatura, el poeta sueco Tomas Tranströmer. Algunos comentaristas se han rasgado las vestiduras, como si la poesía sueca fuera asignatura obligatoria en los colegios, o como si el ser buen escritor te diera un conocimiento completo del resto de buenos escritores del mundo mundial. Pues no. La verdad es que leemos muy poco en relación con lo que se escribe y se publica, y nuestra ignorancia literaria es infinitamente superior a nuestro conocimiento. Y no pasa nada. Decía José Bergamín  que preguntáramos a cualquier español si había leído el Quijote: «Si es sincero, dirá no. La disculpa: falta de tiempo.»  En Inglaterra han sacado una lista con los libros sobre los que más miente la gente, diciendo que los han leído sin haberlo hecho. La encabeza “1984”, de Orwell. El “Ulysses” de Joyce ocupa el tercer lugar, por encima de la Biblia y de “Madame Bovary”. Entre los actuales, libros de Rushdie, Obama y Richard Dawkins. Todo bastante revelador. La gente no lee a los grandes escritores, sino a J.K. Rowling, a Dan Brown y a Stephen King, que nunca llegarán a los libros de literatura, y sobre los que no es necesario mentir.

   Así que, en realidad, la gente que no te lee es la que transforma a un escritor en un clásico. Cervantes nunca leyó a García Márquez, ni Homero a Borges, ni Shakespeare a Hemingway. Tranströmer es un clásico precisamente porque no lo lee ni Vargas Llosa, y además ahora saldrá medio mundo a decir que “Hemligheter på väge” es su libro de cabecera. Eso, y no el Nobel, es lo que lo convierte en un grande.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Alegrías de la autoedición


  En mis tiempos de estudiante de Magisterio, un compañero llegó un día a clase con varios ejemplares de su propio libro de poemas, cuidadosamente mecanografiado, cortado y grapado. La portada era una cartulina con la fotocopia de un dibujo coloreada a mano. Lo más parecido a un libro que uno podía hacerse entonces en su propia casa, antes de la llegada de las impresoras láser y la encuadernación pegada. El muy bribón fue regalando libros dedicados y firmados a las chicas más guapas (y sin novio) de la clase, que se arremolinaban en torno a él como abejas alrededor de una flor.
  El resto del personal masculino,  por contraste, quedamos como patanes insensibles que no teníamos ni idea de las posibilidades románticas de un simple libro de poesía. Un tipo al que hasta entonces considerábamos más bien feo, canijo y tímido se estaba convirtiendo ante nuestros ojos -más bien ante los ojos de nuestras compañeras- en todo un galán cinematográfico ¡armado únicamente con unos libritos caseros! Desde entonces, algunos ya no consideramos que la autoedición sea tan mala idea. Sobre todo cuando, actualmente, por un poco más de dinero puedes ir a la imprenta más cercana o acudir a ciertos portales de Internet, y en unos cuantos días tener en las manos TU libro. La autoedición no es, desde luego, el mejor camino hacia el best-seller – más bien puede ser una piedra en ese camino- pero, al fin y al cabo, de lo que se trata es de tener tu propio libro. Y que lo sepan tu familia, tus amigos, tus vecinos y tus compañeros de trabajo. La gente que en realidad te importa, qué diantres. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

¿Para qué sirve la poesía?



  Hace muchos años oí decir a un joven poeta en televisión que “sólo los poetas leen a los poetas”, dando a entender que la poesía era una empresa endogámica, el juego trivial de unos pocos entendidos que se leen y se admiran entre ellos. A esa actividad elitista, que en las escuelas se enseña a analizar y a medir, pero poco a disfrutar, permanece ajeno el común de los mortales. Hablas de poesía con los compañeros, y sólo conocen hasta Miguel Hernández. El resto, simplemente no existe. El verso aburre, no tiene gancho. Los libros de poemas sobreviven en pequeñas ediciones, como delicatessen literarias para paladares exquisitos.
     Quizá –podemos pensar- vivimos en una sociedad que se está liberando de la poesía, como en otros siglos se liberó de la magia o del mito. La “marea digital” se ha llevado por delante muchos fenómenos culturales, por qué no va la poesía a terminar siendo uno de ellos. Yo no lo creo así. El otro día, contemplando a una mujer leyendo versos en el metro, comprendí que la poesía era mucho más que palabras sobre papel, más incluso que el placer estético que nos proporcionan. Leer “Luz… Cuando mis lágrimas te alcancen / la función de mis ojos / ya no será llorar, / sino ver” mientras los viajeros suben y bajan de las estaciones, es sin duda un hecho poético. Un acto de afirmación humana del que estamos cada día más necesitados.