Está circulando últimamente por las redes
y blogs una polémica acerca de la calidad de los libros que se publican en
plataformas digitales como Amazon. Como cualquiera con ordenador y acceso a
Internet puede publicar y vender sus escritos en todo el mundo, la consecuencia
lógica es que la calidad, desaparecido el filtro que suponen las editoriales y sus
comités de lectura, no tiene más remedio que bajar dramáticamente, con el consiguiente perjuicio
para el lector.
Los argumentos y contraargumentos se suceden. En un bando, los que dicen
que publicar en papel seguirá siendo garantía de que ha habido un mínimo
control de calidad. Para ellos, el mundo digital independiente será un
maremágnum de textos donde encontrar algo que merezca la pena constituirá una
misión casi imposible. Para otros, la autopublicación digital logrará que sean
los propios textos y los propios autores los que se abran camino entre los
lectores, sin intermediarios que distorsionen el proceso y que impongan
condiciones a ese libre intercambio cultural. Con el único objetivo de echar más leña al fuego, voy a hacer unas pequeñas consideraciones sobre el tema.
En primer lugar, existe la idea de que los “indies” lo son porque no tienen
editoriales que publiquen sus obras, y por tanto hacen de la necesidad virtud.
Este argumento lleva implícita la afirmación de que si no se tiene editorial, nos encontramos ante un claro ejemplo de A.C.S. (Ausencia de Calidad Suficiente).
La asimilación de “editorial” a “filtro de calidad literaria” es, en
principio, una falacia. Las editoriales son empresas, y por tanto su fin último
es económico: ganar dinero. En nuestro mundo globalizado, para vender hay que tener una
“marca” (cuyo equivalente literario es “hacerse un nombre”). Las editoriales, o
al menos sus consejos de administración, no se dedican a vender literatura, sino unos objetos
llamados libros. Ya le sucedió a la Nobel Doris Lessing cuando mandó a su editor su obra cumbre, “El cuaderno dorado”, firmada
con seudónimo, y fue rechazada. Estaba claro que lo que vendía era su nombre, no su calidad literaria. Y llegar a ser "alguien" en el mundo de la literatura, tener tu propia "marca", no es fácil. Ni barato. Así que, cuando la tienes, ya puedes vender lo que quieras. Y si no, que se lo pregunten a James Patterson, el escritor mejor pagado del pasado año, en el que publicó... ¡doce libros! Generalmente en colaboración con otro autor desconocido, cuyo nombre resulta casi invisible en la portada.
La autopublicación digital pone a disposición de los escritores noveles algo que la crisis y las cuentas de resultados de las editoriales le han negado: la ilusión. Como el comprador de lotería que sueña con ser el único acertante entre varios millones y vivir una vida de lujo y despreocupación, el escritor independiente sueña con que sus lectores digitales se pasen entre ellos la voz y su obra llegue a ser conocida y leída mundialmente. Ha sucedido. Los nombre de John Locke y Amanda Hocking son auténticos iconos "indies". ¿Por qué no puedo ser yo el siguiente? Estadísticamente, tengo menos posibilidades de ser el nuevo Dan Brown que de ganar la primitiva. Pero los sueños no conocen de estadísticas. Y a veces hasta se hacen realidad...
P.D. Algunos de los textos de la polémica se pueden encontrar en el blog "Palabra inventada" (con una segunda parte de respuesta a algunos comentarios) y en el blog de María Martínez.
Como el ejemplo de autor "indie" más cercano que tengo es un servidor, no se priven ustedes de pasar por mi página web (autopublicada también, como este blog) y de echarle una ojeada a mi libro, "No todos moriréis". Si no se fían de mi palabra -y hacen bien en no fiarse-, se pueden bajar los cinco primeros capítulos aquí.






