El desembarco de la empresa de Jeff Bezos en España ha empezado a mover las aguas de la edición digital, muy estancadas hasta entonces en nuestro país. En unos pocos meses, los autopublicados, la “Generación Kindle”, los escritores sin editorial y los que querían darle una nueva vida a su vieja novela descatalogada o a un escondido libro de poemas, tuvieron de pronto su oportunidad. Algo empezó por fin a moverse.
¿Y qué es, a fin de cuentas, lo que ha convertido a Amazon en una empresa tan especial? Lo que empezó en 1995 siendo una simple librería online se ha convertido al paso de los años en un gigante empresarial a nivel mundial, con una facturación que en 2011 ascendió a casi 50.000 millones de dólares, y que continúa imparable su expansión. ¿Dónde está el secreto?
Entré en contacto con Amazon a finales de los años 90, más por curiosidad que por otra cosa. Siempre me ha gustado patear librerías y bibliotecas para ojear el objeto-libro: portada, contraportada, leer algún párrafo… Descubrí que por Internet podía hacer algo parecido (a falta del aspecto táctil), sin necesidad de salir de casa. La ley del mínimo esfuerzo. Ese fue su primer punto a favor. Pero lo que realmente distinguía a Amazon de lo que pudiéramos considerar el “escaparate virtual” de una librería con servicio a domicilio, era su increíble fondo bibliográfico. No sólo superaba en eso a las librerías locales, tan dependientes del espacio físico en sus anaqueles, sino que, mediante una extensa red de contactos con librerías de segunda mano, ofrecía acceso a un auténtico “río Amazonas” de libros antiguos, de ocasión y descatalogados. Así conseguí, por ejemplo, un raro ejemplar de “Two Studies in the Theology of Bonhoeffer”, de Jürgen Moltmann y Jürgen Weissbach, que necesitaba cuando estaba haciendo la tesis doctoral (sobre la cual correremos un espeso velo de silencio). Pude conseguir el volumen, publicado allá por 1967, de una librería de pueblo en Charleston, USA, a través de Amazon. Conserva todavía el sello de la Kanawaha County Public Library (cómo salió de la biblioteca y fue a parar a la librería es algo que aún me intriga). Ante tales facilidades para poner en contacto libros y lectores, Amazon se convirtió, en la medida en que me lo permitieron mis finanzas, en un proveedor habitual de letra impresa en el hogar.
La revolución del libro digital, liderada también por Amazon con su Kindle, no ha hecho más que afianzarme en la opinión que tenía de la empresa : te ofrece la posibilidad de que publiques tú mismo la obra, sin intermediarios; te ofrece unas ganancias del 70 % (aunque en realidad lo normal es el 30 % de un precio que suele ir de los 0,89 a los 2 euros; en todo caso superior al 5-10 % de lo que el autor gana con las editoriales tradicionales); te presenta un público potencial de millones de lectores y te engancha a una plataforma semi-cerrada como es Kindle. Todo ello aderezado con historias de éxito al estilo de John Locke y Amanda Hocking: varios centenares de autores españoles sentimos inmediatamente que los siguientes íbamos a ser nosotros, faltaría más. Todo estaba fríamente calculado: el escritor se convierte de facto en agente comercial de Amazon; de cada euro que consiga vender dando la brasa a amigos, compañeros, seguidores de Twitter y público en general, Bezos se queda 70 céntimos. El pone el sistema informático y el ránking –ambos manifiestamente mejorables, todo hay que decirlo-, y el escritor de a pie hace el resto. Cuántos lectores electrónicos Kindle se habrán vendido en España simplemente porque a los autores que publican en Amazon, más versados en estas novedades tecnológicas, un amigo o familiar les ha preguntado: "¿Qué lector electrónico me aconsejas?" Por no hablar de los que directamente obligan a comprar el lector; como el caso de mi cuñado, que no ha tenido más remedio que adquirir el correspondiente Kindle para poder leer mi novela y que un servidor dejara por fin de darle la tabarra en todas las reuniones familiares. El autor lleva los lectores a Kindle y el Kindle a los lectores; luego, lógicamente, se quedan ahí, seducidos por la facilidad de uso y los bajos precios, amén de que hay que amortizar el aparatejo. Lo cual significa más ventas, que atraen a más autores, deseosos, como Francisco de Orellana, de conquistar también el Amazonas.
Estrategia ganadora, está claro. Lo que aún no me explico es por qué, con lo listos que somos los españoles para lo que queremos, esas cosas sólo se les ocurran a los americanos.






