Observo con curiosidad que el escaso espacio que las grandes cadenas de televisión dedican a la literatura se suele ocupar con los que menos lo necesitan: los consagrados, los autores de best-sellers, los premios Nobel. Viene a cuento del despliegue mediático que ha ocasionado la publicación de “El prisionero del cielo”, la tercera parte de la tetralogía con la que Carlos Ruiz Zafón va a aprovechar la increíble aceptación popular de “La sombra del viento”. No tengo nada en contra de las trilogías o de las tetralogías (o incluso de las pentalogías, como “Ramsés”, de Christian Jacq), pero a veces me da la impresión de que los sucesivos títulos buscan cobijarse bajo la sombra del éxito del primero.
La verdad es que para un autor resulta muy tentador, cuando al final llega el ansiado reconocimiento del público, aprovechar para darle a los lectores más de lo mismo, y agotar el filón mientras se pueda. No están los tiempos como para cambiar de registro cuando la fortuna te toca con su dedo. De hecho, muchos de los últimos superventas han llegado en grupo: desde la trilogía Millennium del fallecido Stieg Larsson a la de Martín Ojo de Plata de la española Matilde Asensi, pasando por las Memorias de Idhún, de Laura Gallego o la tetralogía de la saga Crepúsculo, de la americana Stephanie Meyer. Un libro llama a otro libro. Así hasta llegar al caso de George R. R. Martin, que planeó inicialmente su serie Canción de hielo y fuego como una trilogía, pero al que el éxito ha llevado a ampliarla hasta una heptalogía. De modo que yo, por si las moscas, voy a ir preparando las secuelas de mi primera novela. Será una octología, que no quiero quedarme corto en darle a los lectores lo que les gusta.




