sábado, 3 de marzo de 2012

He leído: "El manuscrito", de Blanca Miosi


    Nada más abrir Amazon su tienda española “punto es”, fui a por los libros más conocidos de la “generación Kindle”. Procedimiento rápido, barato y sencillo. Empezamos bien. El único inconveniente es el formato .mobi con DRM. No te deja convertirlo a epub, que es el que utiliza mi lector electrónico. No fue ése, afortunadamente, el caso de “El manuscrito”, de Blanca Miosi. Tras convertirlo con Calibre, me lo pasé al Nook, y un par de minutos más tarde ya lo estaba leyendo.
   
El manuscrito que da el título al libro es el que un vendedor de libros usados le entrega a Nicholas Blohm, escritor yanqui en horas bajas, en un banco de un parque. La lectura del manuscrito, cuyo texto cambia o desaparece cada vez que se cierra y se vuelve a abrir, pone a Blohm sobre la pista de sus personajes, personas que existen en la vida real, como Dante Contini-Massera, heredero de una fortuna y de un secreto que nos remite a unas investigaciones médicas clandestinas. Sin revelar detalles que puedan privar del placer del descubrimiento, puedo decir que la novela (tras unas primeras páginas en que parece que va a decantarse por lo fantástico) te atrapa y te conduce sin descanso por los vericuetos de la trama: secretos de familia, fórmulas prodigiosas, viajes al pasado y dilemas morales. Antes de que te des cuenta, el texto te ha arrastrado –ayudado por la alternancia entre la primera y la tercera personas, entre el manuscrito y la narración- y no te suelta hasta el final. Yo, personalmente, me leí sus 237 páginas de un tirón, sin poder parar. Suerte que tenía la tarde libre. 
   
    (Para los “sin-ebook”, la novela aparecerá en breve en la colección de bolsillo de Ediciones B. Y para los que quieran saber más de la autora, les aconsejo que visiten su página web , el blog de la novela o su blog personal. Sin duda me lo agradecerán).

miércoles, 29 de febrero de 2012

El mundo del libro se merece un Oscar



  La idea me la dieron las ceremonias de los Goya y de los Oscars de este año. Especialmente la gala española, imitadora sin rubor de la americana, sirve para dar a nuestro cine un “glamour” y una “clase” que ayude a vender mejor nuestras subvencionadas películas. El mundo del libro, en cambio, no ha llegado todavía a elaborar un espectáculo parecido que sirva de escaparate global al panorama literario de nuestro país. Se pueden establecer ciertos paralelismos con los premios de la revista “Qué Leer” (reconocimiento dentro del sector, por ejemplo), aunque sin la cobertura mediática de acontecimientos como el Premio Planeta. ¿No se podrían aunar esfuerzos y crear una gran “noche del libro” con toda la parafernalia propia de tales actos?

  La idea, pienso yo, no es tan descabellada. Si la “industria” cinematográfica facturaba en 2011 menos de 100 millones de euros, el sector del libro (cifras de 2010) lo hizo por valor de 2.890,8 millones de euros, casi treinta veces más. Esa superioridad no se traduce, sin embargo, en presencia mediática, algo que con esa “gran gala del libro” se podría empezar a corregir. Aquí va mi propuesta:

- Los premios. Yo sugiero el busto de un escritor ya fallecido, muy conocido, Premio Nobel, y de facciones fácilmente identificables en una estatuilla. Sí, podríamos llamarlos “Premios Cela”. Por ejemplo.
- Las categorías: Aquí la imaginación puede volar libremente. Desde la típica división en géneros, a premios al mejor autor novel, al libro mejor editado o a la mejor carrera literaria.
- Los organizadores. Al modo del cine, se puede crear una “Academia del libro” en la que estén presentes autores, editoriales, libreros… De modo que se garantice la profesionalidad y la seriedad de los galardones.
- La gala. Contra lo que pudiera parecer a primera vista, los escritores darían buen juego en un espectáculo de este tipo. Suelen ser ingeniosos y brillantes (por algo son maestros de la palabra) y muchos de ellos, embutidos en un smoking o un traje de noche, entran de lleno dentro de la categoría de “gente guapa”. La cuestión es ponerse. Booktrailers para presentar los libros de las candidaturas, un monólogo de Pérez-Reverte, José Mota imitando a Eduardo Punset, y la elegancia de, qué se yo, Carmen Posadas, entregando el Cela a la mejor novela negra.
   Que empiece el espectáculo.

domingo, 12 de febrero de 2012

La generación Kindle


Como un intento de confirmar empíricamente mis predicciones en el anterior post, entré ayer en la web española de Amazon. Cual no sería mi sorpresa (no me considero especialmente dotado como profeta) cuando vi la lista de los 10 libros más vendidos en español para Kindle, el lector electrónico de la librería americana. Si exceptuamos la novela que ocupaba el décimo lugar, el best-seller americano “Criadas y señoras”, de Kathryn Stockett, el resto se trataba de autores españoles que habían apostado fuerte por el libro digital. Empezando por el que podíamos considerar el “ideólogo” del grupo, Juan Gómez Jurado, que sorprendió a todos, tras su debate en Twitter con Alejandro Sanz poniendo sus libros a la venta en formato digital por 1 euro en la web de la ONG “Save the Children”. Más tarde, su artículo “La piratería no existe” supuso una valiente apuesta por el papel del autor y el precio razonable de los libros, algo que es posible en Internet.

   Junto al autor de “Espía de Dios” y “El emblema del traidor” figuraban en la lista Antonia J. Corrales y su novela “En un rincón del alma”, la venezolana Blanca Miosi y “El manuscrito 1. El secreto”, “Realidad aumentada”, del pediatra Bruno Nievas, “La casa de enfrente”, de Esteban Navarro Soriano (a quien debo la etiqueta de “generación Kindle”), junto a Megan Maxwell y “Olvidé olvidarte”. A ellos hay que añadir autores como la valenciana Marta Querol Benèch y su libro “El final del Ave Fénix”, Armando Rodera Blasco y “El enigma de los vencidos”, y Fernando Trujillo Sanz, autor con larga trayectoria en el mundo del libro digital. Todos ellos a unos precios que hacen innecesaria la piratería. Me dejo sin duda a más de uno en el tintero, circunstancia que espero me sea perdonada por los afectados. Los mencionados aquí presentan trayectorias literarias distintas: están los que fueron best-sellers en papel, los que combinan ambos formatos y los que empezaron directamente con Amazon. (A algunos de ellos, por cierto, el éxito les ha valido para que Ediciones B los eligiera para editarles su libro también en formato de bolsillo).
   
    En común tienen todos la audacia para haberse lanzado al proceloso mundo del formato digital (donde el escritor ha de ser autor, editor, vendedor y publicista de su propia obra), una familiaridad con las redes sociales y los blogs, de la que doy personalmente fe, y una calidad literaria fuera de toda duda. Desde este humilde blog os animo a leerlos. Yo, de momento, ya les debo mis próximas reseñas a los autores de la “generación Kindle”.

jueves, 26 de enero de 2012

Megaupload, los piratas y la imaginación

  La detención de los dueños del portal de descargas Megaupload por el FBI ha vuelto a poner en primer plano el tema de la piratería en relación con la propiedad intelectual, con todas sus implicaciones legales, comerciales y éticas. Controlar las descargas en Internet puede ser como ponerle puertas al campo; de modo que, en mi modesta opinión, el problema solamente se trasladará de lugar. Mientras haya un solo país dispuesto a albergar servidores de este tipo, la batalla estará perdida.
   En relación con el tema de las descargas ilegales de libros, el problema es principalmente de imaginación. La industria del libro funciona con el objetivo de poner la obra de un autor a disposición del mayor número posible de lectores. Para ello existe una cadena, resultado de una evolución de siglos, que pasa por el comité de lectura, el corrector, el editor, la imprenta, la publicidad, la distribución, las librerías… hasta que la obra llega al lector. Es un proceso caro, lento, y que deja pocos beneficios al autor intelectual (normalmente sobre un 10% del precio final del libro).
  Internet y el auge de los lectores electrónicos, por el contrario, permiten que ese camino se recorra en un par de clicks de ratón: la obra en formato digital se sube con una pulsación de ratón y se baja con otra. Y a leer se ha dicho. El que muchos lectores prefieran la rapidez en el acceso (y de paso ahorrarse 20 euros en la compra) no significa que automáticamente se conviertan en unos piratas, ladrones del esfuerzo ajeno. Significa que muchos de los intermediarios del proceso de edición están convirtiéndose en obsoletos y la gente ya no quiere pagar por algo innecesario.
     Ediciones B, por ejemplo, lo ha entendido así y ha puesto a la venta libros digitales desde 1,99 euros. A nivel individual, autores como Marta Querol, Blanca Miosi, FernandoTrujillo, Antonia J. Corrales o Armando Rodera ya están vendiendo sus propios libros en Amazon a precios que hacen irresistible la compra, y de paso, innecesaria la piratería. Son pequeños avances en la dirección correcta, y se dirigen hacia lo que yo creo que serán dos mundos distintos: el libro digital, barato, popular, democratizado a través de Internet; y el libro de papel, selecto, con un mercado más reducido y un valor añadido cuyos costes sólo estará en condiciones de pagar cierto tipo de lectores. Veremos si el tiempo nos da la razón. 

jueves, 5 de enero de 2012

El editor, el negocio y la pirámide de Maslow

  
  No es infrecuente, entre los seguidores del “mundillo” literario, escuchar la opinión de que los editores no arriesgan, van a lo seguro, no apuestan por los escritores noveles. Con la lógica consecuencia de que los escaparates de las librerías se llenan siempre de los mismos nombres, los de aquellos que ya han demostrado su capacidad para vender la mercancía sobre la que estampan su firma. No tengo datos sobre el porcentaje de noveles entre las novedades de las editoriales, y por tanto no sé si esa opinión se ajusta a la realidad. El caso es que la imagen del editor que reflejan esos comentarios es el de un ser obsesionado con ganar dinero, sea como sea, aunque para ello tenga que darle al público lo que éste pida (por lo general. textos “comerciales” y libros en las antípodas del verdadero arte), y aparcar todo aquello que suponga riesgo o incertidumbre.
    Dejando a un lado que el hecho de publicar significa “hacer público”, y por tanto tiene que haber una clientela que esté dispuesta a emplear parte de su duramente ganado dinero en un libro que le proporcione las emociones a las que sea más proclive, hay otro asunto importante. En esas conversaciones y entrevistas a las que me refería al principio, siempre hay alguien que termina diciendo: “Sí, pero publicar lleva unos gastos; y además, el editor tiene que comer”. En ese momento, el empresario editorial adopta, por unos segundos, un rostro humano: no es malo del todo, tiene necesidades que cubrir, y si no lo hace tendrá que cerrar el negocio y no podrá alimentar a su familia.
    La pirámide de Maslow tiene en su base las necesidades básicas o fisiológicas: comida, descanso, respiración, etc. Pero satisfechas éstas, vamos avanzando hacia las de seguridad (física, de empleo, familiar, de propiedad privada...), luego las de afiliación (amistad, afecto, intimidad...), las de reconocimiento (confianza, respeto, éxito...) y finalmente las de autorrealización personal. Los editores, como el resto de los mortales, buscan en su vida la satisfacción del mayor número de necesidades humanas, y no solamente la de no morirse de hambre. Quizá por ello apuestan por lo seguro, y sólo cuando todas las demás necesidades están cubiertas, se dedican a las de la cúspide de la pirámide: publicar obras en las que pierden dinero por el mero placer de aportar algo a la cultura universal. Pero, desde luego, no son gente a la que le guste empezar la casa por el tejado.

martes, 6 de diciembre de 2011

Los "lampedusistas". Autores de una sola novela


    Escrita entre 1954 y 1957, “El gatopardo” es la única novela del italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Llevada al cine en 1963 por Luchino Visconti, se ha convertido después de la muerte de su autor en todo un clásico contemporáneo. La nómina de los que yo llamo “lampedusistas” (autores de una sola novela) es más bien escasa. “The Times” publicó hace tiempo una lista de escritores de los que se conoce una única obra, con la que conocieron el éxito: desde Harper Lee, con “Matar a un ruiseñor” (también llevada al cine) a Margaret Mitchell y su “Lo que el viento se llevó (ella murió doce años después en un accidente, sin haber vuelto a escribir), pasando por autores como Salinger y “El guardián entre el centeno”, o John Kennedy Toole y su “Conjura de los necios”. Entre ellos destacan también poetas y dramaturgos que se adentraron en una única y especial ocasión en el género narrativo, lo cual hizo Oscar Wilde con “El retrato de Dorian Gray” o Boris Pasternak con “Doctor Zhivago”.
      Que la primera novela resulte una obra maestra puede ser la consecuencia de la máxima capacidad creativa de su autor, que decide dedicar a ella todas sus energías literarias, y que tras el titánico esfuerzo realizado regresa al silencio. Del mismo modo, se puede tratar también de toda una maldición para cualquiera, que se ve su carrera paralizada por un inesperado éxito y piensa que nada podrá hacer por superar –ni incluso igualar- ese primer logro.
     En mi modesta opinión, el número de “lampedusistas” podría haberse ampliado enormemente, sin perjuicio alguno para la historia de la literatura. García Márquez podría haber continuado con el periodismo tras escribir “Cien años de soledad” (claro, que entonces no le habrían dado el Nobel), y Umberto Eco haber vuelto a sus clases de semiótica tras el éxito de “El nombre de la rosa”. Incluso mi querido Luis Landero habría pasado a la posteridad con la inolvidable “Juegos de la edad tardía” sin haber vuelto a publicar una sola línea. Seguro que en la mente de todos hay algunos nombres más, autores de una sola obra que decidieron continuar su carrera con trabajos que nunca llegarán a la altura de aquél que los lanzó a la fama.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Llévese tres y pague dos. Las sagas literarias.


  Observo con curiosidad que el escaso espacio que las grandes cadenas de televisión dedican a la literatura se suele ocupar con los que menos lo necesitan: los consagrados, los autores de best-sellers, los premios Nobel. Viene a cuento del despliegue mediático que ha ocasionado la publicación de “El prisionero del cielo”, la tercera parte de la tetralogía con la que Carlos Ruiz Zafón va a aprovechar la increíble aceptación popular de “La sombra del viento”. No tengo nada en contra de las trilogías o de las tetralogías (o incluso de las pentalogías, como “Ramsés”, de Christian Jacq), pero a veces me da la impresión de que los sucesivos títulos buscan cobijarse bajo la sombra del éxito del primero.  
   La verdad es que para un autor resulta muy tentador, cuando al final llega el ansiado reconocimiento del público, aprovechar para darle a los lectores más de lo mismo, y agotar el filón mientras se pueda. No están los tiempos como para cambiar de registro cuando la fortuna te toca con su dedo. De hecho, muchos de los últimos superventas han llegado en grupo: desde la trilogía Millennium del fallecido Stieg Larsson a la de Martín Ojo de Plata de la española Matilde Asensi, pasando por las Memorias de Idhún, de Laura Gallego o la tetralogía de la saga Crepúsculo, de la americana Stephanie Meyer. Un libro llama a otro libro. Así hasta llegar al caso de George R. R. Martin, que planeó inicialmente su serie Canción de hielo y fuego como una trilogía, pero al que el éxito ha llevado a ampliarla hasta una heptalogía. De modo que yo, por si las moscas, voy a ir preparando las secuelas de mi primera novela. Será una octología, que no quiero quedarme corto en darle a los lectores lo que les gusta.